“Yo soy toro en mi rodeo y torazo en rodeo ajeno. Siempre me
tuve por güeno, y si me quieren probar, salgan otros a cantar y veremos quién
es menos”… Martín Fierro.
En un mundo resultadista, donde se aplaude al victorioso y
se defenestra al perdedor, en Argentina la ecuación no dio un resultado
redondo, sino que rompió la regla y los decimales detrás de la coma marcaron la
diferencia, ésa que nos hace distintos a los demás.
Haber perdido la final con Alemania quedará en la retina de
nuestra memoria por siempre. Muchos dirán: “Los teutones nos tienen de nietos”.
Sin embargo, hay un hecho que, tal vez, pase desapercibido en el consciente de
algunos, pero no en el de la mayoría, y tiene que ver como dice Martín Fierro
en que los argentinos somos toros en nuestro rodeo y torazos en rodeo ajeno. En
la historia de los mundiales quedará grabado “el día que Brasil se
argentinizó”.
Los argentinos fuimos a Río de Janeiro, San Pablo y es igual
de comparable que si Hitler se sentara en una plaza de Tel-Aviv a tomar una
cerveza durante un mes. Demostramos que en el fondo tenemos nuestro orgullo
nacionalista y lo hicimos valer a lo largo de toda la Copa del Mundo. “Nos
quisieron probar, salieron a cantar y demostramos quién es menos”, parafraseando
de nuevo a José Hernández.
En la cancha, como en la vida, se puede ganar o perder. No
voy a caer en la falsa alegría de festejar que se perdió una final, pero sí voy
a inflar el pecho porque en rodeo ajeno fuimos torazos, y aunque no exista una
comisión que premie semejantes hazañas, el grito: “Brasil decime qué se
siente”, fue el canto de batalla que triunfó en las tierras más hostiles del
vecino país, estremeciendo a los pueblos del mismo modo que en la guerra de las
cruzadas los soldados atacaban con el grito del corazón en un puño, avanzando
sin importar los obstáculos.
La invasión albiceleste quedó registrada en todo el mundo.
De eso no hay dudas. Le dimos una pequeña muestra al planeta de lo que implica
ser argentino. La hermandad en su máxima expresión. Resaltando la fuerza de la
unión. Abriéndonos camino en el Amazonas con la única arma que es nuestro
himno. Juramos con gloria morir y seguimos de pie. Más que nunca.
Dentro de 20 mundiales, el 2014 quedará para los estadistas
cortos de contexto como el mundial en donde Argentina perdió la dignísima final
con Alemania, comparándola que la del ‘90, pero para los visionarios del
futuro, aquellos que serán descriptos como ilusos rebeldes fundamentalistas de
la derrota podrán escribir que esta final fue el día en que “Brasil se
argentinizó”, la jornada en que el “Cristo de los abrazos” se quiso sumergir en
la marea celeste y blanca que inundó el corazón del país con más mundiales
ganados… en la cancha… por ahora...

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