ROSARIO, "LA CIUDAD DE LAS
LUCES”
Por Ignacio Pellizzón
CAPÍTULO 16
“Ahí pasó otra.
Ya es como la cuarta que veo en dos horas. Es impresionante. Nunca viví algo
así. La ciudad está iluminada por ellas”, dijo una vecina que estaba comprando
el diario en la esquina de 27 de Febrero y Moreno.
Lo primero que se
me vino a la mente fue París (Francia), “la ciudad de la luz”, como es
reconocida mundialmente. No tengo muy en claro por qué, pero intuyo que debe ser
por el juego luminoso que realiza por las noches la torre Eiffel y por el
deslumbramiento que produce la noche parisina.
Hace algunos
años, tuve la oportunidad de conocerla. Sus callecitas empedradas, los caminos
angostos, la famosa avenida “champs elysees” (Campos de los Eliseo), el barrio
Latino, Montmartre, el palacio Des Invalides, el Arco del Triunfo, por supuesto
también la maravillosa torre Eiffel, y demás monumentos que funcionan como
atracciones turísticas.
Querido lector/a,
si uno presta atención descubrirá que Rosario tiene muchos destellos culturales
arquitectónicos de Francia, tanto en su infraestructura como en sus monumentos
y edificios, los cuales tal vez se vuelven invisibles al ojo ciudadano por lo
cotidiano y expuesto de su presencia en las calles.
Las ciudades
mejor iluminadas no son aquellas que más luz brindan en la vía pública, sino
las que mejor la utilizan y la distribuyen estratégicamente, no solo por un
ahorro energético sino por una logística a la hora de implementarlas. La luz
tiene algo de místico y romántico, porque con su poder es capaz de resaltar
aquellos detalles que la excesiva luz solar no permite vislumbrar durante el
día.
Al caminar por
las calles de París durante las tardecitas, cuando el sol se va escondiendo
para darle paso a su amante la luna, quien la observó durante toda la jornada
para captar su energía y mantenerse encendida durante su ausencia, la magia de
la iluminación se hace presente.
Surge de la nada, como si fuera “normal” –concepto
aplicado a lo cotidianamente acostumbrado a denotar-, como un acto involuntario
que subyace en un mundo paralelo al nuestro, es decir al de los demás.
Al realizar un
recorrido nocturno en una embarcación por el río Sena, al mejor estilo city
tour, descubrí que París es una ciudad iluminada sin ser iluminada. Entendí que
la estrategia de su luz radica en darle paso a la imaginación, al romanticismo,
a la interpretación que uno pueda hacer sobre lo que está viendo, destacando
aquellas virtudes que el sol no permite que observemos, o mejor dicho, que
admiremos.
París no es una
ciudad perfecta y está muy lejos de serlo, pero la imagen que penetra nuestras
retinas alcanzando nuestro subconsciente nos lleva a recordarla como la ilusión
de lo que una ciudad perfecta debería ser. Es un juego psicológico, muy bien
aplicado, que produce que el mensaje de la perfección recorra el mundo en la
voz de sus visitantes, asumiendo una verdad absoluta.
Se trata, de
algún modo, de un juego sexual en donde uno canaliza su líbido en la
imaginación, en lo que esconden debajo esas indumentarias. Es como una retórica
de la imagen que nos permite ir más allá de lo que vemos, tocamos, sentimos. En
algún punto, elaboramos inconscientemente un concepto perfecto de aquella
persona cubierta de ropa que nos permite ver tan solo un poco, lo justo y
necesario para que nuestra imaginación represente el resto, lo que no vemos.
La iluminación
bien aplicada produce el mismo efecto. Nos provoca una sensación anhelada. Al
igual que un vestido de seda en una fiesta de gala genera en un hombre. El
hecho de mostrar, iluminar, exponer tan solo una pequeña parte para que nuestra
mente reconstruya el resto, el cual siempre está arraigado a nuestro concepto
idealista de perfección. Así es París de noche.
Rosario, en los
últimos tiempos, se transformó “en la ciudad de las luces” como mencionó la
vecina, porque en las calles oscuras, silenciosas, vacías, por tan solo unos
segundos se ven iluminadas por las sirenas de motos, autos, camionetas de quienes
aplican la “justicia”.
Al igual que un
turista en París se lleva una concepción despampanante de la ciudad, sucede lo
mismo en Rosario, ¿“la nueva Medellín”?; una sociedad que convive con el
militarismo, con el terror constante de sufrir un hecho de inseguridad, de
percibir incipientemente el atentado contra la persona.
Las luces en
Rosario generan el mismo efecto que las lámparas que reflejan la copa de los
árboles en París. Inducen a que el inconsciente colectivo recree en sus mentes
aquello que no es visible durante el día, pero que florece resplandecientemente
por la noche; exponiendo un mensaje que tiene que ver más con nuestra
imaginación que con la realidad que un sol brillante muestra.

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