Por Ignacio Pellizzón
Disculpe la foto, pero necesitaba captar su atención.
Para comenzar me gustaría que se reflexione acerca de la palabra
“marcha”, porque si uno piensa un poco se dará cuenta que “marchar… marchan los
militares”, no los ciudadanos. El pueblo se moviliza, no marcha.
Es interesante lo que plantea el filósofo francés, Michel
Foucault acerca del “poder”. Expresa que las relaciones de “poder” se dan en
todos los ámbitos, en todas las relaciones. El “Poder” está en todas partes e
impera en todo momento.
Si uno revisa el concepto etimológico de la palabra “Democracia”
descubrirá que Demos significa pueblo
y krátos poder, es decir, que el
poder radica en el pueblo. “La democracia es la necesidad de doblegarse de vez
en cuando a las opiniones de los demás”, decía Winston Churchill. Parce irónico
aplicar este concepto en la Argentina actual, donde nadie cede frente a ninguna
opinión y busca tener más “poder” que los demás constantemente.
Para ponerlo de forma más gráfica imagine esta situación:
cuatro amigos se encuentran en un bar a tomar café. Tres de ellos piensan que
el partido Blanco (el gobernante) es el mejor que se pueda tener, mientras que
el individuo restante piensa todo lo contrario. En este momento el “poder”
comienza a jugar su partido. Aquí radica la pregunta: ¿quién lo posee?
Al igual que en Democracia, pareciera que el “poder” lo
tiene la mayoría, quienes optaron para que los gobierne un partido. En este
sentido, podríamos afirmar que en una discusión el “poder” lo tienen los tres
amigos coincidentes ideológicamente, de modo que el individuo que piensa
diferente no tendría oportunidad de imponer su decisión en caso de que hubiera
una votación.
Sin embargo, hay otra mirada que no se puede descartar. El amigo
que no cree en el partido Blanco, puede optar por no entrometerse en una
discusión política. Esto podría llevar a pensar a los tres que continúan
teniendo mayor influencia sobre el individuo, aunque, en realidad, ese amigo
estaría eligiendo no discutir, por lo que el “poder” (en términos de elección)
estaría en manos del individuo, ya que no habría debate posible entre tres
personas que piensan del mismo modo, aunque tengan críticas sobre el partido,
algo que no expondrían delante de su amigo. El “poder” es la capacidad de
elegir y no de doblegar.
En estos términos, me parece interesante traer a colación la
frase de Reynaldo Sietecase: “Somos una inmensa minoría”. Por supuesto, que la
aplicación de la misma puede variar según la óptica desde la cual se la observe.
Lo que está sucediendo en Argentina hoy, es que en esa mesa
de café a veces se sientan tres opositores al partido de turno y otras tantas
la mayoría son los coincidentes con las políticas del gobierno actual. El poder
se tambalea entre ambigüedades.
En rigor, esta situación difiere del real concepto que
implica Democracia, ya que el pueblo está distraído disputándose el “poder”
entre sus miembros, en vez de ejercerlo en unidad como debería ser. Hoy la
lucha es entre la mayoría y la inmensa minoría.
Es por eso que la movilización por el pedido de Justicia
sobre el caso Nisman, puede ser un método de aprovechamiento de aquellos que se
benefician en esta disputa por el “poder”. La inmensa minoría, sea cual sea
ésta, debe reflexionar y entender que puede hacer uso del “poder”, siendo
consciente de cuál es la verdadera razón por la que asiste: ¿Justicia real en
honor al fiscal o demostración de un supuesto “Poder” sentados en una mesa de
café frente a un individuo que piensa diferente?; y si no asiste: ¿Evitar
beneficiar a aquellos que atentan contra “la mayoría” o creer realmente que se
trata de un golpe destituyente?; insisto: el “Poder” es la capacidad de elegir
y no de doblegar.
Para no aburrir más, me gustaría citar a Roland Barthes para
entregarle una reflexión:
(Se dice corrientemente: “ideología dominante”. Esta expresión es incongruente ¿pues, qué es la ideología? Es precisamente la idea cuando domina: la ideología no puede ser sino dominante. Mientras que es justo hablar de “ideología de la clase dominante” puesto que existe una clase dominada, es inconsecuente hablar de “ideología dominante”, pues no hay ideología dominada: del lado de los “dominados” no hay nada, ninguna ideología, sino precisamente –y es el último grado de la alienación- la ideología que están obligados –para simbolizar, para vivir- a tomar de la clase que los domina. La lucha social no puede reducirse a la lucha de dos ideologías rivales: lo que está en cuestión es la subversión de toda ideología.

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