Por una pequeña
abertura que hay en mi ventana entró un rayito de sol que en diagonal me
alumbró el ojo derecho. Con esa escaza luz me desperté. Como todos los días, me
levanté con más ganas de seguir durmiendo que de arrancar, pero la necesidad de
ir al baño me dio ese empujón que necesitaba. Otra vez ocupado por mi
hermana, que siempre me gana de mano. Es que ella es bicha y se pone el
despertador 15 minutos antes de que el sol salga, como presagiando que todavía no
abrí los ojos.Así comienza mi primer último día.
Fui a la cocina
para hacerme un café con leche, pero no había café. Me había olvidado que mi vieja
me dijo a la noche: -hacete café antes de ir a la cama, porque sino mañana nos
vas a tener para desayunar-, pero como siempre uno escucha la mitad de lo que
le dicen los padres, asique no le di ni bola y me fui a acostar, pensando que a
la mañana siguiente lo preparaba. La mañana siguiente era ésta y me quería
morir, porque no tengo cafetera asique tuve que calentar agua hasta que hierva,
poner cucharadas de café, revolver y colarlo para volcarlo en la tetera. Todo
un proceso.
Mientras espero
que se caliente el agua, me armo tres galletitas con dulce de leche porque a la
mañana no tengo tanta hambre, siempre se me abre el apetito tipo 10. Escucho
que se cierra la puerta del baño y mi hermana me grita: -Chau, suerte hoy
nene-, nunca me gustó que me trate de chiquito, aunque sea el menor, baja las
escaleras y se va. Por fin, la soledad, nadie que me hable, que me pregunte,
que me critique, que me pida. Yo y el silencio, mi mejor amigo cuando me
levanto.
Chifla la pava y
la saco del fuego, preparo el café, le tiro medio pocillo de leche y lo meto en
el microondas dos minutos. Es el tiempo justo para ir a mear y lavarme la cara.
Otra vez, no tiró la cadena, siempre me hace lo mismo. Lo peor es que por
alguna razón pierde mucho pelo, es imposible compartir el baño con una mujer y
no encontrarse con uno largo y finito en la pileta. Yo creo que se va a quedar
pelada en unos años, porque a este ritmo no va a durar mucho. Salgo del baño y
justito suena mi salvavidas alimenticio. Si no fuera por este aparato
seguramente tendría varios kilos menos.
Me siento a
desayunar, casi media hora después de haberme levantado, prendo la tele. Yo sé que no hay nada para
ver, pero por lo menos me informo cómo está el clima. En Octubre hace calor,
pero por las dudas me fijo, aunque en realidad lo que más me interesa es saber
si va a llover el fin de semana. Son los dos días que más espero, incluyendo el
viernes a la noche. Soleado durante todas las jornadas, asique va a estar
óptimo para salir con los pibes. Tengo unas ganas tremendas. El finde anterior
me tuve que guardar para terminar de estudiar esa puta materia que me tenía loco,
pero valió la pena porque ya me la saqué de encima.
Casi en pelotas
salgo al patio para verificar que los de la tele no me mienten, porque siempre
le erran con el clima. Hace un calor tremendo, por lo tanto no me pienso poner
nada de color gris porque lo que transpiro me deschaba rápido. Si fuera por mi
iría con ojotas, pero la verdad que no me da la cara. Asique me pongo esa
remerita escote en ve color verde agua, la bermuda de jean clarito que tanto me
gusta y las zapas blancas, aunque de blanco no les queda mucho porque están re
gastadas.
Me tiro
desodorante en el cuello y la ropa, para que parezca que recién me bañé, me
lavo los dientes, agarro el bolsito, me
fijo rápido en la compu, que estuvo encendida toda la noche porque me olvidé de
apagarla, cuándo llega el bondi. Salgo de casa, cierro la puerta y empiezo a
caminar. A los 20 metros me entra la duda de si cerré con llave o no, asique
vuelvo para verificar. Siempre trato de luchar contra mi inseguridad, pero ella
es más fuerte que yo. Mis amigos me dicen que soy un boludo, pero es que no me
entienden, a ellos no les corre por las venas esa desesperación de no estar
seguros de que hicieron algo. Ahora sí, me dirijo a la parada que está a la
vuelta de casa.
Cuando me acerco
a la esquina, como todos los putos días de este año, calculé mal el tiempo de
la llegada del colectivo, asique veo como se me va. Está repleto de gente.
Siempre tengo la sensación de que hay varios que me miran y se cagan de risa de
cómo perdí el bondi, o quizás será que eso es lo que me pasa a mi cuando veo
gente que está en esa situación. En fin, cruzo la avenida y me siento a esperar
el otro mientras me voy poniendo el MP3. Desde que me lo compré no puedo salir
a la calle sin él, es como que me falta algo, como si fuera una extensión de mi
cuerpo. Algunos me dicen que soy muy obsesivo, que esa es la razón. Yo no creo
que sea así, pero puede que tenga algo de cierto.
Diez minutos más
tarde, veo que el colectivo está a tres cuadras. Al mismo tiempo noto que se me
armaron dos aureolas bien chiquitas debajo de los brazos. Es algo que no puedo
controlar. Probé con todos los antitranspirantes habidos y por haber, pero ninguno
funcionó. Hasta me llegué a poner el de mi vieja, que en teoría según un amigo,
son más potentes que el de los hombres, pero conmigo no hay caso. Levanto el
brazo como un nazi arrepentido y paro el bondi. Me subo, marco la tarjeta y
noto como todo el colectivo entero me mira. La gente es curiosa y le interesa
mucho saber quién se sube, pero que situación de mierda la verdad porque me
siento re observado, me pone muy incómodo y trato de no mandarme ninguna cagada
para que no se rían.
Por alguna razón
la tarjeta no marca, asique me acerco al chofer, me dice que espere al lado
hasta que se suba otro pasajero para que destrabe la máquina. En ese momento,
me siento como un colado que todo el mundo desprecia porque viaja gratis. Se
sube una mujer de unos 50 años, marca y funciona. –Ahora sí pibe, probá que
tiene que andar- me dice el chofer. Paso y marca. Terminó el peor momento del
viaje para mí. Ya soy uno más, nadie se fija en lo que hago. Ahora le toca el
turno al próximo que se suba.
El viaje en
colectivo a la mañana tiene algo particular y gracioso. Siempre está hasta las
manos, todo el mundo viaja callado y tienen unas caras de destruidos, como mis
amigos cuando vuelven de bailar. Me entretengo imaginándome lo que están
pensando o lo que hicieron la noche anterior, para justificar las expresiones
de sus caras. No es la gran diversión, pero es una forma de pasar mejor el
viaje cuando estoy parado, algo muy frecuente por cierto. El timbre de descenso
suena con una violencia cada dos cuadras que yo no entiendo como el chofer no
se vuelve loco. Seguramente debe estar muy alterado, pero no lo demuestra,
salvo cuando putea a algún taxi que se le mandó en alguna bocacalle y casi lo
hace chocar.
Justo estoy en
uno que está adelantado con el horario y transita a paso de hombre. Parece a
propósito. Se nota la molestia de la gente que suspira, pero ninguno se anima
decirle que se apure. Me armo de paciencia y espero a que llegue al centro,
donde la mayoría se baja. Me siento al lado de la ventanilla, un asiento delante
de donde está la rueda trasera que no te deja acomodarte tranquilo, porque te
resbalás con la huella que recubre la cubierta. Todavía me falta un ratito para
llegar. Miro la hora. Son las 8.30. Otra vez llego tarde, pero nunca me importó
asique me quedo tranquilo.
Llegué. Me bajo y
me prendo un pucho mientras camino esa cuadrita que me falta para llegar a la
facultad. Entro, subo las escaleras, saludo a un par de conocidos de los cuales
no sé el nombre, y continúo caminando por el pasillo hasta llegar al salón. Me
acerco a los pibes que están hablando de las materias que todavía les faltan
rendir. Las chicas, en cambio, están charlando de lo que se van a poner esta
noche, porque es “la noche”. Yo ni me había puesto a pensar en eso. Es como que
todavía no caigo. Nada cambió por ahora. Me junto con un amigo que tenía que
dar una lección para llegar al 7 y le tomo para practicar.
Pablo es uno de
esos tipos a los que no les cuesta aprender nada. Es de esos que parecen que
nacieron sabiendo de todo. Pero como buen bocho, es vago y siempre deja el
estudio para lo último. Nunca le fue mal, no busca la gran nota. A mí me parece
bárbaro. Yo soy de los que piensan que tener diez en todas las materias no te
asegura ningún futuro excelente, si no tenés talento. Eso no se aprende ni se
enseña en ningún lado. Se tiene o no se tiene. Por eso, yo tampoco me preocupé
durante el año por sacar las mejores notas, pero sí lo suficiente para terminar
en tiempo y forma.
Lucía es la
típica chica linda y popular. No conozco nadie que no haya intentado
chapársela. Pero como toda mina que sabe que es hermosa, la histeria la
predomina. Nadie está a su alcance. En la facu no es una luz, pero mal no le
va. Prefiere boludear en facebook a leer un libro, pero así hay muchísimos.
Nunca la vi sin producción, ni siquiera un lunes a las 9 de la mañana. Ella
tiene auto, va la madre. Una vez me acercó, pero no a mi casa, sino a la parada
del colectivo. Nadie me creía que no había pasado nada.
Siempre saluda y es
simpática, pero en el boliche pareciera que no te conoce.
Juli es la
varonera. Sabe de fútbol. Te acompaña a tomar un porrón en el parque. Tiene más
amigos hombres que mujeres. Se viste de forma femenina, pero tiene un léxico
masculino. Cada vez que sale se acuesta con alguno, pero no de gato sino porque
es así ella. Le gusta pasarla bien sin compromiso. Es bastante inteligente por
las notas que tiene y lo poco que estudia. Le gusta ir a la cancha. A veces te
tira un par de guarangadas cuando habla, por eso hay minas del estilo de Lucía
que les cae mal. Es una chica independiente. Ella tiene talento.
Mauro es el pibe
diez. Desde que lo conocí la nota más baja fue un nueve. Le encanta leer de
todo y ver películas. Nunca habló ni lo vimos con una chica. Para muchos es un
tipo raro. Yo creo que es demasiado tímido y le faltan estímulos para entender
que lo correcto no siempre es lo correcto. Es la clase de persona que no se
altera por nada. Parece un bibliotecario. Siempre dijimos que algún día va a
venir y nos va a matar a todos. Una sola vez salió con nosotros, tomó tres
pintas de cerveza y se fue al baño a vomitar. Al otro día nos enteramos que
tiene intolerancia al alcohol. Pero esa juntada sirvió para que nos diéramos
cuenta que el pibe quería unirse, con sus limitaciones. Hoy, es el intelectual
del grupo, pero es uno más.
Como buen último
día de clases, los profesores llegaron todos a cualquier hora, menos una.
Entregaron algunos trabajos. Muchos de los cuales ni corrigieron y te das
cuenta porque escribiste así nomás y solamente lo visaron. Otros fueron
comunicando las fechas de las mesas para los que tiene que rendir materias. El
profesor que es fanático de un club de fútbol se la pasó cargando a alguno de
los chicos. Por lo general es el que aprueba a todos y al que el curso invita a
comer o tomar algo. Es uno más del grupo. También pasó la que te da clases como
si fuera el primer día de la carrera, Ariadna Pietravallo.
Para mi tiene la
sensación de que alguna cámara la está filmando o, quizás, tiene la paranoia de
que alguien la denuncie por vaga. No faltó ningún día. Nunca se enfermó o tuvo
un problema personal. Tiene un hijo de 15 años. Siempre pensamos con los pibes
el garrón que se debe comer ese chico.
Un día Lucía armó
un grupo de facebook para que todo podamos expresar nuestro desgano hacia la
materia y liberarnos de nuestras opresiones criticando a la profe. Fue
tremendo, la página fue un éxito. Alumnos que ya se había recibido y la habían
tenido dejaban su marca. Todos tenían una opinión negativa de la mina. Para que
te de unas idea, llegó a los 1.000 seguidores en una semana. Algunos se iban de
boca, pero era porque a veces se armaban tipo conversaciones donde uno escribía
una anécdota y otro la replicaba y así sucesivamente. Era un grupo de
puteadores a Pietravallo. La página duró casi seis meses.
Pero, como todo
lo que empieza de forma clandestina y se populariza termina saliendo a la luz.
Así fue que la profe se enteró y averiguó de quién fue la idea de llevarlo a
cabo. Obvio que nadie habló, pero no hay nada más buchón que facebook. La mina
debe haber leído absolutamente todo, porque en uno de los comentarios alguien
escribió: “que buena idea la de hacer esta página luchi”, y Lucía era la única
con ese nombre dentro del grupo. Saltó enseguida la responsable.
Como reprimenda,
Lucía tuvo que presentar un trabajo extra por cada uno que debíamos realizar.
Así hasta fin de año. Lo raro es que ella ni se quejó y los hizo todos. Sin
embargo, la página siguió abierta y la gente se sigue desquitando con la profe.
Es raro que no la haya obligado a cerrarla, pero supongo que le debe servir
para mejorar. Eso es lo que me parece a mí, sino no tiene sentido seguir
leyendo comentarios de alumnos que te putean.
El día
transcurrió como uno más, aunque sea para mí. Lo raro de finalizar etapas en la
vida, es que uno se da cuenta a la
distancia. No conozco mucha gente que viva en plenitud el primer último día de
un ciclo. Uno sabe que ese día no vuelve, no se vive nunca más. El tiempo no
sabe de pasados, sino de futuros. Cada segundo, instante, momento que se vive,
forman parte del pasado. El presente es el continuo camino al futuro. Es una transición.
No se puede hablar del presente de manera abstracta y quieta. Está en continuo
movimiento.
Asique me volví a
mi casa con el mismo colectivo que me trajo a la facultad. Esta vez pude viajar
sentado, porque la gente se va subiendo más adelante, en el transcurso del
recorrido. Casi como una costumbre, me hago el dormido para que nadie me pida
el asiento o se me pare al lado como diciendo: “dale pibe, levantate y dejame
sentarme”. Por fin, llegué a casa. Son las dos de la tarde. Como siempre el
microondas me salva la vida y me caliento un buen pedazo de tarta de choclo y
después me tiro a dormir una buena siesta.
El sol se
escondió de un santiamén y la tardecita le daba paso a la noche, con una luna
llena tan grande que parecía que estaba más cerca que nunca. Brillaba tanto que
la ciudad se iluminaba con su luz. Llegó el momento. Me pongo el traje. Mi
viejo me hace el nudo de la corbata. Parece una boludez, pero es una ciencia
que todavía no manejo. Estoy todo de negro con camisa color salmón y una
corbata que hace juego. Lo peor de todo es tener que ponerme el saco con el
calor que hace. Según la tele, la temperatura es de 32º. Impresionante lo que
empecé a transpirar.
Como siempre, mi
viejo en el auto tocando bocina para que nos apuremos para ir al acto de
colación. Obviamente mi vieja terminando de maquillarse al igual que mi
hermana. En teoría hay que estar a las 21 hs en el teatro, pero nunca empiezan
a horario estos actos. Igual, mi viejo siempre se pone nervioso. Su ansiedad lo
carcome por dentro. Yo estoy como en un estado de hipnosis. No caigo de que me
recibí. No sabía que me vida iba a cambia rotundamente.
En la apertura
del acto, el director de la facultad comienza el discurso: -Gracias a todos por
asistir esta noche, su noche chicos. Después de tanto esfuerzo y sacrificio,
cumplieron la meta. Están preparados para esta nueva etapa que la vida les
proporciona. A partir de este momento, irán haciendo el camino con todas las
herramientas que la institución les brindó, para que sean buenos profesionales.
Trabajar de lo que soñaron y por lo que tanto lucharon. Ya son arquitectos. Son
colegas. Felicitaciones a todos. Ahora vamos a dar comienzo a la entrega de
diplomas-
Estuve alrededor
de una hora y media esperando mi turno, porque mi apellido comienza con z.
Todos subían muy felices, con sonrisas, eufóricos por tener en sus manos ese
papel que tantos años costó conseguir. Yo seguía sin entender lo que pasaba. No
se me caía una mueca. Estaba desconcertado. No sé si por los nervios de subir
al escenario o por nostalgia a lo vivido. Por fin llegó mi turno, el director
me dio la mano, me felicitó, nos sacaron una foto y bajé. Tanto escándalo por
un minuto. En fin, por suerte terminó el acto. Mi primer último día de
estudiante había culminado para darle paso a mi primer día como profesional
desempleado.
Dos años pasaron
ya desde que nos recibimos de arquitectos. Lucía está trabajando para una
agencia de modelos donde le pagan dos mangos, pero la diferencia la hace con
algunas publicidades y promociones para boliches. Mauro, el intelectual, está
trabajando para una empresa que desarrolla software para empresas y
aparentemente está en negro, trabaja casi diez horas y gana la mitad del mínimo
vital y móvil. Juli, la varonera, se lanzó a estudiar el profesorado de
educación física, porque se cansó de buscar laburo y no encontrar. Asique
pretende recibirse en el terciario, armar un grupo de trote y dirigir un equipo
de futbol femenino. Pablo, está trabajando en un estudio de arquitectos, pero
con una función administrativa. Su madre lo ubicó ahí, porque ella también es
arquitecta y tiene contactos. Está en blanco, trabaja 4 horas y cobra menos de
$1500, pero para comprarse pilcha y salir de joda le sirve, aunque no está muy
contento con su laburo.
Yo estuve el
primer año buscando por todos los medios, llevando mi curriculum a todos lados,
contactándome vía mail con miles de arquitectos y estudios, pero nunca nadie me
dio la oportunidad. Producto de mi frustración, entré a laburar en una empresa
como cadete, estuve tres meses, luego me fui a trabajar a un call center, como
la gran mayoría, pero no duré más que dos meses. Me volvía loco. Finalmente,
logré que me llamen de un local de ropa. Estoy en blanco, no me pagan mal, pero
no me alcanza para mantenerme solo. A veces me mandan al shopping y se me hace
interminable, pero por suerte me mantengo ocupado en algo. No me gusta, ni me
llena. No sé cuánto más voy a soportar levantarme temprano para trabajar de
algo que no me hace feliz y para lo que no me preparé.
El “derecho de
piso” es la barrera más difícil de romper para todos los jóvenes profesionales
en desarrollo. Sirve para destruir nuestras ilusiones y alejarnos de nuestra
verdadera vocación. Tantos años de estudio y de anhelar cumplir un sueño: trabajar
de lo que estudié. El mundo se pone en nuestra contra. Pareciera que todos se
olvidan que alguna vez fueron jóvenes y alguien les tendió una mano.
De mis amigos
ninguno está trabajando de lo que pensamos que íbamos a hacer cuando comenzamos
la carrera. Hoy estoy boyando de laburo en laburo, sin ser feliz. Estoy
esperando que alguien me abra alguna puerta de las que estoy golpeando casi con
desespero. Actualmente la experiencia y los contactos pagan mejor que el
conocimiento. Es así, no se puede negar. Es triste.
No sé si podré desempeñarme
como profesional, pero hay algo que ningún sistema, gobierno, empresa, persona,
podrá quitarme: mi sueño. Y por él, todo lo que haga vale la pena. Como dije al
principio, uno ve el final de un ciclo a la distancia. Espero que en diez años,
vea esta etapa del “derecho de piso” como algo que pasó y que nunca más volveré
a vivir.

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