“EL ÚLTIMO TREN”
Por Ignacio
Pellizzón
CAPÍTULO 12
CAPÍTULO 12
Nació bajo el
nombre de “Ferrocarril Central Argentino” en 1860. Hoy es conocido por
“Ferrocentral”, mote que le designó la empresa privada que adquirió su
concesión.
Querido lector/a
muchos años han pasado desde que los ferrocarriles dejaron de ser el método de
transporte más seguro y eficiente de la Argentina. Imagínese en Rosario. Solo
uno queda de pasajeros, que proviene desde Buenos Aires y llega hasta Tucumán.
No hay intención
de escribir un ensayo nostálgico al respecto, sino de recapacitar sobre qué
dejamos que hicieran con unos de los modelos mundiales más utilizados y
económicos del mundo para cruzar destinos inhóspitos en tiempo récord, con gran
comodidad para el alma como para el bolsillo.
No se trata
únicamente de fierros y grasa, sino también de generaciones enteras que
heredaron la pasión por el ferrocarril.
Las pasiones no se entienden ni se
razonan, simplemente se sienten. El desconsuelo de aquellos que ven morir algo
que, alguna vez, enorgulleció el corazón de tantos obreros es lo que hoy
debería generarnos un dolor que nos quite una lágrima aunque sea.
Ferrocentral, el
último tren de Rosario tiene capacidad para transportar poco más de 600
personas. ¿Cuántos ómnibus son necesarios para trasladar por lo menos la mitad
de pasajeros?, ¿cuánto descongestionamiento de colectivos y camiones se
produciría?; no se trata de una cuenta matemática, sino del sentido común, pero
a veces es el menos común de los sentidos.
La federalización
de un país no es una política para llenarse la boca de ella, sino para actuar
en consecuencia. Los trenes conectan, unen, hermanan, dignifican, producen y
realzan la vida de tantos pueblos que con ellos vieron morir su historia y su
futuro. Comunidades negadas en un pasado que nadie recuerda.
Si tuviera que
definir el tren en una frase lo llamaría: “La fiesta de los sentidos”. Con su
bocina, el ruido de la locomotora, el olor a grasa, el temblor sobre los
rieles, el paisaje que cambia con el abrir y cerrar de los ojos, el aroma a
pasión por un transporte de antaño, el frío de los fierros, la risa de los
maquiniStas, la alegría de los chicos de conocer algo distinto y la postal de
ver el movimiento de una masa humana que tiene diversos destinos pero el mismo
medio para arribar.
Sería hipócrita
mencionar que se trata de un transporte que genera igualdad, porque sería
faltar a la verdad y anexaría un pensamiento poco feliz en comparación con la
realidad. Sin embargo, es lo más próximo a una utópica equidad, donde sin importar
cuánto se tiene, se llega igual.
En tiempos donde
se pretende incorporar un nuevo ramal con inversiones millonarias, nos
olvidamos de lo que tenemos. Eso es lo peor que le puede pasar a una sociedad.
Seguir adelante sin aferrarse a lo que posee o supo tener. El olvido es la
fórmula mental más fuerte que existe para despojarse de lo bueno y malo que
tenemos. Aunque muchos quieran, nuestro disco rígido no se puede formatear.
Debemos impedirlo.
El último tren,
querido lector/a, no es un accesorio que debemos conservar por el simple hecho
de que es el único que nos queda, sino preservarlo porque se trata de la última
generación que dio la vida por un medio de transporte que no solo se llenaba
con personas sino también con sueños, amores, decepciones, despedidas,
ilusiones. Todo eso cabía en un solo vagón. Aún hoy cabe.
Cuando uno tiene
la intención de comprar un pasaje de tren para ir a cualquier lugar, lo debe
hacer con mucha anticipación. Algo así como 3 o 4 meses antes del viaje. Los
días y horarios de salida no son muy amplios, sino que se reducen a dos o tres
opciones. Así mismo, el tren siempre se va y vuelve lleno.
Entonces, éste no
desapareció, no está en desuso, nadie lo detesta, no es un mal negocio, no
suele tener un alto índice de accidentes, no se viaja de manera inhumana, nadie
es discriminado o ninguneado, tampoco se deja varado en la nada a alguien que
necesita un médico. El último tren sigue con vida, tal vez con más vida que
nunca, pero ¿tiene mala prensa o falta de ella?
La estación Rosario
Norte no es un monumento simbólico que retrotrae a nuestros abuelos a un pasado
en el que ellos eran más jóvenes y solían viajar en tren. Mucho menos son
paredes refaccionadas en su exterior con frases elegantes y bonitas para
impactar a algún turista que pase por casualidad.
Si sigue en pie
es porque no permitimos que se caiga, porque la apoyamos, la queremos, la
necesitamos. Podrán pasar mil años sin que nadie le realice alguna obra de
mantenimiento, pero ella estará allí observándonos con los miles de ojos de los
obreros que supieron levantarla y posicionarla en un lugar que hoy extraña, pero
al que puede volver, siempre y cuando, así lo queramos.
Que sea el último tren no depende de la historia, sino de lo que el pueblo pretenda hacer con su historia.
Que sea el último tren no depende de la historia, sino de lo que el pueblo pretenda hacer con su historia.


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