sss ROSBARING: LA FELICIDAD SOLO ES REAL, CUANDO ES COMPARTIDA

sábado, 8 de septiembre de 2012

LA FELICIDAD SOLO ES REAL, CUANDO ES COMPARTIDA



En la vida todos tienen un sueño, pero deja de serlo cuando uno comienza a hacer algo por alcanzarlo. Ya no es más aquel imposible, sino que ahora es el emprendimiento a un viaje lleno de dudas, miedos, frustraciones, pero que tiene el final más lindo que uno jamás se haya imaginado. Cuando se llega a la tan esperada culminación, uno piensa que más feliz no podría ser, que aquello por lo que tanto luchó no lo cambiaría por nada del mundo. Pero luego de un tiempito, ese objetivo, que antes era un sueño, pasa a ser un recuerdo y es en ese preciso momento, en que uno se da cuenta, que el sueño fue el camino recorrido para alcanzar ese objetivo.
 


El no eligió donde nacer, pero el destino quiso que crezca en una clase trabajadora, de esas que se rompen el lomo durante todo el día para poder subsistir dentro de la sociedad. “El capitalismo suele ser más cruel con aquellos que menos tienen y más se esfuerzan, por eso el esfuerzo debe ser canalizado en algo que no de riqueza monetaria, sino amor”, esa era la frase que Sambusoni siempre le decía a su hijo. Más excusa que cierto, por no poder brindarle todo lo que necesitaba y le hacía falta, pero primordialmente para hacerle entender que su madre expuso todo el esfuerzo de la vida que le quedaba para lograr que naciera en Suiza, país del cual se mudaron tiempo después para arribar a Venecia, Italia.

Crecer sin una madre, es algo que solo aquellos que lo padecieron pueden dar testimonio de lo que se siente. Sin embargo, Teófilo Sambusoni nunca pudo superar la situación, es por eso que él nunca se socializó con nadie, y creía que la felicidad máxima que podía llegar a sentir era conocer a su mamá. Ni siquiera su padre pudo hacerlo entrar en razón, de que la felicidad no es una sola cosa, sino un conjunto de momentos felices que uno atraviesa durante toda su vida.

Pasaron los años, y Teófilo siempre estuvo solo desde la muerte de su padre, quien falleció producto de un paro cardíaco. Así fue que llegó a tener 59 años y ningún amigo, ni siquiera un conocido, ya que se ganaba la vida, diagnosticando enfermedades a través de cartas que le llegaban de distintas partes del mundo. Era una forma de seguir conectado con su padre, realizando el mismo trabajo que hacía él.

Una tarde, encuentra debajo de su puerta una carta, con un pasaje, que le exigía su presencia en Buenos Aires de carácter urgente, debido a que un cliente necesitaba de sus servicios para curar a su abuela, quien estaba a punto de fallecer y sólo entendía el italiano, por lo que no podía expresar los síntomas que tenía, ya que nadie la entendía. Así fue que el 12 de Enero de 1905, día de su cumpleaños, partió de Venecia, en un barco de 55 pasajeros, con destino a América.

En el viaje conoció a Peter, quien era su compañero de camarote, y con quien logró entablar la primera amistad de su vida, para por fin comprender que la muerte de su madre sería en vano, si él ni siquiera intentaba ser feliz, y que ésta sólo era real cuando era compartida con alguien. Así fue que al pasar los días en alta mar, comenzó a ejercer su verdadera vocación de maestro, enseñándole italiano y medicina a su amigo.

Un mes hacía que viajaban, y quince días que Teófilo sufría dolores en el pecho, tal y como le sucedió a su padre 4 días antes de su muerte, por eso anticipando su futuro le pidió a Peter que vaya a Buenos Aires haciéndose pasar por él, para poder despedir a la abuela del cliente, ya que sabía lo doloroso que era no decirle adiós a un ser muy querido. Así fue que idearon el plan para que nadie sospechara del fraude, y lograran cumplir su objetivo. Exactamente en la mitad del recorrido que les faltaba para llegar a América, fallece Teófilo de un paro cardíaco. 

Peter, fiel al pedido de su amigo, cumple con los pasos que habían acordado para llevar adelante la operación. No le avisó a nadie de la muerte de Sambusoni, esperó la noche, y antes de arrojar su cuerpo al mar, le robó su pasaporte. Finalmente, el 15 de Febrero el barco llegó a Buenos Aires.

Bajó del barco Peter, se dirigió directo a la aduana, donde presentó el pasaporte que certificaba que se llamaba Teófilo y era médico. A partir de ese momento, se llamaba Teófilo. Al finalizar todos los chequeos, emprendió viaje hacia Chuquá, un pueblo que está al norte del país. Allí, se encontró con el cliente, que lo abrazó como un hermano, y procedió a traducir todo lo que su nieto tanto ansiaba decirle a su abuela. Como muestra de agradecimiento, el cliente le dejó a su nombre (Teófilo) la casa de su difunta abuela, ya que él partía rumbo a Europa, donde lo esperaba su familia. 

Peter, que ahora se llamaba Teófilo, comenzó a ejercer la medicina, utilizando como hospital la casa que le habían obsequiado. Todos sus pacientes comenzaron a mudarse a Chuquá, ya que no abundaban médicos que realizaran operaciones complejas. Luego de unos años, se compró una casa enorme en frente de la plaza del pueblo, para poder tener más espacio para atender a la gente enferma. 

Finalmente, a Peter, quien nunca se volvió a presentar de ese modo, se le pasó la vida intentando prolongar la de los demás, hasta el día de su muerte. Día en que todos los habitantes del pueblo lloraron, y tomaron la decisión de cambiarle el nombre de Chuquá a Teófilo, en honor a su fundador.

Más de 100 años pasaron, para que Victorio Trotamundi, historiador italiano, llegara a Teófilo, y comenzara a investigar sobre su fundador. El motivo que lo impulsó a obsesionarse con el caso, fue que en Italia, más precisamente Venecia, se difundió que Teófilo Sambusoni había fallecido en un barco rumbo a Buenos Aires. Dato que le sirvió como disparador de búsqueda de la verdadera identidad de quien, supuestamente era, pero no fue. De esta manera, descubrió que quien se hizo llamar Teófilo era un impostor, ya que su verdadero nombre era Peter y no era médico.

Muy sorprendido se quedó Trotamundi, cuando expuso su investigación en una asamblea comunal y nadie se alteró, sino que lo bajaron, le dieron una carta y le dijeron: “La felicidad solo es real cuando es compartida, sin importar quien sea la otra persona. Y nosotros fuimos muy felices”. Al llegar a su casa, el historiador abrió la carta y vio que Peter, quien se hizo llamar Teófilo, relataba toda la verdad de su identidad, y finalizaba con una frase que dejó atónito a Victorio: “Y yo fui realmente muy feliz”.

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