Todo empezó con
un ¿se lo cuido?, y cuando uno volvía le daba algunas monedas en modo de
agradecimiento, casi siendo solidario. No abundaban, estaban en algunos
sectores de mucho tránsito. Luego, la tarifa se incrementó a $1 o $2 según cada
uno, esto comenzó a fastidiar un poco pero no tanto, ya que todavía estaban en
ciertos sectores y no pedían un monto que incomodase el bolsillo. Más adelante,
el aumento fue casi progresivo y paralelo a la inflación, se pasó de los $2 a
los $5, $10 hasta llegar a los $15, $20 y en algunos casos $25, según si es fin
de semana, feriado, evento futbolístico, recital, etc.
Los denominados “trapitos”
encontraron una brecha en la abundancia de los negocios, es que a nadie se le
hubiera ocurrido recaudar por dejar el auto estacionado en la calle, a la
intemperie, al acecho de cualquier problema que podría suscitarse. Sin embargo,
hubo quienes apostaron a ese emprendimiento, ilegal dicho sea de paso, para
poder ganar dinero y subsistir.
Quienes se
encargan de este “trabajo” no son médicos, abogados, arquitectos,
electricistas, plomeros, taxistas, estudiantes, sino que son desempleados que
no tienen la oportunidad de ir a la universidad o conseguir un trabajo digno y
bien remunerado ya que el mismo sistema los margina y los obliga a rebuscárselas
como puedan.
Actualmente la
pregunta servicial y humilde, con la que comenzó a fomentarse esta actividad, se
transformó en una obligación impuesta respaldada por hostigamiento y amenaza
tácita infundando temor a quienes estacionan sus autos, y no tienen intención
de pagar ninguna tarifa al “trapito”, logrando que acepten el precio arbitrario
que se les comunica. Por supuesto que no se generaliza, todavía hay
excepciones.
Esta situación se
expandió casi por toda la ciudad, generando que las personas que manejen deban abonar
un monto, en algunos casos mayores al de una hora de cochera, para evitar
sufrir algún tipo de rayón, rotura, bollo, etc. que pudiera sufrir el coche y
no por recibir un servicio de seguridad frente a algún robo o lo que fuere.
Innumerables
casos de peleas, denuncias se producen a diario a causa de esta problemática,
que solo sirve para que el conductor esté mal predispuesto y se niegue a
pagarle al “cuidacoches” lo que le impone, obteniendo como resultado un
enfrentamiento constante en la vía pública con consecuencias, a veces,
trágicas.
¿Se puede
evitar?; ¿Los concejales, intendenta, gobernador, provincia, municipio podrían
tomar alguna medida para regular la actividad?; ¿Hay métodos que se puedan
llevar a cabo para que los “trapitos” dejen de lucrar y amedrentar, pero sin
continuar marginándolos, y que los ciudadanos se sientan libres de estacionar
sus autos con mayor tranquilidad y sin pagar un centavo?
La respuesta es sí.
Una opción sería entregar licencias, con la duración de un año y la posibilidad
de revalidarlas, para ejercer la tarea.
Es decir, trabajar para la municipalidad o el gobierno. Se les brindaría una
pechera que los identifique, un carnet de habilitación, estarían en blanco
cobrando un sueldo coherente, aportando a la jubilación, asegurados con ART.
También se erradicaría
con la mafia que hay detrás de los que en un partido de fútbol o un recital
importante cobran una suma exagerada por “cuidar” el auto, y que al término de
este uno regresa y se da cuenta que nunca estuvieron.
Pero claro no soy
funcionario público, es una simple opinión de un ciudadano que cotidianamente
ve y padece el abuso de los “cuidacoches” y que intenta comprender y oír las
dos campanas. Seguramente los preparados y entendidos del tema estarán
planteando y debatiendo una solución que no perjudique a ninguno y beneficie a
todos y todas.
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