sss ROSBARING: GANAPANES ROSARINOS

jueves, 1 de mayo de 2014

GANAPANES ROSARINOS

ROSARIO, "LA CIUDAD DE LAS LUCES”



Por Ignacio Pellizzón



CAPÍTULO 16



“Ahí pasó otra. Ya es como la cuarta que veo en dos horas. Es impresionante. Nunca viví algo así. La ciudad está iluminada por ellas”, dijo una vecina que estaba comprando el diario en la esquina de 27 de Febrero y Moreno.

Lo primero que se me vino a la mente fue París (Francia), “la ciudad de la luz”, como es reconocida mundialmente. No tengo muy en claro por qué, pero intuyo que debe ser por el juego luminoso que realiza por las noches la torre Eiffel y por el deslumbramiento que produce la noche parisina.

Hace algunos años, tuve la oportunidad de conocerla. Sus callecitas empedradas, los caminos angostos, la famosa avenida “champs elysees” (Campos de los Eliseo), el barrio Latino, Montmartre, el palacio Des Invalides, el Arco del Triunfo, por supuesto también la maravillosa torre Eiffel, y demás monumentos que funcionan como atracciones turísticas.

Querido lector/a, si uno presta atención descubrirá que Rosario tiene muchos destellos culturales arquitectónicos de Francia, tanto en su infraestructura como en sus monumentos y edificios, los cuales tal vez se vuelven invisibles al ojo ciudadano por lo cotidiano y expuesto de su presencia en las calles.

Las ciudades mejor iluminadas no son aquellas que más luz brindan en la vía pública, sino las que mejor la utilizan y la distribuyen estratégicamente, no solo por un ahorro energético sino por una logística a la hora de implementarlas. La luz tiene algo de místico y romántico, porque con su poder es capaz de resaltar aquellos detalles que la excesiva luz solar no permite vislumbrar durante el día.

Al caminar por las calles de París durante las tardecitas, cuando el sol se va escondiendo para darle paso a su amante la luna, quien la observó durante toda la jornada para captar su energía y mantenerse encendida durante su ausencia, la magia de la iluminación se hace presente. 

Surge de la nada, como si fuera “normal” –concepto aplicado a lo cotidianamente acostumbrado a denotar-, como un acto involuntario que subyace en un mundo paralelo al nuestro, es decir al de los demás.

Al realizar un recorrido nocturno en una embarcación por el río Sena, al mejor estilo city tour, descubrí que París es una ciudad iluminada sin ser iluminada. Entendí que la estrategia de su luz radica en darle paso a la imaginación, al romanticismo, a la interpretación que uno pueda hacer sobre lo que está viendo, destacando aquellas virtudes que el sol no permite que observemos, o mejor dicho, que admiremos.

París no es una ciudad perfecta y está muy lejos de serlo, pero la imagen que penetra nuestras retinas alcanzando nuestro subconsciente nos lleva a recordarla como la ilusión de lo que una ciudad perfecta debería ser. Es un juego psicológico, muy bien aplicado, que produce que el mensaje de la perfección recorra el mundo en la voz de sus visitantes, asumiendo una verdad absoluta.

Se trata, de algún modo, de un juego sexual en donde uno canaliza su líbido en la imaginación, en lo que esconden debajo esas indumentarias. Es como una retórica de la imagen que nos permite ir más allá de lo que vemos, tocamos, sentimos. En algún punto, elaboramos inconscientemente un concepto perfecto de aquella persona cubierta de ropa que nos permite ver tan solo un poco, lo justo y necesario para que nuestra imaginación represente el resto, lo que no vemos.

La iluminación bien aplicada produce el mismo efecto. Nos provoca una sensación anhelada. Al igual que un vestido de seda en una fiesta de gala genera en un hombre. El hecho de mostrar, iluminar, exponer tan solo una pequeña parte para que nuestra mente reconstruya el resto, el cual siempre está arraigado a nuestro concepto idealista de perfección. Así es París de noche.

Rosario, en los últimos tiempos, se transformó “en la ciudad de las luces” como mencionó la vecina, porque en las calles oscuras, silenciosas, vacías, por tan solo unos segundos se ven iluminadas por las sirenas de motos, autos, camionetas de quienes aplican la “justicia”.

Al igual que un turista en París se lleva una concepción despampanante de la ciudad, sucede lo mismo en Rosario, ¿“la nueva Medellín”?; una sociedad que convive con el militarismo, con el terror constante de sufrir un hecho de inseguridad, de percibir incipientemente el atentado contra la persona.

Las luces en Rosario generan el mismo efecto que las lámparas que reflejan la copa de los árboles en París. Inducen a que el inconsciente colectivo recree en sus mentes aquello que no es visible durante el día, pero que florece resplandecientemente por la noche; exponiendo un mensaje que tiene que ver más con nuestra imaginación que con la realidad que un sol brillante muestra.



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