“LA FIRMA DESENCANTADA”
Por Ignacio Pellizzón
CAPÍTULO 5
CAPÍTULO 5
Hace un tiempo, no mucho, yo era chico. Era una etapa en
la que la imaginación se apoderaba de mí y de mis compañeros. Llenos de
ilusiones, inocencias y ganas de ser alguien a quien admirábamos. El mundo nos
parecía chico e íbamos en búsqueda de más, siempre un poco más, sin importar lo
que implicara.
La diversión pasaba por jugar a los penales en los
recreos con ¡una lata de gaseosa aplastada!, nada nos interesaba la
superficialidad estética de los tiempos modernos. La magia de esa latita nos
provocaba mucha adrenalina, competencia y nos estimulaba a recrear un estadio
repleto en donde nosotros éramos los protagonistas. Nunca la fantasía recobró
tanta realidad.
Por esos días, teníamos dos recreos. Cada uno era un
tiempo de partido. Todos queríamos ir al colegio al día siguiente para tener
revancha. Porque de lunes a viernes, cada día era un partido a parte. El
jogging, las zapatillas y una remera con el ícono de la institución. Las latas eran
pelotas profesionales que abundaban en los tachos de basura. Lejos de
menospreciarlas, las guardábamos para que nunca escaseen.
Por supuesto, siempre que terminaba un recreo entrábamos
al salón y nos ligábamos tremendos retos por lo transpirados que estábamos. Nos
caían gotas por las patillas. También, estaban aquellos que se mojaban el pelo
y se secaban como podían, pero no era suficiente para evitar que los vasos
sanguíneos continúen fluyendo a gran velocidad y provoquen más sudor. Ni hablar
de los que eran más precoces y transpiraban con olor. Todo el curso siempre los
marcaba. Nada de todo eso nos importaba.
No obstante, había un trofeo más glorioso que ganar el
partido y la coca, y eso que solíamos discutir con vehemencia y efervescencia.
Este trofeo, era particular, distinto, no sólo por lo irremplazable, sino por
difícil y duro que era conseguirlo: la firma de un jugador de fútbol.
Pero ¡ojo!, no cualquier jugador, sino de aquellos que en
la cancha volaban como pájaros, que tenían las piernas más rápidas que la
vista, que se escabullían entre varios rivales y salían airosos del embrollo e
hilvanaban una jugada digna de fotografiar y guardar en la memoria. No tiene
sentido que nombre a los que me refiero, ya que no quiero invadir sus recuerdos
con mi subjetividad querido/a lector/a, pero usted bien sabe de cuáles me
refiero. Por supuesto, eran bien de acá.
Esa firma y la historia de cómo se consiguió, era más
importante que el partido con los de quinto grado (cotejo duro si los había,
porque eran más grandes en todo). Tener una de aquel ídolo, realmente no tenía
precio. Nos reuníamos todos en el recreo a ver cómo era. El dueño de la misma,
se transformaba en un vocero al que todos escuchábamos con especial atención,
casi como si fuera un nuevo rey que asume a su trono.
Por lo general, había tres categorías jerárquicas en
donde se firmaba: la primera y más relevante era la camiseta de fútbol, en la
que se iban acumulando la de todas aquellas estrellas que nos dejaban
suspirando. Esa camiseta, una vez llena y repleta de marcas únicas que dejaban
nuestros “héroes” terminaba encuadrada y colgada en la habitación como un
título que costó añares de esfuerzo y sacrificio.
La segunda, con menos valor por el poco espacio físico
que conlleva, era la pelota. Esta, no sólo no se utilizaba jamás, sino que se
desinflaba y se dejaba reposar en un estante del cuarto. Se encuentra segunda,
ya que con el paso del tiempo las firmas se van borrando un poco, además de que
no hay mucho espacio para dedicaciones y su contextura complica al autor que
realice un trazo bien definido.
La tercera y última en el ranking, es la hoja de papel, o
mejor dicho, el trozo de papel que uno tenía a mano y en el que solo cabía una
o dos firmas (delante y detrás). No solamente el papel no tenía ningún
significado importante para sus dueños, sino que denotaba el apuro del jugador
que firmaba, ya que si plasman su sello en una hojita cortada implica que uno
tampoco fue preparado para dicha situación, por lo que se aludía a un hecho
fortuito más que a una actitud valiente de ir en búsqueda de tal o cual
jugador.
Con el paso del tiempo, todos fuimos creciendo, madurando
y abriéndonos camino en la vida por distintas vías. Claro que cada uno de
nosotros conserva aquellas firmas o “trofeos” que supimos presentar en algunos
recreos, obteniendo nuestros 15 minutos de fama. La nostalgia es una sensación
que nos sacude cuando las volvemos a ver en soledad en nuestras habitaciones.
Inversamente proporcional a nuestro progreso social el
fútbol fue decreciendo en cuanto a su calidad en su máxima expresión. Los
teóricos de la disciplina comenzaron a hacer más hincapié en el esfuerzo físico
que en la trasgresión de las reglas de animarse a más (con los riesgos que
implica). Al mismo tiempo, la revolución tecnológica fue acrecentándose e
incorporándose más en nuestra sociedad generando que los lazos humanos se vean
afectados por la dicotomía entre lo real y lo virtual.
No se trata de que, hoy en día, los jugadores ya no
brindan un espectáculo digno de pagar una entrada, sino que la visón del juego
se reduce al resultado o a la cantidad de público que lleva el equipo local o
visitante, perdiendo, cada vez más, la mística que rodeaba a este juego único
por lo impredecible que es.
Esta situación no solo alteró la forma de entretenimiento
de los más chicos que, mediante los nuevos videojuegos que salen al mercado,
prefieren encerrarse y divertirse en red antes que ensuciarse la ropa tirándose
al barro por recuperar una pelota en medio de un partido, sino que, además, llevó
a cambiar la mirada de los ídolos o “héroes” –como solíamos llamarlos nosotros-
y traspasar dicho mote a los personajes desagradables que se ubican todos los
partidos, de local o visitante, en un mismo sector de la tribuna demostrando
que querer o ser hincha de un club es batirse a duelo en una guerra contra los
demás.
No creo en el dicho: “Todo tiempo pasado fue mejor”,
porque eso implicaría que el “hoy” será mejor que el “mañana”, lo que significaría caer en un simplismo irrelevante y falto de argumentos. No obstante,
sería más que interesante caminar por la calle y sentir esa nostalgia, que muchos
de nosotros tenemos guardada y que únicamente la recobramos al observar los
“trofeos” en nuestra habitación, al ver una latita de gaseosa aplastada
alrededor de unos chicos dejando el alma por ganar, quizás, el partido de sus
vidas y compartir una gaseosa al final o el “trofeo”. Ese “trofeo” que no
comprende de dinero ni de negocios pero sí de la esencia de la amistad y
compartir.
Siempre va a haber una pelota de lata aplastada en algún
cesto de basura o en la calle, con la diferencia que ahora nuestra pedantería
nos lleva a reconocerla como parte de la basura y no como el objeto que nos
supo llenar de adrenalina en cada recreo.

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