Más de 300 familias se
encuentran instaladas en una parcela de tierra que logra confundirse entre Rucci,
Nuevo Alberdi y Zona Cero. Con problemáticas similares que emergen en otros
vecindarios marginados de Rosario, se le agrega un agravante: está escondido.
Por Ignacio Pellizzón
Nota publicada en Mirador Provincial, Clarín
Sentado sobre una piedra un hombre petiso, con cabellos de
experiencia y mirada melancólica, mira cómo juegan unos perros en el cruce de
las calles Salvat y Pollero, en el corazón de Villa Oculta de Rosario, un
barrio de la zona noroeste de la ciudad que le hace honor a su nombre.
Es casi de noche. Mientras el sol se esconde como si lo
hiciera para siempre y la luna asoma ávida por alumbrar lo que nadie querría
ver, se escucha desde una radio, como un susurro, a Carlos Gardel en el tango
Yira Yira: “Aunque te quiebre la vida, aunque te muerda un dolor, no esperes
nunca una ayuda ni una mano ni un favor”. La voz del Zorzal criollo, aguda y
algo borrosa, es parte de un paisaje casi intransitable, como un puente que se
ve de lejos o la foto de una postal que ya nadie usa.
Villa Oculta se confunde entre los barrios Rucci, Nuevo
Alberdi y Zona Cero. Llegar al lugar es como un laberinto: enredada entre
casillas, barro y animales sueltos, los hombres, las mujeres y los niños
conviven entre venta de droga, delincuencia, peleas furibundas y forman un
escenario que muestra una realidad poco amistosa.
En este pulmón de tierra se alojan unas 300 familias. Todas
tienen una historia diferente que contar: algunas parecen haberse caído del
mapa y muchas otras buscan sin suerte subirse a él en la lucha diaria por ser
reconocidos. Son los que sin pertenecer, pertenecen. “¿Por qué me tocó a mí?”,
acaso sea la pregunta que se repiten cada mañana mientras desayunan (los que
pueden hacerlo). Las mujeres, que en su mayoría son cabezas de los hogares,
caminan junto al temor que se vuelve una sombra que las sigue adonde vayan.
La esquina de Polledo y Salvat forma una especie de cruz que
divide las parcelas en cuatro rectángulos. Dos de ellos están separados por
Salvat. En el sector de la derecha pueden verse
casitas en serie, nuevas y con una escalera que lleva a la puerta de
entrada, como si se tratara de una planta alta. A la izquierda, del otro lado
de Salvat, se levanta el proyecto de hogares Plan Abre, un programa provincial
de intervención en asentamientos irregulares que sólo en Rosario representa una
inversión de 951 millones de pesos para 16 barrios. El cartel propagandístico de
la obra asegura que se están construyendo 117 viviendas. La mitad pareciera que
marcha viento en popa, mientras que el otro 50 por ciento tiene la forma que
sólo el cemento gris y espeso puede ofrecer, con estructuras incipientes que
tienen un largo camino por recorrer para concretarse.
Ambos territorios están delimitados por Salvat y Polledo,
que forma una “T” al revés si se los observa de este a oeste. Cruzando la base
de la T (Polledo), aparece lo que podría ser un espacio inhabitado, pero no:
allí está Villa Oculta, en donde centenares de familias viven en una situación
de pobreza extrema, en casillas construidas entre las vías del tren, rodeadas
de arbustos crecidos, montículos de barro, carros con caballos, insectos que
asechan, gallinas sueltas y perros que deambulan. Algunos carteles escritos con tiza sobre un
pedazo de madera o un trozo de pizarrón viejo indican que hay panaderías,
quioscos y granjas, pero por sobre ellos están las miradas de quienes viven allí,
mostrando desazón junto a un estado que parece tenerlos siempre en alerta y a
la defensiva, como si constantemente estuvieran preparados para lo peor. Otros,
simplemente, observan con la curiosidad de un pueblerino que ve llegar a un
extraño.
NOCHES DIFÍCILES
Magalí vive con su marido y su beba en el lado derecho de la
“T” invertida, a un costado de calle Salvat, frente a Villa Oculta. Sus
palabras muestran cansancio, miedo e impotencia. “Ahí enfrente funcionan dos
bunkers de droga. Ése y ése”, señala la joven mujer con naturalidad, mientras
asegura que cuando empieza a bajar el sol “hay que guardarse” porque siempre
hay tiros, robos, violencia y están cansados de vivir de ese modo.
“Durante el día parece que es tranquilo, pero es una
pantalla. A la noche se escucha de todo”, dice con bronca y resignación por lo
que le toca vivir. “A la Gendarmería casi no se la ve y la Policía es así
(justo pasa un patrullero destartalado), pasa y sigue de largo”, dice, justo en
el momento en el que aparece, a paso de hombre, un patrullero destartalado.
“No confío en la cana. Esto es tierra de nadie y dependemos
de nosotros mismos. La otra vuelta un muchacho corrió a otro con un hacha. Es
tremendo”, contó con valentía Magalí, quien asegura en pocos meses se mudará a
Zavalla, una ciudad cercana a Rosario en donde las cosas parecen “estar un poco
más tranquilas”.
Sobre calle Polledo, con la villa detrás de fondo, se ven a
dos hombres y una mujer que llevan puesta una pechera anaranjada con letras
blancas que dicen: “Rosario más limpia”. Son empleados estatales que trabajan
en las obras del “Plan Abre”, sacando la basura que genera la construcción de
las nuevas viviendas. De a ratos descansan, se apoyan en el postigo de una casa
y charlan, despreocupados, tal vez sobre cualquier otra cosa que los haga
olvidar, aunque sea por un momento, en dónde están parados.




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