No lo vi, apareció de la nada, surgió como un fantasma en
una película de terror. Mi imaginación se puso en blanco, no cabía pensamiento
alguno, todo era borroso e indescifrable. Las imágenes pasaban a una velocidad despampanante,
al punto tal de que no podía reconocer los objetos. Solo sentí el frío, el
ardor indescriptible y ruidos que provenían de la nada, pero, al mismo tiempo,
de todos lados. Aprendí que en segundos la vida puede dejar de ser vida.
Siempre la observé a la distancia, como un hecho lejano que
ni por asomo se podría acercar a mí. Como un ente abstracto que se hace carne
en todos, excepto en nosotros, o por lo menos, eso creía. Como ficción de la
realidad que se atrevía a asustarnos, solo sí fuéramos capaces de involucrarnos
con aquel film que estábamos viendo. Lo ajeno nunca nos es tan lejano.
Como pájaro que planea hacia el suelo, o quizás mejor dicho,
como avión que va a aterrizar y sus pasajeros esperan el pequeño impacto pero
sin saber cuándo llegará y confían en aquel o aquella piloto que los dejará en
tierra sanos y salvos, así viajaba yo por el aire esos micro segundos o, tal
vez, fueron segundos; esa percepción la perdí hace mucho, más aún en ese
instante. Nunca miré la aguja.
Siempre fui atrevido, coqueteaba con ella, me le reía en la
cara, la vulgarizaba, la desvalorizaba, y no entendía la importancia o el temor
que supone pensarla en muchas cabezas. La mía siempre estuvo cuerdamente fuera
de su lugar, como la de todos los jóvenes que hacen locuras creyendo que no lo
son, aunque en el fondo de sus almas comprenden que lo rebelde de transgredir
las reglas o “el orden instaurado”, como solía decirme un amigo, acaricia lo
califato en muchas oportunidades. La impunidad del perfume de la juventud soporta
todo.
Siempre la quise, la busqué, la encontré, pero no llegaba.
Me esforcé, resigné de todo. El objetivo estaba claro, tenía que ser mía, no
cabía en otra persona. Ya me imaginaba en esos días de calor agobiante yendo
por la ruta, oliendo los aromas del campo, de esas llanuras con dueños que me
transportarían a sensaciones únicas, que solo aquellos que compartimos el mismo
sentimiento podrían entender. Tardó, pero llegó. Ese día, fue igual al que
todos viven cuando saben que el objetivo está por cumplirse de manera
inminente. El psicológico placer de consumir.
Rojo, mi color favorito, como mi equipo de fútbol, “contra
la envidia” solía decir mi abuela. Ese tono brillante que se luce en todos
lados, que no pasa desapercibido, que logra captar la atención de cualquiera
que esté caminando pensando en sus problemas. También, es el color de la
sangre, algo que no tendría en cuenta hasta este momento. Siempre comprendí el
mensaje cuando me retaban mis viejos por alguna travesura. Esta vez, no eran
mis viejos, sino yo mismo.
Nunca lo usé, aunque todos me decían que debía, que no sea
“gil”, que es la parte más importante del cuerpo la que te cuida. Sin embargo,
no me gustaba, no veía bien. En realidad, por dentro, quería que todos me
observaran, que ella se diera cuenta que era yo y no otro, sino yo, el
“soñador”, aquel que la tenía pegada hasta en la carpeta del secundario,
recuerdo reciente si los hay, y que el asombro no le permita ni hacerme un
gesto. Como siempre, la idiotez de la combinación entre las hormonas y la moda.
La disfruté lo mismo que se tarda en despertar de un sueño,
más que de un sueño de una pesadilla que se volvió realidad, realidad que
superó a la ficción o, por lo menos, la igualó. Solo aquellos que vivieron una
situación similar pueden tener la capacidad imaginativa de recrear algo
parecido. Yo no tuve ni la oportunidad de contar mi experiencia, pero sí sabía
las de los demás. Nunca me sirvió ser testarudo.
Ya podía presentirlo, estaba cerca, muy cerca, el frío se
coló en mi mejilla izquierda, el asfalto de noche, casi a la madrugada, está
muy frío. Lentamente, el vuelo iba llegando a su final, para darle paso a ese
calor insoportable que se produce entre la fricción de la piel y el cemento,
esa fusión que no hay ropa que lo soporte o proteja, el golpe hueco de la
cabeza que se escucha como si una paleta le pegara a la pelotita de ping pong,
la conciencia que se esfuma, se desvanece como el fantasma que había visto y
que no se quedó hasta el final, mi final.
La piel se derretía como una masa que se estira, la sangre
saliendo a borbotones por lugares de mi cuerpo que no entendía o que la
comprensión no llega a estudiar, huesos que se quebraban como platos de
plástico que se usaron y se doblan para tirar, todo se volvió oscuro.
Dolor, ardor, desesperanza, tristeza, bronca, fuerza,
síntomas de supervivencia, cansancio, relajación, debilidad, somnolencia,
amnesia, luces de colores, pies que se acercan, pasos cada vez más fuertes,
voces, gritos, respiración, desvanecimiento progresivo y un testimonio: “Pasó
en rojo, como el color de la mato, lo atropelló una camioneta que se dio a la
fuga y salió disparado desde la esquina hasta acá a mitad de cuadra”. Y
finalmente, lo último que percibí en vida y tiempo real: “Otra moto, traé la
ambulancia rápido; sí tengo, ahora lo tapo”.

No hay comentarios:
Publicar un comentario