Los escritores deben
atravesar diversas etapas antes de poder ver publicadas sus obras, desde la
aceptación de las editoriales para trabajar en sus textos hasta la difusión de
los libros de modo de alcanzar al público. Sueño de muchos, rentabilidad para
pocos.
Por Ignacio Pellizzón
(Nota publicada en Mirador Provincial, Clarín).
“Tener un hijo, plantar un árbol y escribir un libro”, es un
viejo dicho que refiere a lo que uno debe hacer en la vida para que sea
completa. No obstante, los tres objetivos se ven atravesados por un mismo
sentimiento: amor. Sin éste, ninguno es posible. A través de la literatura, uno
puede imaginarse un mundo ideal, un sueño infinito, en donde el recorrido
siempre es agradable o todo lo contrario.
Sin embargo, por el largo camino que deben transitar los
autores locales para poder ver publicadas sus obras no tiene ninguna de las
alegrías mencionadas, excepto el trabajo que conlleva escribir, que,
justamente, nace a partir de las fuerzas del amor con que lo llevan a cabo, con
la primordial intención de compartir. De eso se trata la literatura.
En este contexto, existen editoriales que tienen como
objetivo cumplir el sueño de los escritores. No son firmas de renombre ni
cuentan con presupuestos abultados, pero los une la misma pasión y el mismo
objetivo: publicar libros. Asimismo, los creadores de cultura (escritores),
también generan negocios (para algunos) con sus obras; aunque no termine siendo
un emprendimiento redituable, la laboriosa tarea de mantener el imaginario
colectivo en un mundo culturalmente literario, son necesarios.
PUBLICAR SOLO CUESTA
VIDA
Parafraseando al Indio Solari con la estrofa “Vivir solo
cuesta vida” en el tema “Ropa Sucia” (álbum ¡Bang! ¡Bang! Estás liquidado) de
los Redonditos de Ricota; “publicar solo cuesta vida” se aplica a la realidad
de aquellos que pretenden “compartir” sus trabajos. No se trata de una tarea
sencilla, porque además de significar un costo elevado de edición e impresión,
también hay un perjuicio a la hora de ubicarlos en librerías, las cuales se quedan
con un alto porcentaje de la tapa de cada libro, es decir de la venta de cada
ejemplar.
“Las grandes editoriales publican a los que ya lo han hecho
en otras oportunidades, por lo que se repiten los autores. Difícilmente
publiquen a escritores inéditos. De esta manera, una de las opciones con la que
contamos (los escritores) son los concursos, como por ejemplo el de Clarín, que
es el más famoso”, comentó a Mirador Provincial, el Licenciado en Periodismo y
Comunicación y autor del libro “Llueve sobre los rieles”, Alejandro Hugolini.
Por su parte, otro de los consultados por Mirador
Provincial, Javier Núñez, (ganador en 2012 del Premio Latinoamericano a Primera
Novela “Sergio Galindo”, escritor y colaborador de prensa; y autor de libros
como Praga de Noche y Tríptico, entre otros), afirmó: “Las editoriales de
renombre, salvo excepciones, no hacen grandes apuestas, prefieren la comodidad
de lo seguro: al autor que garantiza cierto volumen de ventas o que ya tiene
cierta trayectoria. Además, supongo que reciben miles de manuscritos. Sin
agente, o algún contacto, es muy difícil conseguir que te lean, no digamos ya
que te publiquen”.
“Por lo general, los escritores –continúa Hugolini- deben
recurrir a las editoriales principalmente para que ayuden a distribuir la obra,
algo muy dificultoso para el autor, ya que implica tener una buena cantidad de
ejemplares”.
En este sentido, Núñez plantea: “Lo importante no es
encontrar una editorial que acepte la obra, sino encontrar la editorial
adecuada: una que la valore, le preste atención y no la trate como un producto
en serie que pierde interés en cuanto sale del depósito”.
De esta manera, en un esquema ideal, el autor recibe el 10 %
(Derechos de Autor) por ejemplar, distribuidora 50 % (incluye librería), el
resto lo percibe la editorial quien paga la edición. En caso de que la
editorial distribuye directamente, la librería se queda con el 35% o 40%,
teniendo en cuenta que la editorial debe realizar el trabajo de distribuir,
cobrar, etc.
Por otra parte, se encuentran las ediciones de autor. Se
trata de que éste asuma los costos o gran parte de ellos, mientras que la
editorial aporta la corrección, el diseño, la difusión, la distribución.
Aproximadamente, un libro de 140 páginas y 300 ejemplares, se acerca a los diez
mil pesos de costo. No obstante, es muy difícil que la inversión se recupere.
En relación al espacio que los medios de comunicación
brindan a los libros locales, “La difusión es escasa. Hay un par de medios
gráficos, un puñado de programas de radio, algunos sitios de internet, que le
prestan atención a lo que ocurre en el panorama literario local”, explica el
escritor Javier Núñez.
LA VOZ DE LOS
INTERMEDIARIOS
Baltasara Editora (publicó libro de Alejandro Hugolini), es
una independiente de bajo presupuesto que se gestó en 2009 y recién se ubicó en
las librerías en 2012. No obstante, proviene de una tradición cultural familiar
muy importante, ya que sus raíces nacen a partir del librero y editor español
Laudelino Ruiz, radicado en la ciudad de Rosario entre 1930 y 1972, siendo su
hija y actual directora la heredera del emprendimiento.
En diálogo con Mirador Provincial, Ruiz estimó: “Nosotros
nos autofinanciamos, entonces como no recurrimos a ningún subsidio dependemos
únicamente de la venta de libros. Es decir, nosotros reinvertimos capital
propio y asumimos los riesgos que conlleva”.
Baltasara Editora, asume los riesgos empresariales, es decir
se hace cargo de los costos, aún si el libro no recauda la inversión
desembolsada. Además, tiene distribución en Rosario en más de diez puntos,
Buenos Aires; en el mundo: París, Roma, Estados Unidos.
En relación a qué autores publican, comentó: “No aceptamos
cualquier autor, buscamos textos. Trabajamos por colecciones, las cuales son de
diversos tipos. Nosotros tenemos en total seis colecciones, entre ellas,
Patrimonio que tiene íntima relación con escritores rosarinos”.
“Por nuestra modalidad de trabajo –continúa-, pedimos a los
autores que se hagan cargo de una pequeña parte de los costos (cuatro mil pesos
aproximadamente), los cuales no significan ni un cuarto de lo que realmente
conlleva la publicación del ejemplar. Nosotros sacamos tiradas mínimas de 300
libros, mientras que las grandes comienzan con dos mil, esto les abarata los
costos de impresión”.
En coincidencia con Hugolini, la titular de Baltasara afirmó
que en las librerías, por lo general, “se manejan quedándose con el 30% de la
venta al público para ellos, mientras que otras alcanzan a exigir el 45%. Así
mismo, los que se quedan con el 20% son los distribuidores. De modo que si un
libro cuesta 100 pesos, nosotros recibimos 50 (de allí se desprenden 10 para el
autor), la distribuidora 20 y el resto la librería. Nosotros nos encargamos de
la distribución, porque estamos limitados por la cantidad de tiradas que sacamos
por libro”.
Es importante mencionar, que los libros de las pequeñas
editoriales van en consignación y se van liquidando a medida que se venden y se
reponen.
Río Ancho es una editorial cooperativa, que nace de un grupo
de personas que se conocieron a partir de un taller, donde todos escriben, y el
proyecto surge a partir de la iniciativa del presidente que propuso en 2012
presentarse en el concurso de Espacio Santafesino para poder editar libros, el
cual ganaron y les permitió editar los primeros cuatro libros.
En contacto con Mirador Provincial, varios de sus
integrantes declararon: “Nuestra intención es poder difundir a autores
rosarinos, quienes, tal vez, nunca tengan la posibilidad de ser publicados por
grandes editoriales. Por eso, nosotros proponemos una alternativa accesible
para que puedan iniciarse como escritores y lograr incluirse en el mercado
editorial sin importar su poder adquisitivo, ya que no les cuesta un centavo.
Somos un trampolín para los escritores”.
“Descubrimos que no
es una tarea sencilla conectarse con los espacios de venta de libros, por lo
que realizamos un trabajo de campo para ver en cuáles era más eficiente
intentar exponer nuestras ediciones. Nosotros vendemos más ejemplares en el
mano a mano o presentaciones que en las librerías, aunque, actualmente, estamos
en siete librerías de Rosario”, agregaron.
En relación a su modus operandi, afirmaron: “Trabajamos a
concurso, con un jurado externo compuesto por tres personas, por géneros para
que los escritores puedan presentar sus obras. No les cobramos a los autores,
quienes ceden el 10% de los Derechos de Autor, hasta cubrir el costo de
imprenta de 500 ejemplares; una vez saldado esto, comienza a cobrar dicho
porcentaje”.
En relación al precio del libro, se discute dentro de la cooperativa,
mientras que el autor, por su parte, no participa de la discusión. No obstante,
“los precios son accesibles para que el alcance sea masivo. Buscamos que la
venta de ejemplares de un autor posibilite la edición de otro autor. Nunca
tuvimos alguna crítica por parte de ellos en relación al costo del ejemplar
estipulado. Además, generamos una relación casi amistosa con los escritores”,
culminaron los integrantes de Río Ancho.
EL SUEÑO DE LAS
PLUMAS
“Los escritores sueñan con trascender, pero no piensan en
vivir de los libros que escriben. Es raro ver autores que viven de esto, sino
que tienen otros trabajos. Por ende, la energía creativa se ve volcada de
manera parcial a la literatura ya que no se pueden enfocar únicamente a ganarse
la vida a través de la literatura”, reflexiona Hugolini sobre las razones de
escribir un libro.
“Creo que la literatura y la música se parecen bastante en
cuanto a las decisiones artísticas; muchos las toman en base a las ventas y
otros en cuanto a sus convicciones”, agregó el autor de “Llueve sobre los
rieles”.
Nuñez, por su lado, reflexiona que “publicar es una
consecuencia, no un objetivo”. Estima que al principio hay siempre una “necesidad
de reafirmarse, ante uno mismo y ante los demás” y que uno, tal vez, sueña con
ser escritor y publicar un libro, salir en notas o diarios, “cumplir una
fantasía”.
Sin embargo, “luego no pensás en función de publicar, sino
siempre en función de escribir. Y publicar, como dije, la consecuencia”.
Por otra parte, “creo que los libros de autores rosarinos
–continúa Núñez- ocupan un lugar menor, relegado, muchas veces ignorado por los
actores del sistema cultural. Es más fácil encontrar autores rosarinos
contemporáneos en las actividades que se hacen en Buenos Aires, Entre Ríos,
Córdoba o Mar del Plata que en las que tienen lugar en la ciudad”.




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