“MAS VALE BUENOS POR
CONOCER QUE MALOS CONOCIDOS”
Por Ignacio Pellizzón
CAPÍTULO 9
CAPÍTULO 9
El mundo está
repleto de personas, cada una con una historia particular, muchas similares
entre sí, pero distintas a la vez, no hay dos historias iguales. Sin embargo,
hay personas que entran en la de muchos de nosotros directa o indirectamente.
Es por eso, que somos seres sociables que necesitamos vivir en comunidad,
porque es nuestra forma natural de sobrevivir, y de ayudarnos mutuamente, de
alguna manera, a vivir. Esta es la historia de un ser que comprendió el mensaje
real de “solidarizarse”, convirtiéndose en una pequeña parte de muchas
historias sobre una misma.
Estuvo en el lugar y el momento de la tragedia más
importante de Rosario. Fue un espectador de lujo del hecho más triste que la
ciudad abrazada por el río Paraná haya vivido jamás. Muchos, por lo inesperado,
insólito, se quedaron perplejos sin siquiera poder pestañar. Sin embargo, el
“pájaro”, desconocido y perdido en medio de gritos, llantos, dolores,
desconciertos, actuó.
“Mirá, yo siempre
fui solidario, porque estuve dispuesto a dar, pero creo que lo real de la
solidaridad lo aprendí después: es dar sin esperar nada a cambio. Por lo
general, yo lo sufrí, y es poco lo que vuelve”, dijo sin hacer uso de falsa
modestia. El tono de su voz reflejaba lo seguro que estaba de lo que contaba.
Le creí.
“Me estaba
parando para irme, porque me di cuenta que pasaba algo. Yo estaba en una mesa
al fondo cerca de la barra, al lado del dueño y, hacía 15 minutos que había
entrado y no había aroma a gas, pero de golpe surgió un olor muy fuerte y
cuando pensé que se estaba yendo, me paré para cerrar la notebook y se produjo
la explosión. Ni a Pablo Escobar le hubiera dado el tupé de realizar una
explosión semejante”, dijo con voz entrecortada, con dolor, con angustia, con
el sentimiento latente.
“Jamás pensé que
algo así iba a suceder. Uno no está esperando una bomba. Es un hecho fortuito.
Sí, me acuerdo de dos hombres que salieron corriendo y lograron parar los autos
que venían por Oroño y evitaron que doblaran. Después todo fue muy duro, el
fuego era muy intenso. De hecho, me quise acercar y no me dio el cuero.
Llegaron los bomberos y los tipos tienen otra formación, se metieron y
trabajaron”.
No se pudieron
decir adiós. “yo tenía un sobrino, el hijo de mi prima que estaba vinculado a
mí, porque le gustaba salir a los mismos lugares, éramos los dos hinchas de
Newell’s, teníamos una relación más de amigos que de familiares. Ese día,
justo, entraba un poco más tarde a su trabajo y le tocó quedarse ahí”, relató
con el escudo de inmunidad activado.
Como cuando uno
está siendo asaltado y no sabe cómo reaccionar, muchos petrificados por el
medio, otros corriendo, “Lo primero que hice fue atender dos chicas que estaban
en frente y tenían tanto miedo como yo, pero que habían tenido algunos cortes
en el cuero cabelludo, y en el apuro simplemente le hice una compresión para
frenar la hemorragia”.
"Empezamos colaborando y nos dimos cuenta que de poco servía
brindar una cena, porque los turnos de los chicos, como los bomberos,
rescatistas y demás, rotaban en horarios mucho más cortos y salían. Así fue que
pensamos en suspender lo que era comida preparada y comenzamos a comprar
comidas tales como pizza, hamburguesas, panchos, de modo que tuvieran algo
caliente en el momento que ellos lo necesitaran”.
La charla acaparó
la atención de todos los que estaban en el bar, trataban de no hablar para
escuchar, el silencio sonaba con más fuerza. Es que se trata de una persona especial
que uno no encuentra todos los días. Las agujas del reloj se paralizaron en las
10:30 de esa mañana de lunes. Escucharlo tenía tanto sentido, que ni el tiempo
se dio cuenta de que tenía que seguir corriendo.
“A mí la
explosión me causó unas sensación dura, desde el punto de vista psicológico y,
aún hoy, me cuesta superarlo. Yo en todo momento pensé que los que estaban
abajo estaban vivos, porque yo soy muy positivo y creía en que había que ayudar
a los que estaba ayudando, aunque las cosas no salieron como uno esperaba. La
única respuesta que cabe, es porque correspondía hacerlo, nada más”.
“Si solidaridad
depende de dar mucho de lo que se tiene, únicamente actuaron los que tienen
poco. Si por solidaridad se entiende por dar lo que te sobra, seguramente
actuaron muchos. Quisiera que alguien dijera qué empresa importante hizo
público algún acto solidario, algo que les duela, no que les sobre”, el enojo
se hizo presente y los gestos de sus cejas así lo expresaron. La crítica estaba
compuesta con más dolor que ira.
En un momento en
que los medios de comunicación están siendo juzgados por la sociedad, “los de
Buenos Aires disponen de mucha más tecnología y capacidad operativa que los
medios de Rosario. Es difícil comparar. La diferencia reside en que para los
medios de afuera esto será un recuerdo, y me parece que la responsabilidad de
los de Rosario va a ser más fuerte”. Dejó en claro un mandato social del cual
nos tenemos que hacer cargo.
¿Todo lo que
comienza tiene un final?, “los chicos de Malos Conocidos consiguieron a través
de la Cámara de Supermercados ayuda para poder brindar desayuno, no solo a los
vecinos, sino también a gente que trabaja por acá. En esto ellos coinciden
conmigo en que un gendarme que depende del Estado Nacional, un policía que
depende del Estado Provincial o un inspector de tránsito que depende de la
Municipalidad, tienen algo en común: los tres tienen frío”.
La física dispone
que todo espacio vacío es ocupado por otra materia, es decir, todo es
reemplazable. “Me gustaría volver a ver a los mismos vecinos lo más felices
posible. Desde el punto de vista edilicio, seguramente, se construirà algo
mejor que los que tenían 35 años. Espero que a los terrenos no se le dé ningún
uso comercial, ni nada por el estilo, porque sería reírse de las víctimas”, de
nuevo el tono de su voz rozó la incomodidad por una decisión que no puede tomar
él y que depende de personas en las que mucho no confía. La incertidumbre
golpeó nuestra mesa con tanta fuerza que casi vuelca el café.
“Mi recriminación
más aguda es no haberme animado a meterme más cerca de la zona del fuego.
Cuando llegaron los bomberos, los vi y noté como se introdujeron en el
edificio. ¡Qué coraje!”, dijo y se le hinchó el pecho de orgullo y de envidia
sana; sus ojos se volvieron a poner brillosos, la emoción lo invadió por unos
segundos y se quedó reflexivo observando la puerta a mis espaldas que da a
Oroño, la cual está tapada con maderas por haber sufrido la onda expansiva
producto de la explosión.
Dicen que todo se
puede evitar menos las catástrofes naturales. “Si, pero no se evitó. Todo se
podría haber evitado”. De nuevo el silencio de los presentes se volvió a
sentir. El ambiente se colmó de reflexión, de pensamientos, recuerdos, imágenes
que volaron por todo el bar, fotos sacadas con la cámara de los ojos y que
están guardadas en el disco rígido de la memoria.
“No soy un hombre
de fe, no creo en el Padre Ignacio, pero sí creo en la justicia, no en sus
tiempos, pero apoyo las instituciones”, disparó como una de las últimas frases
que nos iba a regalar ese día. Ya agotado de tanto recordar, y otro poco de
sentir a flor de piel la angustia que lo invadió durante toda la entrevista,
nos brindó el título de la reflexión del accidente, el cual refleja claramente
su posición frente a la tragedia: “Veintiuna muertes insólitas”.
Este es el relato
de Daniel Giraudo, “el pájaro”, un rosarino de 55 años, que como tantos, voló
por las calles como una ráfaga de viento cálida para ayudar. Si el mundo sigue
girando, seguramente, es porque personas como él siguen naciendo en esta
sociedad contra cíclica. Su historia es nuestra historia. Es el capítulo más
duro y angustiante del libro que se escribe todos los días en Rosario. El
pájaro tiene su página: “Más vale buenos por conocer, que Malos Conocidos”.

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