sss ROSBARING: LA ÚLTIMA SOBREVIVIENTE AL EXTERMINIO FERROVIARIO

lunes, 27 de julio de 2015

LA ÚLTIMA SOBREVIVIENTE AL EXTERMINIO FERROVIARIO





La década de los ‘90 dejó marcada una generación de privatizaciones, marginalidad social, derrumbe de la industria nacional, entre otras. Sin embargo, el que aún sigue luchando en agonía por levantarse es el Ferrocarril, el cual supo envalentonar el país sobremanera, unificándolo. Esta es la historia de una familia que vivió un tiempo pasado mejor y que resiste junto a su hogar por no dejar morir uno de los pulmones del país.

Por Ignacio Pellizzón


Detrás de la cancha de Central Córdoba, en el barrio de Tablada de Rosario, hay una casa que observa desde lejos su alrededor. En el medio de la nada, espera con ansias que se reactive el sistema ferroviario para volver a brillar entre galpones y talleres, tal y como alguna vez lo supo hacer. Mientras tanto, la nostalgia de un pasado mejor sigue ocupando la visión de uno de sus ojos; el otro, espera un futuro mejor..

Su propietaria se llama Silvia y vive en calle Gálvez 590 desde hace 20 años. Tiene cinco hijos (cuatro hombres y una mujer). Está casada con un trabajador ferroviario. Todos sus hijos varones jugaron al fútbol en el club Central Córdoba (dos aun lo hacen), mientras que su hija vive, actualmente, con ella. Esta puede ser una historia común y corriente, al igual que cualquier otra, pero no lo es. Silvia es la última sobreviviente al exterminio ferroviario de los ’90. Hoy, su casa es la única que queda en pie en medio del parque Irigoyen (¡sí! En el medio), a metros de las estación de trenes.

¡QUE GRANDE HA SIDO NUESTRO AMOR!

Y sin embargo, ¡ay! mira lo que quedó, continúa la frase del tango “Los Mareados” de Enrique Cadícamo. Silvia arribó al barrio en el año 1994, cuando la luna aun iluminaba los galpones y talleres ferroviarios donde miles de obreros trabajaban, a metros de la estación Central Córdoba, que se encuentra sobre Avenida 27 de febrero y Juan Manuel de Rosas. “En aquel momento, los galpones se alquilaban y estaban repletos de materiales de construcción. Había mucho movimiento. Este espacio no era un parque, sino que eran todas calles empedradas con rieles, por donde pasaban muchos trenes de carga que paraban aquí en la estación y continuaban hasta el puerto”, recordó en diálogo con Mirador Provincial.

La vivienda donde vive Silvia, es más que eso, es un “Hogar” propiamente dicho, ya que tiene más de cien años de antigüedad y es la única sobreviviente del barrio de lo que fue el sistema ferroviario en Rosario. Alejada de las demás casas y vecinos, sigue de pie gracias al amor y pasión que tienen sus ocupantes con los trenes y lo que supo ser en la zona. El sol de la mañana fresca todavía ilumina ese templo.

“En lo ´90 hubo un exterminio del sistema ferroviario. Lo que cambió fue que en el año ´92 la Municipalidad realizó un proceso de compra para poder adquirir estos terrenos que pertenecían a la Nación. Luego de esta gestión, se quitaron los galpones y comenzó el proceso de parquización. Ésta, es la única casa que quedó aquí en medio de lo que ahora es el parque Irigoyen, junto con la cancha, que siempre estuvo en el mismo lugar”, relata Silvia mientras el viento sopla con fuerza en el medio del parque.

La estación Central Córdoba, pese al derrumbe, “siempre estuvo en funcionamiento, nunca cerró, aunque disminuyó notablemente el movimiento”. “Ahora funciona a raíz de los trenes de carga (Belgrano Cargas), aunque pasa uno al mes. Pero de apoco se está reflotando”.

RESISTIR EN SOLEDAD

Puede que no lo parezca, pero la distancia y el aislamiento con los demás vecinos genera una sensación de destierro y ostracismo que uno no suele percibir. No se trata solamente de salir a la puerta y saludar a cualquiera que pase o de empotrar una reposera en la vereda y compartir el mate con el de la casa contigua, también es poder ser auxiliado por un vecino en momentos urgentes. “Mientras los chicos iban creciendo, era complicado vivir aquí solitaria en el medio del parque, pese a que cien metros haya vecinos, una en el medio del parque está sola y a veces es necesaria la ayuda de alguien”, cuenta Silvia.

Por ejemplo, cuando los hinchas tenían permitido poder viajar a ver a su equipo de visitante a distintas canchas del país y Central Córdoba hacía las veces de local en el Gabino Sosa, “tenía sus complicaciones, porque los simpatizantes visitantes se apostaban en la grada norte, que da frente a nuestra casa, y, por supuesto, muchos se desubicaban a raíz del consumo de alcohol y distintas sustancias tóxicas, además de que orinaban el frente de mi casa. Era muy incómodo y más con chicos pequeños; y agrega entre sonrisas: “Con los del Charrúa (Central Córdoba) hay buena relación. Una vez me colgaron una bandera que tapaba todo el hogar, pero una siempre bien predispuesta”.

La inseguridad es un tema que nunca pasa de moda en ninguna ciudad y mucho menos en los barrios. “Aquí las cosas que nos han sacado, fueron por lo general pequeñeces, nos robaron jaulones con pájaros, por ejemplo. Nosotros en sí, problemas no tenemos, pero en los alrededores sí y se nota mucho. No hay que alejarse tanto para enterarse de distintos sucesos. La última vez que nos robaron, eran unos chicos de no más de 12 años que saquearon chiquilinadas”.

SONRISAS CON GUSTO A HISTORIA

“Somos lo que hacemos con lo que hicieron de nosotros” (Jean Paul Sartre – Filósofo). Para muchos los fierros, la grasa, los metales, el humo, las hogueras y chimeneas son materiales frívolos, sin significado alguno y no simbolizan nada más que chatarra acumulada, que tienen una vida útil finita. No obstante, para Silvia y su familia son mucho más que pedazos abstractos sin sentido que no expresan nada. Para ellos, es una extensión de su cuerpo, parte de su historia, de lo que son y de lo que serán. En este reloj de arena en el que vivimos, cada granito que cae deja una infinidad de recuerdos y experiencias, los cuales lejos de desvanecerse, desploman con nosotros conformando lo que somos y marcando el camino que seguimos para realizarnos.

“Yo provengo de una familia ferroviaria que trabajaba en los talleres Pérez, que tuvieron un final triste, porque en los ´90 se cerraron. Por eso, esta estación y el ferrocarril significan todo para mí. Cuando el ferrocarril comenzó a reactivarse, fue una sensación muy linda. Con el gobierno de Néstor Kirchner en 2003 comenzó el proceso de reactivación. Estaba todo muerto. Este nuevo movimiento nos favoreció mucho, porque tengo mi marido y dos hijos trabajando allí en los Trenes Argentinos gracias al paso del Belgrano Cargas. Vivir aquí me gusta y no me iría”.


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