Le estaba palpitando el corazón como en aquellas tres oportunidades, pero con más fuerza y vigor. Se petrificó en los ojos de la joven, que atravesaron su imaginación y sus sueños. Sintió una electricidad que movilizó todo su cuerpo, nunca antes le había sucedido algo así. Era demasiado extraño porque solo se observaban. Nada de lo que estaba ocurriendo a su alrededor importaba. La conexión fue tan fuerte, que sintió que estaban ellos dos solos en el mundo, y que si el amor existía de verdad, debía ser una sensación parecida a esa.
Pablo salió de su
casa como todos los días, aunque éste no era uno más en su vida, sino que sería
un punto de inflexión que lo llevaría a conocer el sentimiento más hermoso del
mundo, pero a la vez, el más terrible.
Tenía 32
años, trabajaba de administrativo en una empresa de seguros.
Era soltero y hacía 4 años que estaba viviendo solo en un departamento que su
familia había comprado mucho tiempo atrás como bien ganancial; y como él era hijo único, se lo adjudicó.
No se trataba del
“gran departamento”, sino que contaba con dos ambientes, un baño aceptable con
azulejos color cremita bien claros y detalles en naranja pálido. La habitación,
donde dormía, era del tamaño de cuatro camas matrimoniales juntas en forma
de cuadrado, el living-comedor-cocina, ya que era todo un mismo
espacio, tenía suficiente lugar para dos o tres personas, las paredes eran blancas con algunos cuadros colgados, una mesa para
tres , porque de un lado estaba el televisor y no se podía pasar; y
sobre el horno había una ventanita que permitía que no te mueras del olor a
comida. Sencillo pero acogedor.
Tras haberse
recibido de Licenciado en Administración de Empresas, consiguió un trabajo que
no era el ideal, pero por el momento le permitía mantenerse solo y ocuparse de
sus gastos y gustos personales. Al no tener pareja, ni hijos, se permitía
ahorrar bastante para realizar algún viajecito en el verano con sus amigos, los
cuales cada vez veía menos producto de las ocupaciones y responsabilidades con
las que cargaban. Porque viste que la vida es así: uno madura para complicarse
más todo.
Como venía
contando, Pablo salió de su casa y se fue caminando a la empresa que estaba a
unas diez cuadras de su departamento. No era algo que le molestara mucho,
porque si bien no era muy fanático de hacer deportes, le caía como anillo al dedo para estirar
las piernas. Sobre todo los viernes, ya que los jueves a la noche se juntaba
con sus amigos a comer asado y tomar mucha cerveza. Asique, con unos 28 grados y un día que pintaba ser soleado,
a las ocho y media de la mañana partió a su lugar de trabajo.
Algo que
caracterizaba a Pablo, es que era fanático de los autos. Cuando cumplió los 17
años, se fue al pueblo de un amigo de la facultad donde le permitían en un día
sacarse el carnet de conducir. Si bien sabía que su padre no le iba a permitir
usar el auto, él quería tener su carnet, era como una satisfacción. Entre los
18 y los 28, condujo mucho el Fiat Palio familiar, pero cuando tomó la decisión de irse a
vivir solo, el coche se quedó en la casa, por ende la excusa de ver a su familia
los fines de semana, también tenía que ver con poder manejar un ratito.
En el camino
siempre se entretenía viendo cuál era la patente más nueva que encontraba, escribía los
últimos tres números y al final de la semana se llegaba a la quiniela y apostaba
unos $10 a la más actual, porque él creía en lo que su madre decía: “Al autito
nuevo que compramos hay que jugarle la patente, capaz que nos ganamos la
lotería”. De esta manera, cada coche nuevo que se compraba la familia de Pablo
se apostaban los últimos números.
Lo malo de los
trabajos administrativos, es que, la mayoría de las veces, uno cumple siempre
las mismas funciones: buscar papeles, agendar números, atender reclamos, llevar
y traer café al jefe o encargado, saludar a varias personas que en tu vida
invitarías a tomar una cerveza y sonreírle a todos los clientes que se aparecen
en tu mostrador, así estés teniendo el peor día de tu vida.
Lo positivo, es que entraba a las 9 de la mañana, cortaba a las 12 del mediodía
para comer, ingresaba a las 13 horas y terminaba su jornada a las 17 horas, por
lo que su fin de semana comenzaba a las 17:01 los viernes y, como siempre,
había organizado una picada con unos amigos del barrio para las seis y media de la tarde,
porque a él le encantaba llegar de traje pero sin tener que trabajar, sino para
disfrutar del ocio bien vestido.
Por lo general,
la mañana, entre café y café, transcurría relativamente rápida, es que siempre
tenía varias tareas, y los clientes solían amontonarse como en la cola de un
cine. Pero, ésta fue atípica. Solamente tres personas se acercaron y solo para
realizar algunas consultas muy sencillas. Muchos de los papeles los había
organizado su compañera Lucía, quien era muy obsesiva del orden y del trabajo,
algo que a veces era muy reconfortante y otras no tanto, porque lo dejaba sin
nada que hacer y le modificaba su lío de archivos, donde él solo sabía que había
y dónde.
El mediodía se
hizo esperar más de lo común y, para colmo, no contaban con internet en las
computadoras, porque a Lucía la engancharon varias veces chateando, asique no
había mucho en qué ocuparse. Esto fue ideal para su compañera, que todas las
semanas se peleaba con algún novio diferente y aprovechaba para comentar sus
mil historias frustradas, pesadas y cansadoras. Situación que irritaba mucho a Pablo, quien
tenía otra mirada sobre la vida y las relaciones. Ella era más conservadora y
él más liberal.
Por fin, llegó el
momento de ir a comer. Siempre solía ir al barcito de la vuelta que tenía un
menú ejecutivo de $35 que variaba según los días. Nunca comía solo,
frecuentemente lo acompañaban Lucía y el de finanzas, Lucio. Un tipo
simpático, sencillo, con una hijita de 4 años y una esposa que
detestaba, pero que en el fondo amaba mucho. A diferencia de Pablo, Lucio
odiaba los autos y le decía: “A vos te encantan los fierros porque no tenés que
atravesar el centro todo el tiempo y bancarte los desastres que hay manejando.
Ya te va a tocar y me vas a entender”. Sin embargo, la lógica de la pasión por
los motores que tenía Pablo no la comprendía mucha gente.
Al regresar a la
empresa, el encargado lo llamó y le pidió que le haga un favor. Necesitaba
llevar el auto de un cliente al mecánico de la firma, para que le dé un
presupuesto de cuánto les costaría el arreglo. No era la gran cosa el choque,
sino un abollón en la parte delantera derecha, entre la óptica y el
guardabarros.
El taller estaba
a unas 20 cuadras, asique Pablo estaba encantando porque iba a poder manejar y,
a demás, salir de ese mostrador que ya lo tenía bastante cansado. Por lo
general, el encargado es quien se hacía responsable de buscar los presupuestos,
pero esta vez estaba con otros problemas, asique le delegó el trámite.
La patente del
coche era la más nueva que había visto en toda la semana. El
problema era que los tres números que portaba eran 6, 6, 6. Si bien Pablo no
era supersticioso, el sentido común te incita a pensar mal sobre la repetición
de estas unidades. Sin embargo, se subió y no se preocupó mucho, pero no pudo
evitar considerar: “Con razón chocó el auto, cómo habrá quedado el otro”. Lo puso
en marcha y arrancó directo al taller.
A mitad de
camino, pasó por un parque donde había dos mujeres de unos 30 años charlando,
una enfrente de la otra, y por curiosidad observó la que estaba parada mirando la
calle. Ella, en un segundo desvió su atención y lo flechó. Pablo se sorprendió.
Tenía los ojos color verde musgo más claros y hermosos que había visto en su
vida. El tiempo se paralizó para él.
Su pelo era de
esos que se peinan solos con el viento y le llegaba a la cintura tapándole en
semicírculo un ojo, era un castaño más claro que el sol; la piel era blanca y suave
como la de los bebés; tenía la silueta más femenina que hubiera podido
imaginar; la sonrisa conjugaba con la expresión de su mirada; todo parecía
armónico y único en ella.
Su mente se dejó
llevar por semejante imagen y voló. Imaginó en microsegundos todo lo que le
diría para invitarla a tomar una café, pero también pensaba si tenía novio,
"porque chicas así no suelen estar solas, siempre hay alguien que te gana de
mano, pero no tenía ningún anillo, quizás estaba con alguien pero sin
compromiso, sino por qué lo iba a estar mirando así", reflexionó.
Esa sensación la
tuvo tres veces en su vida. Primero con su noviecita de los 15 años que duró
hasta que él se fue a Bariloche de viaje de egresados con la escuela. Segundo,
con Paula a quien conoció cuando arrancó a estudiar en la facultad de Ciencias
Económicas, pero que era más habitué de su pueblo que de la ciudad donde vivía,
asique su relación se limitó mucho y, por último, con Rocío una ex empleada de
la empresa que se dedicaba al diseño, pero que tenía mente de emprendedora y decidió viajar a Londres, donde quiso probar suerte.
Le estaba
palpitando el corazón como en aquellas tres oportunidades, pero con más fuerza y
vigor. Se petrificó en los ojos de la joven, que atravesaron su imaginación y
sus sueños. Sintió una electricidad que movilizó todo su cuerpo, nunca antes le
había sucedido algo así. Era demasiado extraño porque solo se observaban. Nada de lo que estaba ocurriendo a su alrededor importaba. La conexión
fue tan fuerte, que sintió que estaban ellos dos solos en el mundo, y que si el
amor existía de verdad, debía ser una sensación parecida a esa.
Notaba que sus
ojos cristalinos, llenos de ansias, incertidumbres, desconsuelos, ilusiones,
podía penetrarlos como una flecha a un pedacito de tela. No hay nada más
perfecto en la naturaleza que la belleza de una mujer, así lo estaba
percibiendo. Se entregó en un solo vistazo. La transpiración surgió de la nada
por lo nervioso que se puso, se le resecó la boca y nunca le había hablado,
simplemente la estaba admirando.
"Qué mujer más
preciosa", pensaba él. "Que ganas de besarla, abrazarla, charlar, acariciarla,
demostrarle que yo soy el hombre de su vida y que ella nació para estar conmigo
y que no puede ser de otro modo, porque el destino está escrito y yo tuve que
venir con el auto hoy, justo hoy, y pasar por este parque donde ella me estaba
esperando. Es así, es la vida. Para todos hay alguien y ella es perfecta para
mí", divagaba.
Sin embargo, de
repente, casi sin querer, Pablo corrigió su atención hacia adelante. Nunca había
frenado. El velocímetro marcaba sesenta kilómetros por hora. Frente a él estaba
parado, por el semáforo en rojo, un camión cisterna que transportaba
combustible. Todo fue my rápido. No frenó. Colisionó y se sintió como el
estruendo de un rayo que hace contacto con la tierra. El cinturón nunca se lo
puso por ansioso.
En un micro
segundo salió disparado por el parabrisas delantero como una bala que sale del
cañón de un revólver. Atravesó el vidrio como si no estuviera. Su cuerpo se
introdujo dentro del tanque de combustible del camión que estalló en un
santiamén como si fuera una bomba nuclear gigante en medio de la calle. Todo
alrededor se desvaneció por la ola de expansión, de la fusión entre el fuego y
el combustible, que se lo comió todo. Absolutamente todo... excepto, un momento único, irrepetible,
entre dos almas que se conectaron por medio de una mirada, para siempre y nunca más.

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