sss ROSBARING: CRÓNICA DE UNA NOCHE LARGA EN UN BARRIO ANÓNIMO

domingo, 29 de noviembre de 2015

CRÓNICA DE UNA NOCHE LARGA EN UN BARRIO ANÓNIMO



Más de 300 familias se encuentran instaladas en una parcela de tierra que logra confundirse entre Rucci, Nuevo Alberdi y Zona Cero. Con problemáticas similares que emergen en otros vecindarios marginados de Rosario, se le agrega un agravante: está escondido.

Por Ignacio Pellizzón

Nota publicada en Mirador Provincial, Clarín


Sentado sobre una piedra un hombre petiso, con cabellos de experiencia y mirada melancólica, mira cómo juegan unos perros en el cruce de las calles Salvat y Pollero, en el corazón de Villa Oculta de Rosario, un barrio de la zona noroeste de la ciudad que le hace honor a su nombre.

Es casi de noche. Mientras el sol se esconde como si lo hiciera para siempre y la luna asoma ávida por alumbrar lo que nadie querría ver, se escucha desde una radio, como un susurro, a Carlos Gardel en el tango Yira Yira: “Aunque te quiebre la vida, aunque te muerda un dolor, no esperes nunca una ayuda ni una mano ni un favor”. La voz del Zorzal criollo, aguda y algo borrosa, es parte de un paisaje casi intransitable, como un puente que se ve de lejos o la foto de una postal que ya nadie usa.
Villa Oculta se confunde entre los barrios Rucci, Nuevo Alberdi y Zona Cero. Llegar al lugar es como un laberinto: enredada entre casillas, barro y animales sueltos, los hombres, las mujeres y los niños conviven entre venta de droga, delincuencia, peleas furibundas y forman un escenario que muestra una realidad poco amistosa.



En este pulmón de tierra se alojan unas 300 familias. Todas tienen una historia diferente que contar: algunas parecen haberse caído del mapa y muchas otras buscan sin suerte subirse a él en la lucha diaria por ser reconocidos. Son los que sin pertenecer, pertenecen. “¿Por qué me tocó a mí?”, acaso sea la pregunta que se repiten cada mañana mientras desayunan (los que pueden hacerlo). Las mujeres, que en su mayoría son cabezas de los hogares, caminan junto al temor que se vuelve una sombra que las sigue adonde vayan.

La esquina de Polledo y Salvat forma una especie de cruz que divide las parcelas en cuatro rectángulos. Dos de ellos están separados por Salvat. En el sector de la derecha pueden verse  casitas en serie, nuevas y con una escalera que lleva a la puerta de entrada, como si se tratara de una planta alta. A la izquierda, del otro lado de Salvat, se levanta el proyecto de hogares Plan Abre, un programa provincial de intervención en asentamientos irregulares que sólo en Rosario representa una inversión de 951 millones de pesos para 16 barrios. El cartel propagandístico de la obra asegura que se están construyendo 117 viviendas. La mitad pareciera que marcha viento en popa, mientras que el otro 50 por ciento tiene la forma que sólo el cemento gris y espeso puede ofrecer, con estructuras incipientes que tienen un largo camino por recorrer para concretarse.

Ambos territorios están delimitados por Salvat y Polledo, que forma una “T” al revés si se los observa de este a oeste. Cruzando la base de la T (Polledo), aparece lo que podría ser un espacio inhabitado, pero no: allí está Villa Oculta, en donde centenares de familias viven en una situación de pobreza extrema, en casillas construidas entre las vías del tren, rodeadas de arbustos crecidos, montículos de barro, carros con caballos, insectos que asechan, gallinas sueltas y perros que deambulan.  Algunos carteles escritos con tiza sobre un pedazo de madera o un trozo de pizarrón viejo indican que hay panaderías, quioscos y granjas, pero por sobre ellos están las miradas de quienes viven allí, mostrando desazón junto a un estado que parece tenerlos siempre en alerta y a la defensiva, como si constantemente estuvieran preparados para lo peor. Otros, simplemente, observan con la curiosidad de un pueblerino que ve llegar a un extraño.

NOCHES DIFÍCILES



Magalí vive con su marido y su beba en el lado derecho de la “T” invertida, a un costado de calle Salvat, frente a Villa Oculta. Sus palabras muestran cansancio, miedo e impotencia. “Ahí enfrente funcionan dos bunkers de droga. Ése y ése”, señala la joven mujer con naturalidad, mientras asegura que cuando empieza a bajar el sol “hay que guardarse” porque siempre hay tiros, robos, violencia y están cansados de vivir de ese modo. 

“Durante el día parece que es tranquilo, pero es una pantalla. A la noche se escucha de todo”, dice con bronca y resignación por lo que le toca vivir. “A la Gendarmería casi no se la ve y la Policía es así (justo pasa un patrullero destartalado), pasa y sigue de largo”, dice, justo en el momento en el que aparece, a paso de hombre, un patrullero destartalado.

“No confío en la cana. Esto es tierra de nadie y dependemos de nosotros mismos. La otra vuelta un muchacho corrió a otro con un hacha. Es tremendo”, contó con valentía Magalí, quien asegura en pocos meses se mudará a Zavalla, una ciudad cercana a Rosario en donde las cosas parecen “estar un poco más tranquilas”.


Sobre calle Polledo, con la villa detrás de fondo, se ven a dos hombres y una mujer que llevan puesta una pechera anaranjada con letras blancas que dicen: “Rosario más limpia”. Son empleados estatales que trabajan en las obras del “Plan Abre”, sacando la basura que genera la construcción de las nuevas viviendas. De a ratos descansan, se apoyan en el postigo de una casa y charlan, despreocupados, tal vez sobre cualquier otra cosa que los haga olvidar, aunque sea por un momento, en dónde están parados.








No hay comentarios:

Publicar un comentario