El caso de Walter Bulacio es otra muestra de los lamentables
rasgos que el proceso cívico militar nos dejó inculcados en nuestra sociedad.
No solo por el abuso de la autoridad, sino también por la falta de respeto
hacia la vida humana, fundamentalmente la de los jóvenes, quienes pareciera que
por el simple hecho de serlos deben padecer todo tipo de degradaciones e
impunidades.
QUÉ PASÓ
Walter Bulacio había ido a ver el recital de Patricio Rey y
sus Redonditos de Ricota el 19 de abril de 1991, que se ofrecía en el Estadio
Obras Sanitarias de Buenos Aires. El joven fue “chupado” por una razzia, por
parte del personal de la Seccional 35, a cargo del comisario Miguel Ángel
Espósito, quien acusó detenerlo a efectos de averiguación de antecedentes.
Más allá de que la Ley de Patronato de Menores prohíbe la
detención de menores de edad sin intervención de un juez, Bulacio fue retenido
en la comisaría. Tras haber pasado la noche allí, Walter fue llevado al
Hospital Pirovano, donde le diagnosticaron traumatismo de cráneo producto de
golpes con material contundente. Cinco días después fallece en otro nosocomio.
Espósito dejó de pertenecer a la Policía Federal argentina
en diciembre de 1995. Sin embargo, y a pesar de ser procesado judicialmente,
jamás tuvo sentencia. Jamás fue declarado culpable formalmente.
Su familia, al no encontrar nada más que impunidad frente al
hecho que terminó con la vida de Walter, mandó una petición a la Comisión Interamericana
de Derechos Humanos.
Fue once años después de su desaparición física, cuando
anunciaron que el comisario Espósito, acusado de privación ilegítima de la
libertad seguida de homicidio, ya no debía responder ante la Justica ya que la
causa había prescripto.
A poco más de 22 años de la muerte del joven, finalmente
comenzó el juicio oral contra el ex policía Espósito, que llega a debate
acusado de "privación ilegal de la
libertad", delito con una pena máxima de 6 años de prisión.
LA JUSTICIA QUE MIRA
Y NO VE
Muchas fueron las bandas que rinden homenaje a Walter
Bulacio mediante canciones como, por ejemplo, Resistencia Suburbana con su tema
“Walter”, Fabiana cantilo con “Ayer soñé con Walter”, Los fabulosos Cadillacs “Arde
Buenos Aires”, Los Redondos con “Juguetes perdidos”, entre otros. Es la forma
que, como sociedad, tenemos para expresar las tristezas de nuestras almas, las
broncas y repudios frente a los abusos, y de recordar a aquellos que, como
todos nosotros, dejan una huella en este mundo. Algunos, sin penas ni glorias.
Las canciones no se pueden detener.
La muerte es un orden natural inalterable, que no se puede
evitar y que inobjetablemente nos llega a todos. ¿Pero qué respuesta hay frente
al adelantamiento de dicho destino?, ¿por qué le perdimos el respeto a la
vida?, ¿quiénes nos transformaron en una sociedad que no puede comprender que
la vida es un derecho y una decisión?, ¿qué misterio esconde jugar a ser Dios,
creyendo que podemos manejar los destinos de los demás?, ¿por qué aplicamos la
palabra “muerte” más a menudo a nuestro vocabulario cotidiano que “vida”?
Es muy difícil buscar y entender las razones por las cuales
nos matamos entre nosotros. Somos la única raza que lo hace sin una lógica
clara, sin una necesidad natural que nos provoque dicha acción. No se trata de
una redención de los pecados, sino una rendición frente a la barbarie de
nuestro ser. “El hombre es el lobo del hombre”, Thomas Hobbes.
Hemos aceptado el “Pacto social” de Rousseau, delegando al Estado
ciertos derechos para que los aplique de manera igualitaria y equitativa. La
Justicia es ¿un derecho o un deber?, de las naciones democráticas. Demasiadas
son las deudas que tiene con el pueblo. En nombre de ella se han cometido,
cometen y, lamentablemente, cometerán infinidad de delitos que proscribirán en
el tiempo, dejando huellas de dolor en sociedades que, todavía hoy, siguen
delegando al Estado el manejo de la “justicia”. ¿Hasta cuándo lo soportarán?
Cuántas muertes que no logran sus causas en esta vida u
otra, deberemos padecer para hacer valer nuestros derechos, por los cuales
miles se han sacrificado por una “justicia social” que hoy desconocemos,
inclusive, por falta de compromiso. Innumerable son los casos que día a día
vemos de injusticia y que suceden siendo nosotros mismos nuestros propios
testigos, con lo mucho que eso implica, y con lo poco que nos interesa. ¿Cuál
es nuestra autocrítica, nuestra cuota de responsabilidad?, ¿por qué siempre “ellos”
y nunca “nosotros”, si todos vivimos en comunidad bajo las mismas leyes y nos
caben las mismas responsabilidades?; Walter Bulacio es otro sinónimo de
(in)justicia que se agrega a nuestro diccionario cotidiano. Algún día debemos
terminar ese libro.

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