“MEA
CULPA”
Por Ignacio
Pellizzón
CAPÍTULO 4
CAPÍTULO 4
Negar lo que he
hecho, sería negar mi naturaleza humana. Constantemente somos dañinos los unos
con los otros. Algunas veces porque se nos atraviesan esos aires de
superioridad y otras por razones que ni la propia razón comprende. Los seres humanos
somos complejos frente a determinaciones sencillas.
Vivimos en un
mundo bajo un régimen que nos convierte en individualistas, irrespetuosos y
egocéntricos. El centro de nuestro ombligo es lo único que importa. Todo lo que
hacemos o dejamos de hacer tiene íntima relación con la satisfacción de nuestro
“ello”, de manera consciente o inconsciente.
Se dará cuenta
querido/a lector/a que en nuestra práctica habitual como ciudadanos, somos muy
poco conciudadanos con el prójimo. Nos caracterizamos por ser odiosos,
ventajeros, chicaneros, aduladores, discriminadores, mofadores, pedantes. Por
eso, aprovecho esta nota para disculparme con usted.
Lamento haberme
creído más decente y educado, y ningunearlo como si no existiera, cual ráfaga
de viento que pasa desapercibida y ni logra hacerme pestañar. Ese trato
menospreciable que sin decir nada lo dice todo, con esa mirada digna de
dictadores nazis que irradiaban odio por sus pupilas, con prejuicios faltos de
fundamentos y argumentos válidos. Indigno de mi parte no tenderle una mano para
que salga de ese conteiner de basura e invitarlo a cenar conmigo, como si no
tuviera un pedazo de pollo y arroz para ofrecerle.
Avergonzado de
redireccionar mí rumbo. Creerlo un ser monstruoso, capaz de cometer los delitos
más desgraciados de este planeta. Recorrer mi imaginación con los futuros
sucesos que jamás sucederán. Sentir que su medio de transporte es un caballo de
guerra que viene directo a quemar mi choza, mis pertenencias, mis sueños, mis
deseos. Indigno de mi parte no verlo como un compatriota más que debe recorrer
las calles de esta sucia ciudad que deja lo desechable como si fuera lo que a
usted le corresponde al bajarse de su carro.
Como describir mi
actitud repudiable de bajar la mirada al pasar por su morada, la que usted
construyó sin que nadie le regale nada, a fuerza de sudor y persistencia. La
esquivo de modo tal que significara que la luna y el sol no nos alumbraran a
ambos por igual. Casi como si se tratara de una posada hechizada que algún
inmigrante ilegal expropió, despojando a una familia de sus aposentos. Indigno
de mi parte repudiarlo por interponerse en mi visión y mi consciencia, al ser
yo el extranjero en su barrio.
Imperdonable mi
zonza actitud de interpretarlo como un perro callejero que viene a oler elegante
cena en las puertas de la mansión de las comidas. De buscar los huesos más
secos y fríos como mi alma para entregárselos en bandeja como si fuera alguien benévolo
que se compadece con usted que, quizás, no conoce lo que es una cena o cuatro
comidas al día. Indigno de mi parte ser tan cruel con una persona que tiene los
mismos sentidos que yo, los mismos Derechos, que provenimos de otros humanos.
No le puedo pedir
que comprenda lo incomprensible e injustificable de mis actitudes, lo desalmado
que soy de entregarle lo descartable como si se trataran de materiales que
dejaron de cumplir su función, pero que usted los recibiría como un cardumen al
que le tiran mera migajas de pan.
Jamás le podría
exigir que interprete mis actitudes y acciones, pero entienda que en este mundo
los faltos de educación, dignidad y compasión solidaria por el prójimo somos
nosotros, los seres superiores repletos de conocimientos y valores que vinimos
a la vida a cambiar el mundo para convertirlo en un lugar mejor.
Distinga que
usted hace lo que puede con lo poco que tiene y que el sistema le brinda,
mientras que nosotros “los mejores”, pasaremos sin penas ni glorias derrochando
lo único que tenemos, al fin y al cabo, nuestra oportunidad de ser dignamente
humanos.

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