“EL
AMIGO MÁS FIEL”
Por Ignacio Pellizzón
CAPÍTULO 14
No suelo hacer
siempre el mismo recorrido, pero siempre me encuentro con la misma postal. Yo
sé que no hablan, pero se comunican, porque comunicarse no implica dialogar,
sino emitir un mensaje de cualquier tipo que llegue a un receptor. Ellos constantemente
nos dicen algo. Siempre siento que me transmiten la misma pregunta: “¿Cuál es
el precio que tengo que pagar para que mis sueños se hagan realidad?”.
Estoy seguro
querido lector/a de que usted camina por los mismos pagos que yo y se encuentra
con la misma foto. A veces es necesario dejar de mirar el cielo para encontrar
la realidad debajo de nuestros egos, intereses y deseos. Por lo general, suele
surgir cuando nos despojamos de buscar el futuro en el paisaje y nos animamos a
bajar la cabeza.
Todo el tiempo
estamos en movimiento, así no queramos. El mundo se mueve y yo continúo con mi
caminata tropezándome con la misma interrogante que me sacude el cuerpo. No se
trata de una etnia, religión o fronteras. Ellos no comprenden, no les importa,
no diferencian. Se pasan el tiempo sobreviviendo. Alguien que busca sobrevivir
no piensa en otra cosa más que seguir viviendo.
Podemos continuar
debatiendo ideologías políticas, pensamientos freudianos, explicando teorías
marxistas leninistas o escribiendo notas reflexivas en secciones de Cultura de
cualquier periódico; mientras tanto… ellos siguen allí buscando que alguien se
comunique, porque no hay comunicación si no hay retroalimentación (feedback).
Es decir, siempre que decimos cualquier cosa es para que nos devuelvan algo,
aunque no sean palabras.
Querido lector/a,
complejizamos un mundo que no lo es tanto y en vez de aprender de quienes lo
hacen adaptándose al medio, le buscamos el pelo al huevo para transformar
nuestro ambiente de modo que se adecue a nosotros. Ellos no piden tanto.
Vivimos en una
sociedad en la que tenemos encendidos el detector de mentiras, hipocresías,
engaños, falsedades lo que dure nuestro día. Incesantemente, por naturaleza
propia, observamos a nuestro alrededor para vislumbrar una cara amiga que nos
ayude a cargar las baterías de todos los detectores, pero aun así no los
apagamos, excepto con ellos, es paradójico.
Están en todas
partes, todo el tiempo, confundidos entre zapatos y tacos, entre trajes y
vestidos, entre odios y amores. Están ahí buscando que alguien les devuelva la
mirada para ilusionarse un poquito. Las almas puras y sensibles existen. Las de
ellos no están contaminadas, no se puede transgredir su esencia.
Tal vez querido
lector/a usted no se sienta completo/a cuando alcanza un objetivo, y de
inmediato se propone otra meta sin disfrutar lo que tiene, olvidándose del
tiempo, del sentido de la vida, de la belleza de las cosas simples, de detener
su paso, mirar sin prejuicios despojándose de todo lo innecesariamente
necesario que creemos/debemos conseguir para, por fin, detener un segundo el mundo
en una mirada amiga apagando detectores, encontrando fidelidad sin pedir nada a
cambio, solo que usted se comunique, que le devuelva la mirada.
Los animales más
salvajes y despiadados de este planeta somos los seres que pretendemos domar a
la naturaleza, mientras que los demás buscan que dejemos de mirar nuestro
ombligo para que los observemos y nos imaginemos un ratito que nada nos separa
y que solamente pretendemos ser su amigo fiel.

No hay comentarios:
Publicar un comentario