“EL VENDEDOR INVISIBLE”
Por Ignacio Pellizzón
CAPÍTULO 1
CAPÍTULO 1
Se la pasa de bondi en bondi, exponiéndose frente a un grupo de personas que no conoce, que nunca vio. Se entrega de cuerpo entero a sus miradas críticas, desinteresadas, angustiantes. Aferrado al terror que implica la visión del “otro”. Lleva consigo un sueño apretado en un puño que lo acompaña a donde vaya.
Imponiendo
su voz sobre la de los demás, buscando el mínimo respeto que el sistema no le
brinda. Mirando sin ver, comienza su discurso, que lo lleva encarnado como la
piel. Siempre es el mismo, esperando un final distinto en cada parada.
Soportando la desvalorización del silencio que se apodera del bondi:
-¡Señoras
y señores!-
-Me
presento frente a ustedes como Carlos Guzmán, un padre de dos hijos que no
tiene trabajo y que sufre de HIV – SIDA-
-No
busco sus limosnas ni dar pena. Solo vengo a contarles mi historia, ofrecerles
mi corazón y esta tarjetita, que es el sustento de mi familia-
-Mi
esposa falleció hace cinco años por la misma enfermedad que padezco. Mis hijos
también la sufren. Producto de mi condición de enfermo nadie me quiere dar
trabajo por temor. Me discriminan y sólo me queda subir a este colectivo con mi
corazón en la mano para entregarles esta tarjetita donde se detalla de qué se
trata el VIH-SIDA, cómo se puede contagiar, evitar y, también, tratar (AUNQUE
NO EXPLICITA CUÁNTO DINERO CUESTA)-
-Para
no molestarlos más y dejarlos disfrutar de su viaje en paz, voy a pasar
despacio hasta el final del colectivo dispuesto a entregarles una tarjetita a
todos, la cual tiene el precio que ustedes dispongan-
-¡Muchas
gracias por su atención!
Pocos
fueron los que lo observaron, otros le mostraron la peor cara de la
indiferencia, algunos con sus auriculares hicieron uso de la palabra:
irrespetuoso, los del fondo que casi no lo escucharon siguieron conversando por
celular y entre ellos. Al bajarse del colectivo, cuenta su dinero y da un total
de $7, 75 y tres caramelos.
Pareciera
que nuestra solidaridad se esfumara cada vez que vemos a uno de ellos hablando,
contando su historia. Nuestro individualismo y el “a mí nunca me va a suceder”
nos transforman en los seres más despreciables.
Con
el sutil y suave movimiento de cabeza hacia la derecha e izquierda y abriendo
las manos como pidiendo disculpas, nos deshacemos de un hombre que subió a
contar su historia con el corazón a flor de piel, como si una vez que se
bajara, el sufrimiento terminaría y nos sintiéramos buenas personas.
Al
descender del colectivo, Carlos se sube al próximo que le sigue detrás. Le pide
permiso al chofer para comenzar su discurso, otra vez, el mismo, el de siempre,
el que genera que la gente le de vuelta la cara, que no lo escuchen, que se
bajen en la siguiente esquina por temor, temor a la desinformación e ignorancia
con la que cuentan. Otra vez, un grupo de personas que lo miran pero no lo ven.
Hay
algunos, que son los peores, aquellos que sacan enseguida cualquier moneda,
papel, golosina o porquería que tengan encima para dársela de inmediato y que
ni siquiera los roce, los mire, porque el asco y el miedo que les da “Carlos,
el extraño” es insoportable. Se trata de los monstruos más despreciables que el
sistema y la misma sociedad creó. No son honestos con su condición.
Está
claro que sus problemas (los de Carlos), no se solucionarán con uno, diez,
cincuenta, o cien pesos que pueda recaudar en un bondi, tampoco espera que
alguien lo pare y le diga:
-Me
conmueve mucho su historia. Quiero hacerme cargo de darle un trabajo digno para
que pueda ayudar a sus chiquitos-
Tampoco,
se trata de que lo miren con lástima, se apiaden de su alma y le pongan cara de
“lo siento mucho”, porque ese “lo siento mucho” implica: “no es mi problema,
menos mal que no me sucede ni a mí ni a mi familia”, es, inclusive, arrogante.
Solo
busca contar su historia, como la de tantos otros. Pretende que lo escuchen,
que sostengan su dolor por un momento, que no revoleen su corazón. Quiere que
lo acepten, porque él es nosotros y nosotros somos él. No nació en una jungla
aislada, proviene del fruto de la misma sociedad en la que vivimos y
convivimos.
Comprenda
señor/a pasajero/a, que no es un vendedor y no está vendiendo nada. Solamente,
dice a gritos quien es.
Carlos
Guzmán, quizás, pase el resto de su vida sin pena ni gloria, pero alguien lo
recordará y llorará el día de su muerte,
porque no fue invisible, aunque ni rastros queden de él cuando se baje en la
próxima parada.

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