La década de
los ‘90 dejó marcada una generación de privatizaciones, marginalidad social,
derrumbe de la industria nacional, entre otras. Sin embargo, el que aún sigue
luchando en agonía por levantarse es el Ferrocarril, el cual supo envalentonar
el país sobremanera, unificándolo. Esta es la historia de una familia que vivió
un tiempo pasado mejor y que resiste junto a su hogar por no dejar morir uno de
los pulmones del país.
Por
Ignacio Pellizzón
Detrás de la cancha de Central Córdoba, en
el barrio de Tablada de Rosario, hay una casa que observa desde lejos su
alrededor. En el medio de la nada, espera con ansias que se reactive el sistema
ferroviario para volver a brillar entre galpones y talleres, tal y como alguna
vez lo supo hacer. Mientras tanto, la nostalgia de un pasado mejor sigue
ocupando la visión de uno de sus ojos; el otro, espera un futuro mejor..
Su propietaria se llama Silvia y vive en
calle Gálvez 590 desde hace 20 años. Tiene cinco hijos (cuatro hombres y una
mujer). Está casada con un trabajador ferroviario. Todos sus hijos varones
jugaron al fútbol en el club Central Córdoba (dos aun lo hacen), mientras que
su hija vive, actualmente, con ella. Esta puede ser una historia común y
corriente, al igual que cualquier otra, pero no lo es. Silvia es la última
sobreviviente al exterminio ferroviario de los ’90. Hoy, su casa es la única
que queda en pie en medio del parque Irigoyen (¡sí! En el medio), a metros de
las estación de trenes.
¡QUE
GRANDE HA SIDO NUESTRO AMOR!
Y sin embargo, ¡ay! mira lo que quedó,
continúa la frase del tango “Los Mareados” de Enrique Cadícamo. Silvia arribó
al barrio en el año 1994, cuando la luna aun iluminaba los galpones y talleres
ferroviarios donde miles de obreros trabajaban, a metros de la estación Central
Córdoba, que se encuentra sobre Avenida 27 de febrero y Juan Manuel de Rosas.
“En aquel momento, los galpones se alquilaban y estaban repletos de materiales
de construcción. Había mucho movimiento. Este espacio no era un parque, sino
que eran todas calles empedradas con rieles, por donde pasaban muchos trenes de
carga que paraban aquí en la estación y continuaban hasta el puerto”, recordó
en diálogo con Mirador Provincial.
La vivienda donde vive Silvia, es más que
eso, es un “Hogar” propiamente dicho, ya que tiene más de cien años de
antigüedad y es la única sobreviviente del barrio de lo que fue el sistema
ferroviario en Rosario. Alejada de las demás casas y vecinos, sigue de pie
gracias al amor y pasión que tienen sus ocupantes con los trenes y lo que supo
ser en la zona. El sol de la mañana fresca todavía ilumina ese templo.
“En lo ´90 hubo un exterminio del sistema
ferroviario. Lo que cambió fue que en el año ´92 la Municipalidad realizó un
proceso de compra para poder adquirir estos terrenos que pertenecían a la
Nación. Luego de esta gestión, se quitaron los galpones y comenzó el proceso de
parquización. Ésta, es la única casa que quedó aquí en medio de lo que ahora es
el parque Irigoyen, junto con la cancha, que siempre estuvo en el mismo lugar”,
relata Silvia mientras el viento sopla con fuerza en el medio del parque.
La estación Central Córdoba, pese al
derrumbe, “siempre estuvo en funcionamiento, nunca cerró, aunque disminuyó
notablemente el movimiento”. “Ahora funciona a raíz de los trenes de carga
(Belgrano Cargas), aunque pasa uno al mes. Pero de apoco se está reflotando”.
RESISTIR
EN SOLEDAD
Puede que no lo parezca, pero la distancia
y el aislamiento con los demás vecinos genera una sensación de destierro y
ostracismo que uno no suele percibir. No se trata solamente de salir a la
puerta y saludar a cualquiera que pase o de empotrar una reposera en la vereda
y compartir el mate con el de la casa contigua, también es poder ser auxiliado
por un vecino en momentos urgentes. “Mientras los chicos iban creciendo, era
complicado vivir aquí solitaria en el medio del parque, pese a que cien metros
haya vecinos, una en el medio del parque está sola y a veces es necesaria la
ayuda de alguien”, cuenta Silvia.
Por ejemplo, cuando los hinchas tenían
permitido poder viajar a ver a su equipo de visitante a distintas canchas del
país y Central Córdoba hacía las veces de local en el Gabino Sosa, “tenía sus
complicaciones, porque los simpatizantes visitantes se apostaban en la grada
norte, que da frente a nuestra casa, y, por supuesto, muchos se desubicaban a
raíz del consumo de alcohol y distintas sustancias tóxicas, además de que
orinaban el frente de mi casa. Era muy incómodo y más con chicos pequeños; y
agrega entre sonrisas: “Con los del Charrúa (Central Córdoba) hay
buena relación. Una vez me colgaron una bandera que tapaba todo el hogar, pero
una siempre bien predispuesta”.
La inseguridad es un tema que nunca pasa de
moda en ninguna ciudad y mucho menos en los barrios. “Aquí las cosas que nos
han sacado, fueron por lo general pequeñeces, nos robaron jaulones con pájaros,
por ejemplo. Nosotros en sí, problemas no tenemos, pero en los alrededores sí y
se nota mucho. No hay que alejarse tanto para enterarse de distintos sucesos.
La última vez que nos robaron, eran unos chicos de no más de 12 años que
saquearon chiquilinadas”.
SONRISAS
CON GUSTO A HISTORIA
“Somos lo que hacemos con lo que hicieron
de nosotros” (Jean Paul Sartre – Filósofo). Para muchos los fierros, la grasa,
los metales, el humo, las hogueras y chimeneas son materiales frívolos, sin
significado alguno y no simbolizan nada más que chatarra acumulada, que tienen
una vida útil finita. No obstante, para Silvia y su familia son mucho más que
pedazos abstractos sin sentido que no expresan nada. Para ellos, es una
extensión de su cuerpo, parte de su historia, de lo que son y de lo que serán.
En este reloj de arena en el que vivimos, cada granito que cae deja una
infinidad de recuerdos y experiencias, los cuales lejos de desvanecerse, desploman
con nosotros conformando lo que somos y marcando el camino que seguimos para
realizarnos.
“Yo provengo de una familia ferroviaria que
trabajaba en los talleres Pérez, que tuvieron un final triste, porque en los
´90 se cerraron. Por eso, esta estación y el ferrocarril significan todo para
mí. Cuando el ferrocarril comenzó a reactivarse, fue una sensación muy linda.
Con el gobierno de Néstor Kirchner en 2003 comenzó el proceso de reactivación.
Estaba todo muerto. Este nuevo movimiento nos favoreció mucho, porque tengo mi
marido y dos hijos trabajando allí en los Trenes Argentinos gracias al paso del
Belgrano Cargas. Vivir aquí me gusta y no me iría”.



Excelente historia!
ResponderEliminarMuchas gracias!!!
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