Es difícil escribir sobre algo que uno no vivió y que no
concibe como algo que deje su razón de ser: la libertad. Son 30 años de
democracia. Son 30 años de libertad ininterrumpida. Son 30 años de tomar
nuestras propias decisiones. Son 30 años con sufragios. Son 30 años de
equivocarnos por elección y no por imposición. Son 30 años del tesoro más
preciado por los pueblos.
En Argentina padecimos seis dictaduras militares (1930,
1943, 1955, 1962, 1966 y 1976). Cada una tuvo su particularidad, contemplando
sus connotaciones negativas para la sociedad. De todas aprendimos algo
diferente que nos marcó para siempre y que nos induce a un pensamiento único:
NUNCA MÁS.
Por lo general, los argentinos somos nostálgicos de nuestro
pasado (y tenemos con qué), nos involucramos en nuestra historia y comprendemos
la importancia de conocerla, con sus paradigmas, sus discursos, sus contextos
con diversos matices, con el único fin de no cometer los mismos errores. Eso
quiero creer.
No obstante, como en la vida, todo lo que nos sucede nos
marca, nos deja una huella que llevamos con nosotros de manera expuesta o
implícita, que dejamos que atraviese nuestros subconscientes para llegar a ser
conscientes de su significado, y otras veces preferimos esconderlo en ese mundo
de sueños que nos atormentan, aunque tarde o temprano, esas marcas sociales
salen a flote como una balsa que uno quiere hundir y no puede.
En Berlín, por ejemplo, se denota un pueblo triste y
arrepentido, que todos los días trata de no reivindicar los genocidios que se cometieron;
y su mecanismo de catarsis para afrontar su pasado es expresarlo y mostrarlo
mediante su cultura, sus obras de arte, su desarrollo industrial, su capacidad
de reinventarse como las cenizas del ave Fénix. Saben que el pasado siempre
emerge a la realidad.
Sin embargo, conviven con subgrupos fundamentalistas del
nazismo como los “Skinhead”, personas neonazis que reivindican el Mein Kampf
(el libro escrito por Adolf Hitler, donde expresa su ideología y justifica sus
actos - Mi Lucha). Pero, lejos de evitar
ese flagelo que, todavía, los atormenta, lo exponen frente al mundo. Lo primero
que se debe hacer para resolver un problema, es asumirlo.
Los argentinos, como a lo largo de nuestra historia, siempre
estuvimos divididos por distintas pensamientos políticos, los cuales nos han
llevado a querer imponernos sobre las ideologías disidentes. Los grupos
dominantes, que fueron surgiendo de manera intercalada, intentaron borrar el
pasado para recrearlo y afrontar el futuro de otro modo. Nadie es capaz de borrar
los recuerdos.
¿Pero qué sucede con aquellas generaciones que no tienen
recuerdos por el simple hecho de no haber vivido para recordar?, ¿es posible
transmitirles las sensaciones, los sufrimientos, las luchas, las opresiones,
las censuras, las imposiciones, los triunfos sociales?, ¿están dispuestas a
llenar sus almas y pensamientos de un contenido que les pertenece como parte de
la sociedad argentina, aunque hoy se encuentren en otro momento histórico que
será leído por otras generaciones venideras?
La canción de Charly García “Los Dinosaurios”, es uno de los
temas más famosos que compuso el artista y que contiene un mensaje subliminal
muy profundo que, solo aquellos que logran pararse unos segundos en el contexto
y momento en el cual fue escrito, pueden entender.
Únicamente, los individuos que realmente pretenden
desaparecer sus dinosaurios internos que les comen el alma, la razón, el
corazón pueden denotar su poesía escondida entrelíneas. De lo contrario, el
camuflaje que lleva puesto el tema hará que pase desapercibido y sea concebido
como una linda canción de los ochenta. Tal cual, les pasó a esas personas que
dejaron que sus dinosaurios los consumiera al punto de apoderarse de su ser.
Los 30 años de democracia, serán eternos si comprendemos que
debemos ganarle la batalla a esos dinosaurios que, aún, conviven con nosotros,
escondidos como hormigas, buscando refugios en aquellas mentes vacías de
recuerdos para reinventarles un pasado que no les pertenece, pero que
lamentablemente escribieron seis capítulos en él.
Los 30 años de democracia, es decir, de libertad, serán
reales y longevos si podemos como sociedad exteriorizar constantemente nuestras
marcas y huellas sociales del pasado anterior, del pasado presente y del pasado
futuro, para que un día, que va a llegar, valoremos lo que no es ser libres, lo
que no es vivir en democracia, lo que es cantar “pero los dinosaurios van a
desaparecer”.

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