Por Ignacio Pellizzón
En el preciso momento en que una voz mediática dijo: “Por un
Clásico en paz”, enterramos el partido más apasionante del mundo. Cuando se
aproxima uno de los cotejos catalogados como de “alto riesgo” y se sugiere “tener
cuidado”, es lisa y llanamente el recordatorio a un evento que ya no es y que,
dudo, que vuelva a ser. El Clásico está muerto y en su memoria brindo.
Ya no quedan excusas, ya no queda a quien echarle la culpa,
porque los responsables somos nosotros. Aquellos “inadaptados” que,
supuestamente, son ignotos, en realidad no lo son. Sabemos de quiénes se tratan,
los conocemos muy bien, convivimos con ellos día a día, son de carne y hueso,
tienen familias y amigos. Alguna vez hay que mirar el espejo retrovisor de la
sociedad y ver que los que la componemos somos nosotros.
Siempre nos escudamos diciendo que el problema es la
Policía, algún periodista, pibes que están “fanatizados”, pero la realidad es
que Rosario es una ciudad pueblo en la que nos conocemos todos con todos, de
alguna u otra forma. Ese policía es amigo de alguno de nosotros, el periodista
es el hermano de un hincha y el “fanatizado” sos vos, soy yo, somos notros, que
no queremos hacernos cargo y justificamos lo inexcusable proyectando la
culpabilidad en el otro. Pero, ése otro es tu vecino, tan cercano y lejano al
mismo tiempo.
Al igual que están enrejando la Facultad de Derecho,
institución pública que verá cercenado su concepto de pública, en el instante
que la apertura del portón dependa del botón que una persona con directrices
opte por apretarlo o no, permitimos que el Clásico se enjaule con una sola
cerradura cuya llave está en manos de ése que tiene “la culpa” de la violencia,
desmanes y muertes que conllevan estos partidos de “alto riesgo”. No obstante,
¿por qué les dimos la llave a ellos?; ¿cuál es el sentido de encerrarte en tu
propia ciudad y entregarle al “otro” la decisión de abrirla o no?
Yo tampoco tengo la respuesta. Eso es más para un sociólogo
o un psicólogo social que pueda brindar una explicación académica apta para los
discursos. Yo solamente sé que el Clásico estuvo encerrado con nosotros en una
celda mucho tiempo; nunca nos dimos cuenta que la llave la teníamos nosotros y
elegimos echarle la “culpa” al “otro” de no abrirnos la reja, por el simple
hecho de no bancarnos la responsabilidad de tomar la seria decisión de liberar
al partido “más apasionante del mundo”.
Del mismo modo que un adolescente cree que el problema son
las normas del colegio, al igual que el inconsciente que corre picadas por la
calle de un barrio piensa que ésa chica no cruzó por donde debía, o el que se
queja de que la EPE no funciona pero utiliza tres aires acondicionados al mismo
tiempo durante todo el día a 16 grados, decimos que la responsabilidad de la
violencia en los Clásicos es de “los inadaptados de siempre” y nos atajamos de
cualquier crítica limpiándonos las manos ensangrentadas.
El Clásico está muerto, porque nosotros lo dejamos morir. Nadie
es santo de su devoción y el que esté libre de pecados que arroje la primera
piedra. ¿Lo curioso? Es que todos seguimos tirando las piedras. Por eso, ¡Salud!,
en memoria al Clásico.

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