En medio del caos y el desconcierto, el bar Malos Conocidos de Rosario
fue un epicentro clave para atender a familiares y víctimas del peor accidente
que jamás haya vivido la ciudad abrazada por el río Paraná: Salta 2141; ¿quién
fue el precursor de esta idea, cómo la llevó a cabo y por qué?
Por Ignacio Pellizzón
Nota publicada en suplemento de Clarín, Mirador Provincial.
“Me estaba parando para irme, porque me di cuenta que pasaba
algo. Yo estaba en una mesa al fondo cerca de la barra, al lado del dueño y,
hacía 15 minutos que había entrado y no había aroma a gas, pero de golpe surgió
un olor muy fuerte y cuando pensé que se estaba yendo, me paré para cerrar la
notebook y se produjo la explosión. Ni a Pablo Escobar le hubiera dado el tupé
de realizar una explosión semejante”, dijo con voz entrecortada, con dolor, con
angustia, con el sentimiento latente.
El martes 6 de agosto de 2013, Daniel Giraudo estuvo en el
lugar y el momento de la tragedia más importante de Rosario. Fue un espectador
de lujo del hecho más triste que la ciudad abrazada por el río Paraná haya
vivido jamás. Muchos, por lo inesperado, insólito, se quedaron perplejos sin
siquiera poder pestañar. Sin embargo, el “pájaro”, desconocido y perdido en
medio de gritos, llantos, dolores, desconciertos, actuó.
El bar Malos Conocidos, ubicado en Salta y Oroño, y lugar
donde tuvimos la entrevista, emula lo que supo ser un viejo cafetín, con diseño
y decoración moderna, que invita a tomar un cafecito al paso. Es un lugar muy
cómodo, que tiene la vista privilegiada de la ausencia del edificio que ya no
está y de lo que muchos no se percataron en un principio.
“Jamás pensé que algo así iba a suceder. Uno no está
esperando una bomba. Es un hecho fortuito. Sí, me acuerdo de dos hombres que
salieron corriendo y lograron parar los autos que venían por Bv. Oroño y
evitaron que doblaran. Después todo fue muy duro, el fuego era muy intenso. De
hecho, me quise acercar y no me dio el cuero. Llegaron los bomberos y los tipos
tienen otra formación, se metieron y trabajaron”.
No se pudieron decir adiós. “yo tenía un sobrino, el hijo de
mi prima que estaba vinculado a mí, porque le gustaba salir a los mismos
lugares, éramos los dos hinchas de Newell’s, teníamos una relación más de
amigos que de familiares. Ese día, justo, entraba un poco más tarde a su
trabajo y le tocó quedarse ahí”, relató con el escudo de inmunidad activado.
Como cuando uno está siendo asaltado y no sabe cómo
reaccionar, muchos petrificados por el medio, otros corriendo, “Lo primero que
hice fue atender dos chicas que estaban en frente y tenían tanto miedo como yo,
pero que habían tenido algunos cortes en el cuero cabelludo, y en el apuro
simplemente le hice una compresión para frenar la hemorragia”.
“Nos dimos cuenta que, si bien la Municipalidad y los
servicios de emergencia estaban cubriendo muy bien lo que fue el desastre en
sí, había mucha más demanda de lo que se podía atender. Empezamos colaborando y
nos dimos cuenta que de poco servía brindar una cena, porque los turnos de los
chicos, como los bomberos, rescatistas y demás, rotaban en horarios mucho más
cortos y salían. Así, fue que pensamos en suspender lo que era comida preparada
y comenzamos a comprar comidas tales como pizza, hamburguesas, panchos, de modo
que tuvieran algo caliente en el momento que ellos lo necesitaran”.
“A mí la explosión me causó unas sensación dura, desde el
punto de vista psicológico y, aún hoy, me cuesta superarlo. Yo en todo momento
pensé que los que estaban abajo estaban vivos, porque yo soy muy positivo y
creía en que había que ayudar a los que estaban ayudando, aunque las cosas no
salieron como uno esperaba. La única respuesta que cabe, es porque correspondía
hacerlo, nada más”.
“Si solidaridad depende de dar mucho de lo que se tiene,
únicamente actuaron los que tienen poco. Si por solidaridad se entiende por dar
lo que te sobra, seguramente actuaron muchos. Quisiera que alguien dijera qué
empresa importante hizo público algún acto solidario, algo que les duela, no
que les sobre”, el enojo se hizo presente y los gestos de sus cejas así lo
expresaron. La crítica estaba compuesta con más dolor que ira.
Este es el relato de Daniel Giraudo, “el pájaro”, un
rosarino de 55 años, que como tantos, voló por las calles como una ráfaga de
viento cálida para ayudar. Si el mundo sigue girando, seguramente, es porque
personas como él siguen naciendo en esta sociedad contra cíclica. Su historia
es nuestra historia. Es el capítulo más duro y angustiante del libro que se
escribe todos los días en Rosario. El pájaro ya tiene su página.

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