“DOS POR CUATRO”
Por Ignacio
Pellizzón
CAPÍTULO 15
Por esas
casualidades de la vida, tal vez buscando respuestas en una copa de vino que tenía
menos futuro que el largo de un túnel o por esos caprichos que la noche
contagiosa tiene sobre los mortales, terminé en un bar, de esos que se piantan
en una época y se instalan en aquellos años. Entré al Olimpo de calle
Corrientes y Entre Ríos, escuchando la música que genera ver la gente bailar.
Abrazados,
apasionados, casi rozando el romance, ellos bailaban. No sé cuándo, dónde,
cómo, por qué, me vi hipnotizado por parejas que se desplazaban sobre lo que
parecía ser la pista de un teatro magnífico, con luces tenues, vestidos y
trajes de gala, personajes extravagantes. Personas que no comprenden ni de
edades ni de modas, simplemente de un baile y ¡QUE BAILE!
Dicen que de
amores nadie muere, pero que hay amores que matan, porque los amores que matan
nunca mueren, aunque sin embargo siempre volvemos al primer amor. Y juro
querido lector/a que este no era ni por asomo un guiño de ojo conquistador,
sino más que un mundo contado en historias por aquellos que supieron amarlo,
pero amarlo de verdad, no como esos que se llenan de pasos las pasiones de los
demás. Este era ¡amor de verdad!
Doncellas de
cuentos de hadas que se desplazaban por la pista como siluetas que no veían un
porvenir; caballeros que al son de la melodía acompañaban aquellas figuras
modernas y antiguas, pero ¡QUE IMPORTA!, los pies se movían como peces en el
agua, casi como leyendo en voz alta un libro jamás leído por nadie, pero
entendido por todos. ¡ERA TANGO!
El mundo baila
una danza criolla desconocida por sus lugaternientes, por sus propios criollos,
por su pueblo, por sus generaciones. Desconfianza, globalización, tecnología,
capitalismo, consumismo y toda la mierda que se nos pueda cruzar por nuestras
diversas ideologías no contemplan semejante atrocidad. Si hasta los yanquis
cantan el himno con la mano en el corazón cuando la escuchan por radio. Vivimos
de excusas para evitar afrontar nuestra identidad, la tan rica, codiciada,
envidiada y copiada tradición. Lo único que no nos pudieron arrebatar aquellos
fusiles colonizadores.
No era ni el
porrón ni el vino que me hacían pensar. Si yo sabía que el baile es un signo,
es comunicación, es el diálogo en movimiento, con sus penas y alegrías, si yo
sabía que a través del baile se dice lo que una cultura siente. Yo esa noche
escuché muy atentamente y el mensaje fue claro. Luchamos no contra la
posmodernidad, sino que la posmodernidad intenta apoderarse de lo que nunca
podrá conquistar: el baile.
Querido lector/a
somos los ilusos pensadores de un pasado mejor que no nos atrevemos a mantener
o quizás a repetir. Fue tan linda la historia que nos contaron que preferimos
mantenerla en la burbuja de los recuerdos; esa tan dura y tan frágil que
creemos reemplazar con historias que jamás nos sucedieron, que no tendrán las
mismas noches con las lunas de berretines argentas. Perdón rosarigasinas.
No se trata de
estar a la moda, ni de bailar con la mejor musa inspiradora. Tampoco es
cuestión de tener la gambeta bailarina en la sangre, ni mucho menos de buscar esa
cara utópica de revista. No es una cifra redonda que multiplicada nos dé un
resultado exacto.
Porque a veces en la historia, en la cultura, en la memoria,en la noche, cuando la luna sale a conquistar la ciudad y los perros miran al cielo, el surrealismo se apodera del curso de la vida y nos demuestra que dos por cuatro no es igual a ocho, sino que, a veces, dos por cuatro es igual a
TANGO.

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