Hace media hora que estoy sentado frente a la computadora
con la pantalla en blanco del Word pensando si debo o no debo escribir algo por
el 2 de abril. Es que entre tantas publicaciones, investigaciones, reflexiones,
recuerdos y opiniones al respecto, pareciera que no hay nada que aportar, que
ya no queda nada por decir, que todas las hojas de este día estuvieran llenas.
Pero, sin embargo, me encuentro escribiendo. Y lo estoy
haciendo, porque “no hacerlo” sería lo mismo que cuando hay silencio y nadie
habla, ¿me entendés?; osea es lo mismo pero al revés. En este país hubo mucho
silencio y se pensó: “si nadie dice nada, ¿por qué lo voy a decir yo? Por esa
razón, es que, si bien todos están diciendo algo, yo también quiero aportar lo
propio, alzar mi voz entre todas las voces, porque una voz acallada es otra
guerra perdida.
Es loco que las dos fechas más trágicas de la Argentina
estén separadas por nueve días de diferencia en relación a su conmemoración (24
de marzo-2 de abril). Claro está, que, en realidad, ambas son parte del mismo
período lamentable y que tuvieron lugar con seis años de diferencia
(1976-1982), pero que pertenecen a los peores siete años de la historia de este
país.
Desde la vuelta a la Democracia, todos los años se hace un
minuto de silencio en ambas fechas y, daría la sensación, que el silencio
comienza el 24 de marzo y culmina el 2 de abril de ése período. No sé a quién
se le ocurrió desplegar por el mundo que frente a la muerte injusta e inhumana
el silencio es la forma más respetuosa de reivindicarla, cuando en esta
sociedad, por lo menos, el silencio fue el método más eficaz de aniquilarnos.
Hay muchos silencios que dicen algo, que nos alertan, que
nos previenen, que nos generan extrañeza, pero eso sucede porque en nuestra
cabeza, ese silencio, nos hace “ruido”; si eso no ocurriera nos quedaríamos
dormidos, ya que éste es el tipo de silencio que buscamos cuando queremos
cerrar los ojos y descansar.
Hace dos días, el 31 de marzo de 2015, falleció la pareja y
compañera de Rodolfo Walsh, Lilia Ferreyra, quien lo ayudó a difundir la carta
para la Junta Militar o Triunvirato del Mal como me gusta denominarla a mí. Que
haya sobrevivido a la dictadura, fue la bomba de estruendo más grande que les
podrían haber arrojado a los tiranos.
Ese ruido es el que les molestaba, el que
querían apagar y acallar. Hoy, físicamente, ya no está, pero sí sus obras, sus
artículos, sus investigaciones, sus palabras y memorias, al igual que perduran
las de Walsh y tantos otros. Ese ruido no se puede silenciar, nos pertenece.
Estoy escribiendo, y lo seguiré haciendo todos los años al
igual que muchos, para que durante estos nueve días no haya silencio, sino el
ruido más ensordecedor que se pueda generar. Los ruidos molestan, y una
sociedad que no los produce es una que está dormida. Por eso, “un minuto de
silencio… ¡UN CARAJO!”.

No hay comentarios:
Publicar un comentario