“JUGUETES
DE PLÁSTICO”
Los juguetes de plástico usted querido/a
lector/a, los conoce muy bien.
Se trata de seres diferentes, distintos
(es lo que intentan), pero lo único que logran es llamar la atención en reuniones
sociales o en lugares o situaciones de mucha concurrencia. No es simplemente su
vestimenta de “moda” o, tal vez, “su moda”, esa que resalta en todos lados, que
parece que marcaran tendencia, pero en realidad sólo “ellos” son los
interesados en vestirla.
No se diferencian según su sexo, aunque
hace un tiempo, eran solamente “ellas” las que incursionaban en esta tendencia,
pero con el correr de los años y el aggiornamiento a los “tiempos modernos”,
también se incluyeron “ellos”, que nada tienen que ver con “ellos” de todos los
hombres, sino de “ellos”, de esa pequeña masa social que tienen conductas
previsibles; que uno sabe donde los puede encontrar o con quiénes se juntan.
Tanto “ellos” como “ellas”, suelen
realizar las mismas actividades, al punto de mimetizarse los uno con los otros.
Le voy a dar un claro ejemplo querido/a
lector/a para que usted comprenda de qué le estoy hablando y, de esta manera,
comprenderá que se trata de personas con las que uno se codea seguido, a veces
por “conocidos” otras veces por el mínimo accidente de tropezarse delante de él/ella.
Pongamos un lugar en el cual seguro nos encontramos con algunos. La plaza
Pringles, ubicada en la calle Córdoba entre Pte. Roca y Paraguay, es un típico
espacio, concurrido cotidianamente, y posee la fama de ser una de las zonas TOP
de la ciudad. Es por eso, que “ellos” van allí a estrenar sus nuevos atributos,
sus nuevos accesorios con logos enormes que parecen marcas caminantes, peinados
de “última”, y cuerpos esbeltos similares a los de las publicidades, tan
parecidos que si me preguntaran diría que salieron de las mismas creativas,
pero no pretendo sugerir nada.
Posiblemente, un rasgo muy
característico que los eleva sobre el resto, pero sin la connotación positiva
que puede tener el término, es su mirada. Es de aquellas que a uno le penetran
el cerebro cuando entra en una fiesta a la cual no fue invitado y todos los
presentes se conocen entre sí, y se percatan que usted no es ni familiar,
amigo, novio/a, conocido de nadie. Créame, que se trata de una flecha que tiene
GPS y lo persigue por unos cuantos metros, cual extraño camina por un pequeño
pueblo.
Por lo general, suelen hacer carrera. Se
inician de jovencitos, transformándose en títeres de los explotadores de un
mercado nocturno. Con varias tarjetas de diversos colores y tamaños se posicionan
en puntos estratégicos y, sí solo sí, uno les ha sido redituable podrá tener
acceso a esa tarjeta dorada que vale tanto por no costar nada, pero escasea
como el agua en el norte argentino y que se pronuncia en inglés, como si no se
pudiera pronunciar la tan compleja y destructiva palabra “gratis”. Ojo es simplemente un ejemplo. Las excepciones existen y son muchas.
Le prometo que en cualquier reunión de
“ellos” a las que asista se dará cuenta que no se trata de un grupo de
individuos que vayan a cambiar el mundo o proteger al más perjudicado del
sistema, sólo tratan de salvarse entre sí. Buscan ser “líderes” para
desquitarse con otros títeres que, al igual que “ellos”, pretenden iniciar la
carrera, ganarse esa fama infame. Un títere no puede manejar otros títeres,
porque el primero no actúa por propia voluntad, por ende en el péndulo solo una
bolilla es la que golpea para que se mueva el resto al unísono.
Querido/a lector/a, verá que usted
comparte la misma sociedad con “ellos”,
convivimos con sus ambiciones, su holgazanería, su ley del mínimo
esfuerzo, su “glamour”, su popularidad. Todos en algún momento pensamos en que
“ellos” eran “ellos” por el don que la vida les brindó, aunque por dentro haya
más desgracia y desazón que plenitud espiritual.
Su máximo rival es el tiempo, el paso de
éste, el ciclo de la vida, la regla natural con la que aceptamos venir a este
mundo.
Esta ley tácita, de la cual el
titiritero se basa para ofrecer una enorme variedad de productos que oculten lo
inocultable, es decir, que el resto de los mortales no podamos distinguir el
iceberg que se encuentra debajo de su piel. Juntos con los fierros que los van
moldeando para convertirlos en “Barbies” o “Kens”, creyendo que esa condición
es la más requerida y respetable por la sociedad; y que, además, son sujetos a
ser admirados, porque como “ellos” no hay muchos y, en ese sentido, deben tomar
la difícil tarea de discernir con quiénes deben rodearse para mantener dicho
status.
En serio que no es por envidia, ni por
no haber “llegado a primera”, tampoco es por desprecio o menosprecio y, mucho
menos, pretendo discriminarlos o introducirlos dentro de un ghetto, para nada
querido/a lector/a, en absoluto esa no es mi intención. Solo debo advertirle/a.
Al igual que Superman o Batman, o
cualquier otro superhéroe que se le ocurra, ninguno, pero sin titubear ni
tartamudear, ninguno mantiene su condición de justiciero/a todo el día, todo el
tiempo, en todos lados. Al igual que ustedes y yo, el uniforme, la camisa, la
corbata, la pollera, los zapatos, el casco, cualquier indumentaria de trabajo,
es exactamente la misma que usan “ellos” y “nosotros”.
Al fin y al cabo, detrás
de un escritorio y sentados frente a una computadora, todos somos ganapanes,
aunque algunos pretendan hacernos creer que son más. Todavía estamos los que
preferimos ser antes que parecer ser como “ellos”.
Pobres, tarea titánica si las hay la de
mantener un perfil inventado.
No se engañe querido/a lector/a, tras la
caída del sol, ese mismo que nos alumbra a todos por igual, la luna se apodera
del cielo y, con ella, también los mismos temores, sueños, fantasías, alegrías
y tristezas que nos persiguen en nuestros sueños.
Lo mismo le pasa a “ellos”,
recuerdan que viven en este mundo perfectamente imperfecto y que son tan
humanos como “nosotros”, aunque les guste jugar a ser manipulados como juguetes
de plástico.

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