“Lo que pasa es que vos no tomás la dimensión de lo que
implica jugar una final de la Copa del Mundo… y en Brasil”, fue lo que me dijo
un amigo tras volver de comer una pizza a modo de festejo por el “chiquito
logro” –como tituló un colega y amigo- de haber vencido a Holanda en
semifinales.
Me quedé pensando y me di cuenta de que tenía razón, de la
magnitud que implica estar entre las dos mejores selecciones del mundo. “No
siempre el que gana es el mejor”, me dijeron alguna vez, y así lo entiendo yo. No
importa el resultado final a esta altura, porque más alto de lo que se llegó no
se puede estar. Sin embargo, pase lo que pase en el partido, los de mi
generación (‘88, ’89 y alguna más) obtuvimos algo más que una final. Por fin
dejamos de heredar héroes.
Maradona, Goycochea, Ruggieri, Burruchaga son los héroes
contemporáneos de otra generación. Si bien, en mi caso, he visto videos, fotos,
partidos, festejos de aquel campeonato de 1986, no puedo sentir que me pertenece,
aunque así sea. Se trata de un campeonato que festejaron mis viejos, otros,
pero no yo. No puedo decir de qué se trata, qué se siente, cómo se vive.
Por esas cosas del destino, tenemos la oportunidad de incorporar
héroes contemporáneos, seres que nacieron con un chip extraterrestre que nos
llevaron (a nosotros) a la primera final del mundo. Viendo jugar a los mejores
de estos tiempos, grabando en el disco rígido de la memoria las zaetas de
nuestros “nuevos” héroes.
En mi estantería de ídolos ya tengo a mi Maradona con Messi,
a mi Goycochea con Romero, a mi Ruggieri con Demichelis, a mi Burruchaga con
Mascherano, a Mi Caniggia con Di María, y así podría continuar. Ya no interesa
si las posiciones no son las mismas, esa discusión se las dejo a los
periodistas deportivos que comprenden más de las cuestiones técnicas. Yo hablo
de otra cosa, de ese cosquilleo que siento cuando los veo poner la pelota
debajo de la suela, cuando corren más de lo que la Física permite, cuando los
veo abrazados como hermanos que fueron paridos por una misma mandre: la Patria
Argentina.
Dicen que los hijos son la versión mejorada de los padres, y
yo creo que nuestros “nuevos” héroes son una versión mejorada de aquellos del ’86,
porque siento que son tan brillantes que aprendieron de los errores de los
demás, pero claro está que es gracias a aquellos patriotas de los cuales se
pudieron jactar para mejorar. Una cosa no quita la otra.
Por otra parte, me queda dando vueltas en la cabeza la
frase: “Voy a decir algo loco para
ustedes. Pero en los países donde existe menos democracia es mejor organizar
una Copa del Mundo”, lo
dijo Jerome Valcke, secretario
General de la FIFA, el 19 de junio de 2013, publicado por la agencia oficial Telam, citando a
la Agencia Brasileña de Noticias.
Detrás de cada Mundial hay un gran negocio para unos pocos.
Lo sabemos. No podemos hacernos los sonsos. Brasil se transformó en una gran
potencia, pero no se justifican los miles de millones de dólares gastados en
estadios que no se culminaron, en autopistas que se desmoronan, en un show que
lejos de catapultar a la Nación como un ejemplo insoslayable, la desnuda y la
expone frente a la opacidad de las publicidades y propagandas. Son demasiadas
prioridades dejadas de lado.
No es necesario organizar un Mundial para demostrarle al
mundo que en Latinoamérica hay un país que creció de manera ininterrumpida y
con notables logros económicos, industriales e inclusión. Por cada pibe que
llora de hambre, madre que se desvive por un hogar, padre explotado y abusado
laboralmente, negocios espurios del narcotráfico, Favelas ocultas y vigiladas
por policías militarizados, cada centavo gastado en un estadio es un derroche.
La ambigüedad en su máxima expresión.
Los “nuevos” héroes están en esa tierra, enviando un mensaje
explícito, claro y concreto: con trabajo, esfuerzo, humildad, planificación, sí
se puede. En Latinoamérica no somos más ni menos que los “grandes paraísos industrializados”.
Ellos también son cómplices de estas mafias que nos circundan cada cuatro años.
Es mi primera final en una Copa del Mundo y cantaré el himno
por sétima vez el domingo, pero el lunes continúa la final global, la que nos
toca pelear todos los días, en la que todos tenemos un puesto en esta sociedad,
con nuestras virtudes y defectos, apoyándonos en nuestros compañeros, pero al
igual que ellos -los “nuevos” héroes-, debemos aprender de los errores de las
generaciones pasadas, agarrar la posta, hacernos cargo, cantar el himno todos
los días y estar a la altura, porque no hay peor desilusión y frustración que
llegar al desenlace de nuestro partido reprochándonos lo mucho que podríamos
haber hecho en el campo de juego dejando la comodidad del banco de suplentes. “Juremos
con gloria morir”.

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