sss ROSBARING: GANAPANES ROSARINOS

lunes, 30 de diciembre de 2013

GANAPANES ROSARINOS


“LA FIRMA DESENCANTADA”



Por Ignacio Pellizzón 

CAPÍTULO 5


Hace un tiempo, no mucho, yo era chico. Era una etapa en la que la imaginación se apoderaba de mí y de mis compañeros. Llenos de ilusiones, inocencias y ganas de ser alguien a quien admirábamos. El mundo nos parecía chico e íbamos en búsqueda de más, siempre un poco más, sin importar lo que implicara.

La diversión pasaba por jugar a los penales en los recreos con ¡una lata de gaseosa aplastada!, nada nos interesaba la superficialidad estética de los tiempos modernos. La magia de esa latita nos provocaba mucha adrenalina, competencia y nos estimulaba a recrear un estadio repleto en donde nosotros éramos los protagonistas. Nunca la fantasía recobró tanta realidad.

Por esos días, teníamos dos recreos. Cada uno era un tiempo de partido. Todos queríamos ir al colegio al día siguiente para tener revancha. Porque de lunes a viernes, cada día era un partido a parte. El jogging, las zapatillas y una remera con el ícono de la institución. Las latas eran pelotas profesionales que abundaban en los tachos de basura. Lejos de menospreciarlas, las guardábamos para que nunca escaseen.

Por supuesto, siempre que terminaba un recreo entrábamos al salón y nos ligábamos tremendos retos por lo transpirados que estábamos. Nos caían gotas por las patillas. También, estaban aquellos que se mojaban el pelo y se secaban como podían, pero no era suficiente para evitar que los vasos sanguíneos continúen fluyendo a gran velocidad y provoquen más sudor. Ni hablar de los que eran más precoces y transpiraban con olor. Todo el curso siempre los marcaba. Nada de todo eso nos importaba.

No obstante, había un trofeo más glorioso que ganar el partido y la coca, y eso que solíamos discutir con vehemencia y efervescencia. Este trofeo, era particular, distinto, no sólo por lo irremplazable, sino por difícil y duro que era conseguirlo: la firma de un jugador de fútbol.

Pero ¡ojo!, no cualquier jugador, sino de aquellos que en la cancha volaban como pájaros, que tenían las piernas más rápidas que la vista, que se escabullían entre varios rivales y salían airosos del embrollo e hilvanaban una jugada digna de fotografiar y guardar en la memoria. No tiene sentido que nombre a los que me refiero, ya que no quiero invadir sus recuerdos con mi subjetividad querido/a lector/a, pero usted bien sabe de cuáles me refiero. Por supuesto, eran bien de acá.

Esa firma y la historia de cómo se consiguió, era más importante que el partido con los de quinto grado (cotejo duro si los había, porque eran más grandes en todo). Tener una de aquel ídolo, realmente no tenía precio. Nos reuníamos todos en el recreo a ver cómo era. El dueño de la misma, se transformaba en un vocero al que todos escuchábamos con especial atención, casi como si fuera un nuevo rey que asume a su trono.

Por lo general, había tres categorías jerárquicas en donde se firmaba: la primera y más relevante era la camiseta de fútbol, en la que se iban acumulando la de todas aquellas estrellas que nos dejaban suspirando. Esa camiseta, una vez llena y repleta de marcas únicas que dejaban nuestros “héroes” terminaba encuadrada y colgada en la habitación como un título que costó añares de esfuerzo y sacrificio.

La segunda, con menos valor por el poco espacio físico que conlleva, era la pelota. Esta, no sólo no se utilizaba jamás, sino que se desinflaba y se dejaba reposar en un estante del cuarto. Se encuentra segunda, ya que con el paso del tiempo las firmas se van borrando un poco, además de que no hay mucho espacio para dedicaciones y su contextura complica al autor que realice un trazo bien definido.

La tercera y última en el ranking, es la hoja de papel, o mejor dicho, el trozo de papel que uno tenía a mano y en el que solo cabía una o dos firmas (delante y detrás). No solamente el papel no tenía ningún significado importante para sus dueños, sino que denotaba el apuro del jugador que firmaba, ya que si plasman su sello en una hojita cortada implica que uno tampoco fue preparado para dicha situación, por lo que se aludía a un hecho fortuito más que a una actitud valiente de ir en búsqueda de tal o cual jugador.

Con el paso del tiempo, todos fuimos creciendo, madurando y abriéndonos camino en la vida por distintas vías. Claro que cada uno de nosotros conserva aquellas firmas o “trofeos” que supimos presentar en algunos recreos, obteniendo nuestros 15 minutos de fama. La nostalgia es una sensación que nos sacude cuando las volvemos a ver en soledad en nuestras habitaciones.

Inversamente proporcional a nuestro progreso social el fútbol fue decreciendo en cuanto a su calidad en su máxima expresión. Los teóricos de la disciplina comenzaron a hacer más hincapié en el esfuerzo físico que en la trasgresión de las reglas de animarse a más (con los riesgos que implica). Al mismo tiempo, la revolución tecnológica fue acrecentándose e incorporándose más en nuestra sociedad generando que los lazos humanos se vean afectados por la dicotomía entre lo real y lo virtual.

No se trata de que, hoy en día, los jugadores ya no brindan un espectáculo digno de pagar una entrada, sino que la visón del juego se reduce al resultado o a la cantidad de público que lleva el equipo local o visitante, perdiendo, cada vez más, la mística que rodeaba a este juego único por lo impredecible que es.

Esta situación no solo alteró la forma de entretenimiento de los más chicos que, mediante los nuevos videojuegos que salen al mercado, prefieren encerrarse y divertirse en red antes que ensuciarse la ropa tirándose al barro por recuperar una pelota en medio de un partido, sino que, además, llevó a cambiar la mirada de los ídolos o “héroes” –como solíamos llamarlos nosotros- y traspasar dicho mote a los personajes desagradables que se ubican todos los partidos, de local o visitante, en un mismo sector de la tribuna demostrando que querer o ser hincha de un club es batirse a duelo en una guerra contra los demás.

No creo en el dicho: “Todo tiempo pasado fue mejor”, porque eso implicaría que el “hoy” será mejor que el “mañana”, lo que significaría caer en un simplismo irrelevante y falto de argumentos. No obstante, sería más que interesante caminar por la calle y sentir esa nostalgia, que muchos de nosotros tenemos guardada y que únicamente la recobramos al observar los “trofeos” en nuestra habitación, al ver una latita de gaseosa aplastada alrededor de unos chicos dejando el alma por ganar, quizás, el partido de sus vidas y compartir una gaseosa al final o el “trofeo”. Ese “trofeo” que no comprende de dinero ni de negocios pero sí de la esencia de la amistad y compartir.


Siempre va a haber una pelota de lata aplastada en algún cesto de basura o en la calle, con la diferencia que ahora nuestra pedantería nos lleva a reconocerla como parte de la basura y no como el objeto que nos supo llenar de adrenalina en cada recreo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario