sss ROSBARING: GANAPANES ROSARINOS

martes, 28 de enero de 2014

GANAPANES ROSARINOS

“LA INDÚBITA MUERTE SE HIZO CARNE EN MI”



Por Ignacio Pellizzón 

CAPÍTULO 8

No lo vi, apareció de la nada, surgió como un fantasma en una película de terror. Mi imaginación se puso en blanco, no cabía pensamiento alguno, todo era borroso e indescifrable. Las imágenes pasaban a una velocidad despampanante, al punto tal de que no podía reconocer los objetos. Solo sentí el frío, el ardor indescriptible y ruidos que provenían de la nada, pero, al mismo tiempo, de todos lados. Aprendí que en segundos la vida puede dejar de ser vida.

Siempre la observé a la distancia, como un hecho lejano que ni por asomo se podría acercar a mí. Como un ente abstracto que se hace carne en todos, excepto en nosotros, o por lo menos, eso creía. Como ficción de la realidad que se atrevía a asustarnos, solo sí fuéramos capaces de involucrarnos con aquel film que estábamos viendo. Lo ajeno nunca nos es tan lejano.

Como pájaro que planea hacia el suelo, o quizás mejor dicho, como avión que va a aterrizar y sus pasajeros esperan el pequeño impacto pero sin saber cuándo llegará y confían en aquel o aquella piloto que los dejará en tierra sanos y salvos, así viajaba yo por el aire esos micro segundos o, tal vez, fueron segundos; esa percepción la perdí hace mucho, más aún en ese instante. Nunca miré la aguja.

Siempre fui atrevido, coqueteaba con ella, me le reía en la cara, la vulgarizaba, la desvalorizaba, y no entendía la importancia o el temor que supone pensarla en muchas cabezas. La mía siempre estuvo cuerdamente fuera de su lugar, como la de todos los jóvenes que hacen locuras creyendo que no lo son, aunque en el fondo de sus almas comprenden que lo rebelde de transgredir las reglas o “el orden instaurado”, como solía decirme un amigo, acaricia lo colifato en muchas oportunidades. La impunidad del perfume de la juventud soporta todo.

Siempre la quise, la busqué, la encontré, pero no llegaba. Me esforcé, resigné de todo. El objetivo estaba claro, tenía que ser mía, no cabía en otra persona. Ya me imaginaba en esos días de calor agobiante yendo por la ruta, oliendo los aromas del campo, de esas llanuras con dueños que me transportarían a sensaciones únicas, que solo aquellos que compartimos el mismo sentimiento podrían entender. Tardó, pero llegó. Ese día, fue igual al que todos viven cuando saben que el objetivo está por cumplirse de manera inminente. El psicológico placer de consumir.

Rojo, mi color favorito, como mi equipo de fútbol, “contra la envidia” solía decir mi abuela. Ese tono brillante que se luce en todos lados, que no pasa desapercibido, que logra captar la atención de cualquiera que esté caminando pensando en sus problemas. También, es el color de la sangre, algo que no tendría en cuenta hasta este momento. Siempre comprendí el mensaje cuando me retaban mis viejos por alguna travesura. Esta vez, no eran mis viejos, sino yo mismo.

Nunca lo usé, aunque todos me decían que debía, que no sea “gil”, que es la parte más importante del cuerpo la que te cuida. Sin embargo, no me gustaba, no veía bien. En realidad, por dentro, quería que todos me observaran, que ella se diera cuenta que era yo y no otro, sino yo, el “soñador”, aquel que la tenía pegada hasta en la carpeta del secundario, recuerdo reciente si los hay, y que el asombro no le permita ni hacerme un gesto. Como siempre, la idiotez de la combinación entre las hormonas y la moda.

La disfruté lo mismo que se tarda en despertar de un sueño, más que de un sueño de una pesadilla que se volvió realidad, realidad que superó a la ficción o, por lo menos, la igualó. Solo aquellos que vivieron una situación similar pueden tener la capacidad imaginativa de recrear algo parecido. Yo no tuve ni la oportunidad de contar mi experiencia, pero sí sabía las de los demás. Nunca me sirvió ser testarudo.

Ya podía presentirlo, estaba cerca, muy cerca, el frío se coló en mi mejilla izquierda, el asfalto de noche, casi a la madrugada, está muy frío. Lentamente, el vuelo iba llegando a su final, para darle paso a ese calor insoportable que se produce entre la fricción de la piel y el cemento, esa fusión que no hay ropa que lo soporte o proteja, el golpe hueco de la cabeza que se escucha como si una paleta le pegara a la pelotita de ping pong, la conciencia que se esfuma, se desvanece como el fantasma que había visto y que no se quedó hasta el final, mi final.

La piel se derretía como una masa que se estira, la sangre saliendo a borbotones por lugares de mi cuerpo que no entendía o que la comprensión no llega a estudiar, huesos que se quebraban como platos de plástico que se usaron y se doblan para tirar, todo se volvió oscuro.

Dolor, ardor, desesperanza, tristeza, bronca, fuerza, síntomas de supervivencia, cansancio, relajación, debilidad, somnolencia, amnesia, luces de colores, pies que se acercan, pasos cada vez más fuertes, voces, gritos, respiración, desvanecimiento progresivo y un testimonio: “Pasó en rojo, como el color de la moto, lo atropelló una camioneta que se dio a la fuga y salió disparado desde la esquina hasta acá a mitad de cuadra”. Y finalmente, lo último que percibí en vida y tiempo real: “Otra moto, traé la ambulancia rápido; sí tengo, ahora lo tapo”.


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