En la vida todos
tienen un sueño, pero deja de serlo cuando uno comienza a hacer algo por
alcanzarlo. Ya no es más aquel imposible, sino que ahora es el emprendimiento a
un viaje lleno de dudas, miedos, frustraciones, pero que tiene el final más
lindo que uno jamás se haya imaginado. Cuando se llega a la tan esperada
culminación, uno piensa que más feliz no podría ser, que aquello por lo que
tanto luchó no lo cambiaría por nada del mundo. Pero luego de un tiempito, ese
objetivo, que antes era un sueño, pasa a ser un recuerdo y es en ese preciso
momento, en que uno se da cuenta, que el sueño fue el camino recorrido para
alcanzar ese objetivo.
El no eligió
donde nacer, pero el destino quiso que crezca en una clase trabajadora, de esas
que se rompen el lomo durante todo el día para poder subsistir dentro de la
sociedad. “El capitalismo suele ser más cruel con aquellos que menos tienen y
más se esfuerzan, por eso el esfuerzo debe ser canalizado en algo que no de riqueza
monetaria, sino amor”, esa era la frase que Sambusoni siempre le decía a su hijo. Más excusa que cierto, por no
poder brindarle todo lo que necesitaba y le hacía falta, pero primordialmente
para hacerle entender que su madre expuso todo el esfuerzo de la vida que le quedaba
para lograr que naciera en Suiza, país del cual se mudaron tiempo después para
arribar a Venecia, Italia.
Crecer sin una
madre, es algo que solo aquellos que lo padecieron pueden dar testimonio de lo
que se siente. Sin embargo, Teófilo Sambusoni nunca pudo superar la situación,
es por eso que él nunca se socializó con nadie, y creía que la felicidad máxima
que podía llegar a sentir era conocer a su mamá. Ni siquiera su padre pudo
hacerlo entrar en razón, de que la felicidad no es una sola cosa, sino un
conjunto de momentos felices que uno atraviesa durante toda su vida.
Pasaron los años,
y Teófilo siempre estuvo solo desde la muerte de su padre, quien falleció
producto de un paro cardíaco. Así fue que llegó a tener 59 años y ningún amigo,
ni siquiera un conocido, ya que se ganaba la vida, diagnosticando enfermedades
a través de cartas que le llegaban de distintas partes del mundo. Era una forma
de seguir conectado con su padre, realizando el mismo trabajo que hacía él.
Una tarde, encuentra
debajo de su puerta una carta, con un pasaje, que le exigía su presencia en
Buenos Aires de carácter urgente, debido a que un cliente necesitaba de sus
servicios para curar a su abuela, quien estaba a punto de fallecer y sólo
entendía el italiano, por lo que no podía expresar los síntomas que tenía, ya
que nadie la entendía. Así fue que el 12 de Enero de 1905, día de su
cumpleaños, partió de Venecia, en un barco de 55 pasajeros, con destino a
América.
En el viaje
conoció a Peter, quien era su compañero de camarote, y con quien logró entablar
la primera amistad de su vida, para por fin comprender que la muerte de su
madre sería en vano, si él ni siquiera intentaba ser feliz, y que ésta sólo era
real cuando era compartida con alguien. Así fue que al pasar los días en alta
mar, comenzó a ejercer su verdadera vocación de maestro, enseñándole italiano y
medicina a su amigo.
Un mes hacía que
viajaban, y quince días que Teófilo sufría dolores en el pecho, tal y como le
sucedió a su padre 4 días antes de su muerte, por eso anticipando su futuro le
pidió a Peter que vaya a Buenos Aires haciéndose pasar por él, para poder
despedir a la abuela del cliente, ya que sabía lo doloroso que era no decirle
adiós a un ser muy querido. Así fue que idearon el plan para que nadie
sospechara del fraude, y lograran cumplir su objetivo. Exactamente en la mitad
del recorrido que les faltaba para llegar a América, fallece Teófilo de un paro
cardíaco.
Peter, fiel al
pedido de su amigo, cumple con los pasos que habían acordado para llevar
adelante la operación. No le avisó a nadie de la muerte de Sambusoni, esperó la
noche, y antes de arrojar su cuerpo al mar, le robó su pasaporte. Finalmente,
el 15 de Febrero el barco llegó a Buenos Aires.
Bajó del barco
Peter, se dirigió directo a la aduana, donde presentó el pasaporte que certificaba
que se llamaba Teófilo y era médico. A partir de ese momento, se llamaba
Teófilo. Al finalizar todos los chequeos, emprendió viaje hacia Chuquá, un pueblo que está al norte del
país. Allí, se encontró con el cliente, que lo abrazó como un hermano, y
procedió a traducir todo lo que su nieto tanto ansiaba decirle a su abuela.
Como muestra de agradecimiento, el cliente le dejó a su nombre (Teófilo) la
casa de su difunta abuela, ya que él partía rumbo a Europa, donde lo esperaba
su familia.
Peter, que ahora
se llamaba Teófilo, comenzó a ejercer la medicina, utilizando como hospital la
casa que le habían obsequiado. Todos sus pacientes comenzaron a mudarse a
Chuquá, ya que no abundaban médicos que realizaran operaciones complejas. Luego
de unos años, se compró una casa enorme en frente de la plaza del pueblo, para
poder tener más espacio para atender a la gente enferma.
Finalmente, a
Peter, quien nunca se volvió a presentar de ese modo, se le pasó la vida intentando
prolongar la de los demás, hasta el día de su muerte. Día en que todos los
habitantes del pueblo lloraron, y tomaron la decisión de cambiarle el nombre de
Chuquá a Teófilo, en honor a su fundador.
Más de 100 años
pasaron, para que Victorio Trotamundi,
historiador italiano, llegara a Teófilo, y comenzara a investigar sobre su
fundador. El motivo que lo impulsó a obsesionarse con el caso, fue que en
Italia, más precisamente Venecia, se difundió que Teófilo Sambusoni había
fallecido en un barco rumbo a Buenos Aires. Dato que le sirvió como disparador
de búsqueda de la verdadera identidad de quien, supuestamente era, pero no fue.
De esta manera, descubrió que quien se hizo llamar Teófilo era un impostor, ya
que su verdadero nombre era Peter y no era médico.
Muy sorprendido
se quedó Trotamundi, cuando expuso su investigación en una asamblea comunal y
nadie se alteró, sino que lo bajaron, le dieron una carta y le dijeron: “La
felicidad solo es real cuando es compartida, sin importar quien sea la otra
persona. Y nosotros fuimos muy felices”. Al llegar a su casa, el historiador
abrió la carta y vio que Peter, quien se hizo llamar Teófilo, relataba toda la
verdad de su identidad, y finalizaba con una frase que dejó atónito a Victorio:
“Y yo fui realmente muy feliz”.

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