sss ROSBARING: GANAPANES ROSARINOS

jueves, 13 de marzo de 2014

GANAPANES ROSARINOS

“EL ÚLTIMO TREN”





Por Ignacio Pellizzón

CAPÍTULO 12



Nació bajo el nombre de “Ferrocarril Central Argentino” en 1860. Hoy es conocido por “Ferrocentral”, mote que le designó la empresa privada que adquirió su concesión.

Querido lector/a muchos años han pasado desde que los ferrocarriles dejaron de ser el método de transporte más seguro y eficiente de la Argentina. Imagínese en Rosario. Solo uno queda de pasajeros, que proviene desde Buenos Aires y llega hasta Tucumán.

No hay intención de escribir un ensayo nostálgico al respecto, sino de recapacitar sobre qué dejamos que hicieran con unos de los modelos mundiales más utilizados y económicos del mundo para cruzar destinos inhóspitos en tiempo récord, con gran comodidad para el alma como para el bolsillo.

No se trata únicamente de fierros y grasa, sino también de generaciones enteras que heredaron la pasión por el ferrocarril.

Las pasiones no se entienden ni se razonan, simplemente se sienten. El desconsuelo de aquellos que ven morir algo que, alguna vez, enorgulleció el corazón de tantos obreros es lo que hoy debería generarnos un dolor que nos quite una lágrima aunque sea.

Ferrocentral, el último tren de Rosario tiene capacidad para transportar poco más de 600 personas. ¿Cuántos ómnibus son necesarios para trasladar por lo menos la mitad de pasajeros?, ¿cuánto descongestionamiento de colectivos y camiones se produciría?; no se trata de una cuenta matemática, sino del sentido común, pero a veces es el menos común de los sentidos.

La federalización de un país no es una política para llenarse la boca de ella, sino para actuar en consecuencia. Los trenes conectan, unen, hermanan, dignifican, producen y realzan la vida de tantos pueblos que con ellos vieron morir su historia y su futuro. Comunidades negadas en un pasado que nadie recuerda.

Si tuviera que definir el tren en una frase lo llamaría: “La fiesta de los sentidos”. Con su bocina, el ruido de la locomotora, el olor a grasa, el temblor sobre los rieles, el paisaje que cambia con el abrir y cerrar de los ojos, el aroma a pasión por un transporte de antaño, el frío de los fierros, la risa de los maquiniStas, la alegría de los chicos de conocer algo distinto y la postal de ver el movimiento de una masa humana que tiene diversos destinos pero el mismo medio para arribar.

Sería hipócrita mencionar que se trata de un transporte que genera igualdad, porque sería faltar a la verdad y anexaría un pensamiento poco feliz en comparación con la realidad. Sin embargo, es lo más próximo a una utópica equidad, donde sin importar cuánto se tiene, se llega igual.


En tiempos donde se pretende incorporar un nuevo ramal con inversiones millonarias, nos olvidamos de lo que tenemos. Eso es lo peor que le puede pasar a una sociedad. Seguir adelante sin aferrarse a lo que posee o supo tener. El olvido es la fórmula mental más fuerte que existe para despojarse de lo bueno y malo que tenemos. Aunque muchos quieran, nuestro disco rígido no se puede formatear. Debemos impedirlo.


El último tren, querido lector/a, no es un accesorio que debemos conservar por el simple hecho de que es el único que nos queda, sino preservarlo porque se trata de la última generación que dio la vida por un medio de transporte que no solo se llenaba con personas sino también con sueños, amores, decepciones, despedidas, ilusiones. Todo eso cabía en un solo vagón. Aún hoy cabe.

Cuando uno tiene la intención de comprar un pasaje de tren para ir a cualquier lugar, lo debe hacer con mucha anticipación. Algo así como 3 o 4 meses antes del viaje. Los días y horarios de salida no son muy amplios, sino que se reducen a dos o tres opciones. Así mismo, el tren siempre se va y vuelve lleno.

Entonces, éste no desapareció, no está en desuso, nadie lo detesta, no es un mal negocio, no suele tener un alto índice de accidentes, no se viaja de manera inhumana, nadie es discriminado o ninguneado, tampoco se deja varado en la nada a alguien que necesita un médico. El último tren sigue con vida, tal vez con más vida que nunca, pero ¿tiene mala prensa o falta de ella?

La estación Rosario Norte no es un monumento simbólico que retrotrae a nuestros abuelos a un pasado en el que ellos eran más jóvenes y solían viajar en tren. Mucho menos son paredes refaccionadas en su exterior con frases elegantes y bonitas para impactar a algún turista que pase por casualidad.

Si sigue en pie es porque no permitimos que se caiga, porque la apoyamos, la queremos, la necesitamos. Podrán pasar mil años sin que nadie le realice alguna obra de mantenimiento, pero ella estará allí observándonos con los miles de ojos de los obreros que supieron levantarla y posicionarla en un lugar que hoy extraña, pero al que puede volver, siempre y cuando, así lo queramos.

Que sea el último tren no depende de la historia, sino de lo que el pueblo pretenda hacer con su historia.


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