“LA INDÚBITA MUERTE SE HIZO CARNE EN MI”
Por Ignacio
Pellizzón
CAPÍTULO 8
CAPÍTULO 8
No lo vi,
apareció de la nada, surgió como un fantasma en una película de terror. Mi
imaginación se puso en blanco, no cabía pensamiento alguno, todo era borroso e
indescifrable. Las imágenes pasaban a una velocidad despampanante, al punto tal
de que no podía reconocer los objetos. Solo sentí el frío, el ardor
indescriptible y ruidos que provenían de la nada, pero, al mismo tiempo, de
todos lados. Aprendí que en segundos la vida puede dejar de ser vida.
Siempre la
observé a la distancia, como un hecho lejano que ni por asomo se podría acercar
a mí. Como un ente abstracto que se hace carne en todos, excepto en nosotros, o
por lo menos, eso creía. Como ficción de la realidad que se atrevía a
asustarnos, solo sí fuéramos capaces de involucrarnos con aquel film que
estábamos viendo. Lo ajeno nunca nos es tan lejano.
Como pájaro que
planea hacia el suelo, o quizás mejor dicho, como avión que va a aterrizar y
sus pasajeros esperan el pequeño impacto pero sin saber cuándo llegará y
confían en aquel o aquella piloto que los dejará en tierra sanos y salvos, así
viajaba yo por el aire esos micro segundos o, tal vez, fueron segundos; esa
percepción la perdí hace mucho, más aún en ese instante. Nunca miré la aguja.
Siempre fui
atrevido, coqueteaba con ella, me le reía en la cara, la vulgarizaba, la
desvalorizaba, y no entendía la importancia o el temor que supone pensarla en
muchas cabezas. La mía siempre estuvo cuerdamente fuera de su lugar, como la de
todos los jóvenes que hacen locuras creyendo que no lo son, aunque en el fondo
de sus almas comprenden que lo rebelde de transgredir las reglas o “el orden
instaurado”, como solía decirme un amigo, acaricia lo colifato en muchas
oportunidades. La impunidad del perfume de la juventud soporta todo.
Siempre la quise,
la busqué, la encontré, pero no llegaba. Me esforcé, resigné de todo. El
objetivo estaba claro, tenía que ser mía, no cabía en otra persona. Ya me
imaginaba en esos días de calor agobiante yendo por la ruta, oliendo los aromas
del campo, de esas llanuras con dueños que me transportarían a sensaciones
únicas, que solo aquellos que compartimos el mismo sentimiento podrían
entender. Tardó, pero llegó. Ese día, fue igual al que todos viven cuando saben
que el objetivo está por cumplirse de manera inminente. El psicológico placer
de consumir.
Rojo, mi color
favorito, como mi equipo de fútbol, “contra la envidia” solía decir mi abuela.
Ese tono brillante que se luce en todos lados, que no pasa desapercibido, que logra
captar la atención de cualquiera que esté caminando pensando en sus problemas.
También, es el color de la sangre, algo que no tendría en cuenta hasta este
momento. Siempre comprendí el mensaje cuando me retaban mis viejos por alguna
travesura. Esta vez, no eran mis viejos, sino yo mismo.
Nunca lo usé,
aunque todos me decían que debía, que no sea “gil”, que es la parte más
importante del cuerpo la que te cuida. Sin embargo, no me gustaba, no veía
bien. En realidad, por dentro, quería que todos me observaran, que ella se
diera cuenta que era yo y no otro, sino yo, el “soñador”, aquel que la tenía
pegada hasta en la carpeta del secundario, recuerdo reciente si los hay, y que
el asombro no le permita ni hacerme un gesto. Como siempre, la idiotez de la combinación
entre las hormonas y la moda.
La disfruté lo
mismo que se tarda en despertar de un sueño, más que de un sueño de una
pesadilla que se volvió realidad, realidad que superó a la ficción o, por lo
menos, la igualó. Solo aquellos que vivieron una situación similar pueden tener
la capacidad imaginativa de recrear algo parecido. Yo no tuve ni la oportunidad
de contar mi experiencia, pero sí sabía las de los demás. Nunca me sirvió ser
testarudo.
Ya podía
presentirlo, estaba cerca, muy cerca, el frío se coló en mi mejilla izquierda,
el asfalto de noche, casi a la madrugada, está muy frío. Lentamente, el vuelo
iba llegando a su final, para darle paso a ese calor insoportable que se
produce entre la fricción de la piel y el cemento, esa fusión que no hay ropa
que lo soporte o proteja, el golpe hueco de la cabeza que se escucha como si
una paleta le pegara a la pelotita de ping pong, la conciencia que se esfuma,
se desvanece como el fantasma que había visto y que no se quedó hasta el final,
mi final.
La piel se
derretía como una masa que se estira, la sangre saliendo a borbotones por
lugares de mi cuerpo que no entendía o que la comprensión no llega a estudiar,
huesos que se quebraban como platos de plástico que se usaron y se doblan para
tirar, todo se volvió oscuro.
Dolor, ardor,
desesperanza, tristeza, bronca, fuerza, síntomas de supervivencia, cansancio,
relajación, debilidad, somnolencia, amnesia, luces de colores, pies que se
acercan, pasos cada vez más fuertes, voces, gritos, respiración, desvanecimiento
progresivo y un testimonio: “Pasó en rojo, como el color de la moto, lo
atropelló una camioneta que se dio a la fuga y salió disparado desde la esquina
hasta acá a mitad de cuadra”. Y finalmente, lo último que percibí en vida y
tiempo real: “Otra moto, traé la ambulancia rápido; sí tengo, ahora lo tapo”.

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