El mundo
está repleto de personas, cada una con una historia particular, muchas
similares entre sí, pero distintas a la vez, no hay dos historias iguales. Sin
embargo, hay personas que entran en la de muchos de nosotros directa o
indirectamente. Es por eso, que somos seres sociables que necesitamos vivir en
comunidad, porque es nuestra forma natural de sobrevivir, y de ayudarnos
mutuamente, de alguna manera, a vivir. Esta es la historia de un ser que
comprendió el mensaje real de “solidarizarse”, convirtiéndose en una pequeña
parte de muchas historias sobre una misma.
El martes 6 de agosto, Daniel Giraudo estuvo en el lugar y el momento de la tragedia más importante de Rosario. Fue un espectador de lujo del hecho más triste que la ciudad abrazada por el río Paraná haya vivido jamás. Muchos, por lo inesperado, insólito, se quedaron perplejos sin siquiera poder pestañar. Sin embargo, el “pájaro”, desconocido y perdido en medio de gritos, llantos, dolores, desconciertos, actuó.
Muchos de nosotros tenemos apodos. “Si me preguntás por qué me dicen pájaro, es porque era chiquitito físicamente y mi mamá me decía pájaro, pajarito”, explicó mientras se sonreía con un poco de pudor.
Con un arito
en cada oreja, que me miraban como si fueran dos trofeos que se ganó en la
calle, comenzó a contar sobre la historia de su vida, destellos de un pasado
que, no sé si fue mejor, pero del que no se arrepiente y eso es mucho.
El bar Malos
Conocidos, ubicado en Salta y Oroño, y lugar donde teníamos la entrevista,
emula lo que supo ser un viejo cafetín, con diseño y decoración moderna, que
invita a tomar un cafecito al paso. Es un lugar muy cómodo, que tiene la vista
privilegiada de la ausencia del edificio que ya no está y de la cual pocos se
percataron. Sin dudas, el pájaro se sentía cómodo y amparado por sus amigos y
vecinos afectados que lo miran con admiración, cual niño a un superhéroe.
Con un look moderno, ropa informal con estilo y algunas canas, que denotan su experiencia en el largo o corto camino de la vida, contó que es un rosarino de pura cepa, ciudad que lo vio nacer y lo mira andar. “En la primaria estudié en la escuela Richieri y la secundaria en Comercial Belgrano. Luego, estudié medicina y me recibí de médico endocrinólogo aunque no ejerzo desde hace un tiempo”. Ahora, dedica la mayor parte de su tiempo a trabajar con un amigo en consignación de hacienda.
Como en un partido de fútbol, donde uno recibe golpes, moretones, en la vida hay personas que también nos marcan, muchas para bien otras, quizás, no tanto. Son marcas que llevamos con nosotros siempre. “Sí, mi vieja fue una tipa influyente, porque siempre tuvo una mentalidad muy amplia. Y también un ex dirigente de Newell´s, Armando Botti, alguien con quien estuve muy vinculado y me dejó algunas marcas”, detalló con una mirada transparente y con la vista puesta en los recuerdos de su pasado. Sin dudas, se trata de una persona sensible y frágil, aunque su caparazón es duro como una roca.
“Mirá, yo
siempre fui solidario, porque estuve dispuesto a dar, pero creo que lo real de
la solidaridad lo aprendí después: es dar sin esperar nada a cambio. Por lo
general, yo lo sufrí, y es que poco lo que vuelve”, dijo sin hacer uso de falsa
modestia. El tono de su voz reflejaba lo seguro que estaba de lo que contaba.
Le creí.
“No, es más
fácil que nunca ser solidario hoy en día. A la inversa, la sociedad, en lo
económico, está muchísimo mejor y ser solidario es mucho más sencillo que
antes. Pero, me da la impresión de que la sociedad está atada a una
necesidad de consumo tan grande que nunca lo que tiene es suficiente, entonces
menos le alcanza para dar”.
“Yo viví la
tragedia de la dictadura también, y hay muchos actos que me marcaron muchísimo.
Me acuerdo de un accidente en donde un departamento, que se ubicaba en Balcarce
entre Santa Fé y Córdoba, fue bombardeado por las gloriosas Fuerzas Armadas
desde Oroño, lo que llevó a que tiren un bebé envuelto en una sábana para
que se salve, y cuyo padres posteriormente murieron”. Sin embargo, sabe que no
se compara con lo vivido el 6 de agosto de 2013, fecha que quedará marcada en
la memoria de Rosario, como ciudad y pueblo.
Hay lugares
que uno siente que le pertenecen, que los adopta y los malcría, que los
involucra en cualquier conversación como si fueran parte de su familia. “Habrán
abierto el bar hace 5 o 6 años, y de entrada nos hicimos de un grupo de amigos
mixtos. Acá viene gente de todos lados y todas las edades. Es un bar bien de
clase media, entonces uno se siente cómodo. Yo lo elegí por la proximidad con
el banco y me sentí bien y me quedé”.
“Me estaba
parando para irme, porque me di cuenta que pasaba algo. Yo estaba en una mesa
al fondo cerca de la barra, al lado del dueño y, hacía 15 minutos que había
entrado y no había aroma a gas, pero de golpe surgió un olor muy fuerte y
cuando pensé que se estaba yendo, me paré para cerrar la notebook y se produjo
la explosión. Ni a Pablo Escobar le hubiera dado el tupé de realizar una
explosión semejante”, dijo con voz entrecortada, con dolor, con angustia, con
el sentimiento latente.
“Jamás pensé que algo así iba a suceder. Uno no está esperando una bomba. Es un hecho fortuito. Sí, me acuerdo de dos hombres que salieron corriendo y lograron parar los autos que venían por Oroño y evitaron que doblaran. Después todo fue muy duro, el fuego era muy intenso. De hecho, me quise acercar y no me dio el cuero. Llegaron los bomberos y los tipos tienen otra formación, se metieron y trabajaron”.
“Jamás pensé que algo así iba a suceder. Uno no está esperando una bomba. Es un hecho fortuito. Sí, me acuerdo de dos hombres que salieron corriendo y lograron parar los autos que venían por Oroño y evitaron que doblaran. Después todo fue muy duro, el fuego era muy intenso. De hecho, me quise acercar y no me dio el cuero. Llegaron los bomberos y los tipos tienen otra formación, se metieron y trabajaron”.
No se
pudieron decir adiós. “yo tenía un sobrino, el hijo de mi prima que estaba
vinculado a mí, porque le gustaba salir a los mismos lugares, éramos los dos
hinchas de Newell’s, teníamos una relación más de amigos que de familiares. Ese
día, justo, entraba un poco más tarde a su trabajo y le tocó quedarse ahí”,
relató con el escudo de inmunidad activado.
Como cuando
uno está siendo asaltado y no sabe cómo reaccionar, muchos petrificados por el
medio, otros corriendo, “Lo primero que hice fue atender dos chicas que estaban
en frente y tenían tanto miedo como yo, pero que habían tenido algunos cortes
en el cuero cabelludo, y en el apuro simplemente le hice una compresión para
frenar la hemorragia”.
“Nos dimos
cuenta que, si bien la Municipalidad y los servicios de emergencia estaban
cubriendo muy bien lo que fue el desastre en sí, había mucha más demanda de lo
que se podía atender. Empezamos colaborando y nos dimos cuenta que de poco
servía brindar una cena, porque los turnos de los chicos, como los bomberos,
rescatistas y demás, rotaban en horarios mucho más cortos y salían. Así fue que
pensamos en suspender lo que era comida preparada y comenzamos a comprar
comidas tales como pizza, hamburguesas, panchos, de modo que tuvieran algo
caliente en el momento que ellos lo necesitaran”.
La charla acaparó la atención de todos los que estaban en el bar, trataban de no hablar para escuchar, el silencio sonaba con más fuerza. Es que se trata de una persona especial que uno no encuentra todos los días. Las agujas del reloj se paralizaron en las 10:30 de esa mañana de lunes. Escucharlo tenía tanto sentido, que ni el tiempo se dio cuenta de que tenía que seguir corriendo.
La charla acaparó la atención de todos los que estaban en el bar, trataban de no hablar para escuchar, el silencio sonaba con más fuerza. Es que se trata de una persona especial que uno no encuentra todos los días. Las agujas del reloj se paralizaron en las 10:30 de esa mañana de lunes. Escucharlo tenía tanto sentido, que ni el tiempo se dio cuenta de que tenía que seguir corriendo.
“A mí la
explosión me causó unas sensación dura, desde el punto de vista psicológico y,
aún hoy, me cuesta superarlo. Yo en todo momento pensé que los que estaban
abajo estaban vivos, porque yo soy muy positivo y creía en que había que ayudar
a los que estaba ayudando, aunque las cosas no salieron como uno esperaba. La
única respuesta que cabe, es porque correspondía hacerlo, nada más”.
“Si
solidaridad depende de dar mucho de lo que se tiene, únicamente actuaron los
que tienen poco. Si por solidaridad se entiende por dar lo que te sobra,
seguramente actuaron muchos. Quisiera que alguien dijera qué empresa importante
hizo público algún acto solidario, algo que les duela, no que les sobre”, el
enojo se hizo presente y los gestos de sus cejas así lo expresaron. La crítica
estaba compuesta con más dolor que ira.
En un
momento en que los medios de comunicación están siendo juzgados por la
sociedad, “los de Buenos Aires disponen de mucha más tecnología y capacidad
operativa que los medios de Rosario. Es difícil comparar. La diferencia reside
en que para los medios de afuera esto será un recuerdo, y me parece que la
responsabilidad de los de Rosario va a ser más fuerte”. Dejó en claro un
mandato social del cual nos tenemos que hacer cargo.
¿Todo lo que
comienza tiene un final?, “los chicos de Malos Conocidos consiguieron a través
de la Cámara de Supermercados ayuda para poder brindar desayuno, no solo a los
vecinos, sino también a gente que trabaja por acá. En esto ellos coinciden
conmigo en que un gendarme que depende del Estado Nacional, un policía que
depende del Estado Provincial o un inspector de tránsito que depende de la
Municipalidad, tienen algo en común: los tres tienen frío”.
La física
dispone que todo espacio vacío es ocupado por otra materia, es decir, todo es
reemplazable. “Me gustaría volver a ver a los mismos vecinos lo más felices
posible. Desde el punto de vista edilicio, seguramente, se construirà algo mejor
que los que tenían 35 años. Espero que a los terrenos no se le dé ningún uso
comercial, ni nada por el estilo, porque sería reírse de las víctimas”, de
nuevo el tono de su voz rozó la incomodidad por una decisión que no puede tomar
él y que depende de personas en las que mucho no confía. La incertidumbre
golpeó nuestra mesa con tanta fuerza que casi vuelca el café.
“Mi recriminación más aguda es no haberme animado a meterme más cerca de la zona del fuego. Cuando llegaron los bomberos, los vi y noté como se introdujeron en el edificio. ¡Qué coraje!”, dijo y se le hinchó el pecho de orgullo y de envidia sana; sus ojos se volvieron a poner brillosos, la emoción lo invadió por unos segundos y se quedó reflexivo observando la puerta a mis espaldas que da a Oroño, la cual está tapada con maderas por haber sufrido la onda expansiva producto de la explosión.
Dicen que
todo se puede evitar menos las catástrofes naturales. “Si, pero no se evitó.
Todo se podría haber evitado”. De nuevo el silencio de los presentes se volvió
a sentir. El ambiente se colmó de reflexión, de pensamientos, recuerdos,
imágenes que volaron por todo el bar, fotos sacadas con la cámara de los ojos y
que están guardadas en el disco rígido de la memoria.
“No soy un
hombre de fe, no creo en el Padre Ignacio, pero sí creo en la justicia, no en
sus tiempos, pero apoyo las instituciones”, disparó como una de las últimas
frases que nos iba a regalar ese día. Ya agotado de tanto recordar, y otro poco
de sentir a flor de piel la angustia que lo invadió durante toda la entrevista,
nos brindó el título de la reflexión del accidente, el cual refleja claramente
su posición frente a la tragedia: “Veintiuna muertes
insólitas”.
insólitas”.
DANIEL "EL PÁJARO" GIRAUDO Y SU HISTORIA
Este es el relato de Daniel Giraudo, “el pájaro”, un rosarino de 55 años, que como tantos, voló por las calles como una ráfaga de viento cálida para ayudar. Si el mundo sigue girando, seguramente, es porque personas como él siguen naciendo en esta sociedad contra cíclica. Su historia es nuestra historia. Es el capítulo más duro y angustiante del libro que se escribe todos los días en Rosario. El pájaro tiene su página: “Más vale buenos por conocer, que Malos Conocidos”.







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