Por Ignacio Pellizzón
Llegó llorando, desarreglada, con golpes en la cara y el
cuerpo. El caso había llegado demasiado lejos. Mínimo quedó lo que le sucedió
con aquel ex novio que la había hecho transitar por un episodio similar pero no
tan extremo. Esta vez fue un intento de abuso, esta vez fue peor, esta vez tuvo suerte de verdad.
Ese lunes 8 de agosto a las nueve de aquella mañana de
invierno fresca de cielo claro, con un sol que anunciaba que más tarde elevaría
un poco la temperatura mejorando radicalmente la jornada, decidió ir a caminar
como todos los días al velódromo municipal de Lituania y Arijón en barrio
Saladillo, a pocas cuadras de su casa, pero sin ningún amigo que la
acompañe. Jamás pensó que, quizás, ese detalle podría haberlo cambiado todo.
La primera vuelta al circuito fue normal, como la de
siempre, acompañada de la música de una radio portátil que llevó, ya que el
celular lo dejó en su casa porque “la zona está un poco peligrosa”. No hay
nadie, ni siquiera el cuidador del velódromo en la garita que se visualiza en
lo alto, porque su horario de trabajo es de 10 a 18 horas, tampoco se ven los
agentes de Prefectura que suelen parar de forma ambulante al lado de la misma
antes de comenzar su patrullaje.
Iniciando la segunda vuelta, se cruzó con un chico con el
que intercambiaron miradas extrañas, pero cada uno continuó en su camino. A
paso normal, ella seguía con su música pensando en distintas cosas: recuerdos,
proyectos, qué hacer más tarde, entre otros problemas de la vida cotidiana que
pueden tener las chicas de 22 años.
Lo relativo del tiempo, decía Einstein, es que un minuto se
puede transformar en una hora del mismo modo que una hora puede pasar tan
rápido como un minuto, según el contexto. Los cinco minutos que ella vivió
fueron tan largos como cinco años o tal vez más. La cambiaron para siempre.
Nada volverá a ser igual. Ella, ya no será la misma, aunque el barrio siempre estará
en el mismo lugar.
ESA MALDITA CURVA
El relato es tan estremecedor como el hecho en sí mismo: a
mitad del circuito, casi llegando a la curva que está detrás del velódromo, vio
a una persona escondida al costado de un árbol con un casco de moto puesto, una
campera inflada y un jean azul. En ese momento, el tiempo se detuvo, la
transpiración se enfrió y la mente barajó infinita cantidad de posibilidades en
microsegundos.
“Pensé que me iba a robar, pero en vez de correr y que me
atrape por detrás, decidí enfrentarlo. Cuando se acercó, le expliqué que solo
tenía una radio, me sujetó la mano, me tiró la radio -mientras mantenía la
propia escondida en el bolsillo emulando que portaba un arma-, comenzamos a
forcejear, intentó fallidamente tirarme a los arbustos, al mismo tiempo que yo
gritaba desaforadamente para que alguien me ayudara”, relató la joven a Mirador
Provincial.
“Al resistirme, comenzó a golpearme. En uno de los golpes me
caigo al piso. En ese instante, él logró sacarme el buzo enganchado con la remera
por lo que quedé en corpiño, me lo quitó también, dejándome totalmente desnuda.
Al seguir resistiéndome a ir a los arbustos con él, me pegó una patada. Ése
golpe, de algún modo, me dio más fuerzas para seguir gritando, lo que generó
que una vecina me escuchara, saliera a la calle, me viera y se acercara
corriendo. Frente a esta situación, él –siempre con el casco puesto- me soltó,
se subió a su moto y se fue. Yo me paré totalmente desnuda y comencé a correr”,
detalló.
DENUNCIA EN LA
MANO
A veces el destino, si es que existe, obra de formas
misteriosas; quizás por azar, quizás por el llamado de un vecino, sucedió que
por calle Arijón al salir del circuito la estuvieran esperando dos patrulleros
con varios policías, entre ellos una mujer, tal vez pertenecientes a la
comisaría nº 11 que interviene en dicha jurisdicción, tal vez no.
-¿Qué te pasó?- le preguntó la mujer policía; “intentaron
abusarme atrás del velódromo”, respondió ella en estado shock y nerviosismo
mientras se tocaba la cara que le temblaba por los golpes que le dio.
-¿Querés hacer la denuncia?, se adelantó el agente femenino
en preguntarle sin ningún tipo de tacto alguno para con la supuesta víctima,
que tenía un corazón que latía al ritmo de una taquicardia; “sí, quiero”, lanzó
la joven tajante y sin tapujos.
Como quien no quiere la cosa e intenta despojarse de encima
un problema que poco le interesa, “sacó una lapicera, extendió la palma de su
mano izquierda y en ella anotó algunos datos que le pude pasar, cerró el puño,
se acercó a sus compañeros, se subieron a los móviles y se fueron. Yo volví
sola a mi casa”, relató la chica de 22 años y agregó: “Llegué y le conté a mi
mamá, a mi papá, a mi hermano y después al abogado. Este hecho había ido más
lejos que aquella vez con mi ex novio”.
NUNCA PASÓ
Por lo menos para el sistema. No hay registros del hecho en
la Unidad de Delitos Sexuales tampoco en la comisaría nº11 en el barrio de
Saladillo. La supuesta denuncia quedó encerrada en la palma de la mano de una
mujer policía, en la retina y memoria de la joven y en la consciencia de un
presunto abusador que no llegó a consumar sus intenciones.
Las redes sociales últimamente se convirtieron en el espacio
de contención para los jóvenes que buscan el amparo de sus pares, haciendo
público en internet diversas situaciones con las que se enfrentan diariamente,
pero que no son pruebas suficientes para que el sistema realice una
investigación seria en casos de relevancia.
Sólo para sus 18.200 seguidores en Instagram, los 3.922 de
Twitter y los más de 7 mil en Facebook sabrán lo que le sucedió a ella, creerán
o no en su versión, la animarán a que continúe con su vida y lanzarán repudios
constantes a casos similares que puedan llegar a suceder, pero para el sistema
no habrá ningún registro, porque no hay una denuncia formal plasmada.
“Yo ya pasé por algo similar con un ex novio –que no llegó a
tanto- y cuando vas a hacer la denuncia se te ríen o no te la toman o te dicen
que sí y uno ve que no están haciendo nada, entonces llegás a resignarte”, dijo
ella a este medio.
UN “LOCO” SUELTO
Dos semanas después del supuesto intente de abuso, en el
mismo lugar, con la misma ropa y masturbándose al lado del mismo árbol en el
velódromo municipal de barrio Saladillo, detuvieron a un hombre por
exhibicionismo en la vía pública.
“No lo fui a reconocer, pero los vecinos lo identificaron
como el mismo que habría llevado adelante otros hechos similares y, por la
descripción que me dieron, estoy casi segura que es él. Por suerte lo
atraparon”, contó Melani. No obstante, sin pruebas ni denuncias de por medio,
para la Justicia será solo un “loco” que estaba suelto.

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