No se sabe muy bien de donde vinieron, tampoco nadie se los
preguntó. Incluso, el lugar de providencia no es un dato relevante en estas
circunstancias. Solo sabemos que estuvieron, hicieron su deber y se marcharon.
La única afirmación irrefutable, es que sin ellos nada hubiera sido lo que es.
Los ángeles son así, simplemente surgen como un pequeño accidente que irrumpe
en un panorama desolador.
Se atrevieron a contradecir a Charly “cuando el mundo tira
para abajo, es mejor no estar atado a nada”, y ellos se aferraron a la vida,
mas que a la vida a la esperanza, a la fe. Tan fuerte que las placas tectónicas
se abrieron para darles paso a ellos en busca de sobrevivientes. No creo en los
milagros, pero que los hay los hay.
Alguien dijo: “Son las personas más poderosas que existen”,
y me quedé pensando en lo cierto de dicha frase. Es el trabajo más triste del
mundo, porque cada vez que logran su objetivo es sinónimo de muerte. ¡Y cómo no
van a ser los más fuertes!, si irradian energía positiva, se siente en el
ambiente, te contagian.
Ángeles vestido de colores fosforescentes, con cascos de
diversas formas geométricas, que utilizan naves espaciales que pueden levantar casas
enteras, repletos de cinturones con herramientas inimaginables, alumbrando con
láseres de gran alcance, en silencio. Todo lo hacen en el más absoluto e
inquietante silencio. Es tan potente, que el ruido le teme y se aleja hacia
otras zonas. Los terrícolas observamos con asombro.
Como murciélagos, trabajan
y buscan en la noche. Se mueven en los escombros como peces en el agua. Se
zambullen en la incertidumbre de toparse con la mejor peor noticia: encontrar
un cuerpo. Y persisten contra los peores vientos, contra el frío más
insoportable. Continúan, porque tienen una misión, su misión.
Finalmente, suena la chicharra. Lo que buscaban lo
encontraron. El tiempo fue récord una semana, siete días, 168 horas, 7.980
minutos, 604.800 segundos, una eternidad para muchos. Es que el tiempo es la
bipolaridad constante, a veces le agradecemos y otras lo padecemos.
Y se acercan micrófonos, grabadores, cámaras de fotos,
celulares, hojas y biromes; y preguntan. Muchos se interesan por cuántos y
otros por cómo, la diferencia es sutil, pero la respuesta es distinta. En el
medio de la nebulosa, muchas almas se pierden en la ciudad tomando diferentes
caminos pero con el mismo destino: el cielo.
Como llegaron se fueron, como un rayo que cae dejaron un
destello de luz, que todavía se puede admirar, que durará lo que nuestra
memoria y conciencia pretenda. Con altruismo, bondad, pasión, vinieron a
ofrecer su corazón para dejarlo plantado en el cantero que divide la catástrofe
de lo misericordioso. Con tanta generosidad y solidaridad se marcharon
dejándonos un GRACIAS.
Por primera vez Rosario, cual fina melodía que respeta los
tonos, los tiempos, los graves, los agudos, los pentagramas, regaló la canción
más perfecta que se haya cantado en su historia, acompañada de aplausos que se
acoplaron al unísono, con un solo estribillo: gracias a ustedes por darnos su
corazón.

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