Por Ignacio Pellizzón
Nota publicada en suplemento de Clarín, Mirador Provincial.
A la vera del arroyo Saladillo y el río Paraná se encuentra
escondido por debajo de la avenida 25 de Mayo, o más conocida como
Circunvalación, el barrio El Mangrullo a la altura de Avenida Nuestra Señora del
Rosario. Oculto para muchos, incluyendo el Street View de Google, se mantiene
vivo y latente, aún frente a la mirada ignota de aquellos que eligen no verlo.
Con ADN obrero e impronta de pescadores, El Mangrullo es
humilde y digno, amado por sus vecinos y anhelado por fotógrafos que buscan
postales inigualables del Río Paraná. El pulmón que mantiene respirando el
barrio son quienes viven allí, que solamente son tapa de los diarios por los
tristes primeros casos de Leptospirosis o las fuertes inundaciones que padecen
con las crecidas en tiempos de El Niño.
Su único ingreso es por avenida Nuestra Señora del Rosario
que forma una suerte de embudo justo al pasar debajo de Circunvalación. Con una
cancha de fútbol en el corazón del barrio, casas construidas con sangre, sudor
y lágrimas, El Mangrullo es un capítulo extenso en el libro de la historia de
Rosario, pero un capítulo manchado, sucio y ninguneado.
Tras haber estado décadas fuera de las prioridades
gubernamentales, vuelve a tomar trascendencia su existencia a raíz de un
proyecto para revitalizarlo, una iniciativa que demanda 50 millones de dólares
o casi mil millones de pesos a valores actuales. Sin embargo, las tan ansiadas
y necesitadas obras vuelven a estancarse en el rincón donde abunda la
burocracia.
El Mangrullo era uno de los puntos fuertes que tenía la
Municipalidad de Rosario en su proyecto de endeudamiento por 200 millones de
dólares. La iniciativa proponía brindar soluciones habitacionales, saneamiento
ambiental, recrear un parque público sobre la rivera sur del río Paraná y
remodelación de las avenidas de la zona como Arijón y Avenida Nuestra Señora
del Rosario, entre otras.
La ambiciosa obra quedó trunca hasta el momento por la
negativa del Concejo a aprobar el crédito internacional, con jurisdicción en
Nueva York, para que el municipio pueda hacerse de los dólares tras un intenso
y extenso debate que generó chicanas entre todas las partes, obteniendo como
resultado que el oficialismo no consiga los votos necesarios para generar dicha
deuda, la misma deuda que el Estado tiene con El Mangrullo.
POCO DÓLAR, MUCHO
HAMBRE
De las expectativas de ver renovado e iluminado el barrio
con una fuerte inversión económica, se pasó al “hambre y la desocupación”,
denunció a Mirador Provincial uno de
los referentes del Movimiento Evita, Mariano Romero, quien viene realizando un
trabajo en la zona desde hace años y observa la metamorfosis de El Mangrullo.
“Hoy está pasando que muchas familias se saltean comidas, porque no tienen para
comer; nosotros no damos abasto en los comedores”.
Las viviendas, el gran sueño de todos, “siguen en el mismo
estado de deterioro con el agravante de que la fuerte caída económica no les
permite comprar materiales para seguir construyendo y continúan viviendo en
condiciones muy precarias”, expresó con dureza el referente y disparó: “En el
barrio sigue todo igual de mal con la falta de desratización, contaminación en
el arroyo, falta de obras de todo tipo, pero lo que sí cambió para mucho peor
es que se cayeron las changas y los pequeños trabajos que tenían los vecinos
llevándolos a que no tenga para comer”.
DEL CARRITO A LA
BICI
Desde que la Municipalidad dispuso la eliminación de la
tracción a sangre a partir del 31 de marzo de este año, muchas personas vieron
disminuido a cero sus ingresos. Los famosos carritos utilizados para
“cartonear” eran el único modo que tenían muchos vecinos que viven en El
Mangrullo para “parar la olla” como se dice en el barrio. Frente a esta
disposición, fuertemente objetada, el clamor de los barrios generó un
cimbronazo que poco sirvió para encontrar una salida benévola para quienes hoy
padecen la crítica situación de no llegar a fin de mes.
Es la ordenanza 8.726, aprobada en 2010, que estableció un
lapso de tres años para proponer, establecer y llevar adelante un plan de
reconversión para eliminar la tracción a sangre. Por la persistente presión de
los grupos defensores de animales para que se cumpla la prohibición, la
intendenta hizo el anuncio oficial a principios de año en la apertura de las
sesiones del Concejo Deliberante.
Una de las afectadas por esta ordenanza es Cecilia Ojeda,
quien vive hace 30 años en El mangrullo, y hoy tiene que ver cómo familiares,
amigos y conocidos padecen el no contar más con sus carros. “Acá somos muchos
los que teníamos como fuente de ingreso el carrito, pero a cambio nos dieron
una bici que no sirve de mucho, porque no se puede cargar lo mismo, además de
que hay gente que no tiene la fuerza para hacerlo”, reflexionó a Mirador Provincial.
“Sinceramente se hace muy difícil vivir de esta forma,
porque no hay otro sustento para muchas familias. Yo tengo un merendero que
cada vez se llena más de chicos porque los padres no tienen comida para darles
a sus hijos. El barrio se está poblando muchísimo; la gente se viene al barrio
a tratar de hacer su casa porque no tienen para pagar el alquiler”, describió
Cecilia.
Esperar la noche es prácticamente una osadía para muchas
familias en El Mangrullo que se aferran fuertemente a algún pequeño subsidio
estatal que “no alcanza para nada, pero es lo único que tenemos para
rebuscárnosla de alguna forma” frente a “la dura situación que estamos
atravesando”, culminó angustiada su diálogo la vecina.

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