Cuando uno se pone a charlar de política,
deportes, de cosas del laburo y otras tantas más, siente que se libera y
descarga un montón de presiones que lo venían angustiando. También, está esa
sensación de satisfacción de poder expresar lo que uno piensa sobre ciertas
temáticas. Pero lo más importante es que esto se da, gracias a que hay uno o
varios que lo están escuchando y prestándole atención, inclusive si lo que uno
dice no es agradable para el oído del receptor.
No hace mucho tiempo atrás, en la Argentina se
hablaba mucho, se discutía poco y no se discrepaba en nada. Solo algunos
corajudos se animaban a alzar su voz desde la clandestinidad, algunas paredes
expresaban su disconformidad, pero como en toda la historia de nuestro país hay
un “pero”, y esta no es la excepción, porque todas esas voces, garabatos y
pintadas fueron acalladas.
Sin embargo, no hay mal que dure cien años, aunque
el nuestro duró siete. El 10 de Diciembre de 1983, comenzó a escucharse desde
algunos rinconcitos escondidos un sonido que parecía familiar, pero que no se
podía reconocer en su totalidad. A medida que fue pasando el tiempo, empezó a
escucharse cada vez más, casi en forma progresiva. Muchos empezaron a
relacionarse con él, a reproducirlo, a abrazarlo como una madre lo hace con su
hijo; ese sonido se elevó tanto, al punto tal, que pudo escucharse en toda la
Argentina. Era la libertad de expresión que gritaba de alivio.
Ya pasaron 29 años desde que ese sonido se
reprodujo por primera vez, para nunca más apagarse. Hoy en día hablar de la
libertad de expresión es tan común, que hasta nos parece imposible que alguna
vez se haya prohibido. Todos nos jactamos de saber de qué se trata, para qué
sirve y cuáles son sus beneficios, aunque hay tantos conceptos de ella como
personas que habitan este mundo.
El lunes renunció al cargo de la Secretaría de
Producción local Sebastián Chale, un político, radical, integrante de un
partido, que tenía una función y un objetivo. Cada medio de comunicación
difundió la noticia de manera distinta y con diferentes argumentos, siendo cada
uno de ellos válidos. No obstante, ninguno ha mencionado la libertad de
expresión como un motivo que lo llevó a alejarse y, al mismo tiempo, haber sido
el primero en renunciar al gabinete de Mónica Fein.
El Frente Amplio Progresista es un partido que,
como indica su nombre, permite la inclusión de ideologías diversas, como la de
Chale, para que participen, debatan y expresen sus ideas. Aunque, según el ex
funcionario, de libertad de expresión tenía solo el título, y fue gracias a las
presiones y trabas que les fueron impuestas, que tomó la decisión de alejarse.
Es por eso que me pregunto si el sonido que
volvimos a escuchar, desde el ’83 al día de la fecha, es un grito de, como dice
Chomsky, “estar a favor de la libertad de expresión, es estarlo de los puntos
de vista que no compartimos” o todo lo contrario, aceptar discernir a favor de
la ideología predominante.

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