“BANDERA SECUESTRADA”
Dicen que las notas
reflejan el contexto social que acontece cuando la misma fue redactada. Es por
eso, que humildemente quiero dejar manifiesta la situación que se vive en estos
tiempos que corren más rápido que la luz.
Difícilmente se
haya atravesado un momento tan sangriento e inescrupuloso como el actual
(salvando la dictadura del 1976-1983), donde unos pocos, creyentes dueños de un
negocio espurio, convierten a nuestros hermanos en sicarios por algunos
papelitos de colores que son fruto de la venta del polvo blanco.
La ambición, el
poder, la codicia, la ignorancia, el hambre y las ganas de triunfar se
combinaron para formar soldados que defiendan la bandera de un mercado turbio y
no la de la patria, la que alguna vez, no hace mucho tiempo, supieron enaltecer
jóvenes indefensos en una isla olvidada por un país y utilizada vilmente para
reivindicar su estabilidad político militar.
En Rosario está
rodando cine de terror apto para todo público. No es necesario pagar una
entrada, no existe derecho de admisión, no se distingue sexo, religión, edad o
clases social. La película la pueden ver todos en cualquier esquina o barrio.
Solo hay que quitarse la venda.
Mientras vivir
solo cuesta más dinero, los sueldos se estancan al costado de la vida, el
negocio atrae cada vez más sirvientes destinados a sobrevivir en un mundo que
solo sabe aislar. Los sabios del poder continúan vanagloriando al “Dios dinero”
como fuente de progreso y felicidad, a costa del sufrimiento ajeno y, aunque no
se den cuenta, también propio.
“No hay
soluciones locales para problemas globales”, supo decir un funcionario y
candidato alguna vez. A las claras, se puede vislumbrar que la dirigencia
política lee el capítulo en el cual estamos inmersos como un libro triste que
al cerrarlo culmina. Juegan “un arco a arco” utilizándonos como pelota de
fútbol. Nuestros problemas son su manera de hacer política.
Llegaron sin que
nos diéramos cuenta, les abrimos la puerta, le hicimos una copia de la llave,
los hospedamos, los atendimos, les brindamos la mano de obra necesaria, les
allanamos el camino, los impulsamos a continuar y a expandirse. Hoy nos
quejamos.
“Quien no conoce
su historia está condenado a repetirla”, y quien cree que la historia de los
demás es ajena y nunca le tocará, también. Hoy somos parte de una problemática
de la cual siempre nos sentimos exentos.
Somos un país
rico pobre, los grandes gambeteadores de la ley, los precursores en la “viveza”.
El líder de la
religión católica es argentino, pero el de la misericordia no. Convivimos día a
día creyendo que somos los mejores en todo, excepto en resolver nuestros
problemas. Los desobedientes, evasores, mediocres, chantas, ventajeros, “vivos”,
especuladores, adinerados, “civilizados” son los que nos imponen las reglas a
nosotros: “los bárbaros”.
Somos presos en
nuestra ciudad (parafraseando una canción de Los Redondos), nuestra psicosis y
paranoia nos lleva a seguir manteniendo relaciones carnales con los campeones en
sacarnos sangre a borbotones. Como hipnotizados nos fuimos encerrando en una
celda sin fondo, sin final y cada vez más oscura.
Esta nota no
tiene ningún mensaje subliminal, ni moraleja. Simplemente tiene la intención de
dejar expuesto y reflejado un contexto social, político, económico y cultural.
Quizás, en cien años vuelva a ser leída como un período histórico que culminó
gracias a su pueblo o, tal vez, a que la cinta de la película dejó de rodar.

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